La Columna J
Mito y lenguaje
Estimado lector, gracias por acompañarme una vez más en este espacio de reflexión. En La Columna J no busco ofrecer respuestas cerradas, sino abrir grietas en lo que creemos evidente. Hoy te propongo pensar el mito y el lenguaje no como residuos del pasado, sino como estructuras vivas que siguen configurando nuestra manera de comprender el mundo, de habitarlo y de narrarnos en él.
Desde los albores de la civilización, aquello que el ser humano moderno ha denominado evolución y progreso puede rastrearse en la reflexión temprana de los pensadores presocráticos. Heráclito y Parménides ya advertían que la realidad no es accesible de manera inmediata, sino mediada por el logos, entendido no solo como razón, sino como palabra estructurante del mundo. En los diálogos platónicos, particularmente en el Crátilo, se problematiza la relación entre los nombres y las cosas, sugiriendo que el lenguaje no es un simple instrumento descriptivo, sino un entramado simbólico que configura la experiencia. Antes de cualquier formalización racional, el ser humano emitió sonidos guturales que, organizados progresivamente en cadenas de significantes, dieron origen a las primeras formas del lenguaje y, con ello, a las primeras narrativas míticas.
La construcción del mito encuentra en el lenguaje su condición de posibilidad. No hay mito sin palabra, ni palabra sin una estructura simbólica que le otorgue sentido. En este punto, la reflexión de Ludwig Wittgenstein resulta fundamental cuando afirma que “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”. Esta sentencia no debe leerse como una exageración retórica, sino como una afirmación ontológica: el mundo no se presenta como un dato bruto, sino como aquello que puede ser dicho, narrado y compartido. El mito, lejos de ser una forma primitiva de error, es una estrategia cognitiva mediante la cual las comunidades humanas ordenan la experiencia, dotándola de significado antes de la aparición de sistemas lógicos formales.
Wittgenstein, especialmente en su segunda etapa, subraya que el sentido no reside en una correspondencia fija entre palabra y objeto, sino en el uso. “El significado de una palabra es su uso en el lenguaje”, afirma, desplazando así la búsqueda de esencias hacia el análisis de las prácticas lingüísticas. Esta concepción permite comprender el mito no como una falsedad, sino como un juego de lenguaje específico, regido por reglas propias, inscrito en una forma de vida determinada. El mito opera como una gramática originaria que articula valores, temores, aspiraciones y normas, funcionando como una matriz simbólica que antecede y sostiene otras formas de discurso.
Los ejemplos de Helen Keller y de Otto Jespersen ilustran de manera contundente el papel estructurante del lenguaje en la configuración de la conciencia. La adquisición del lenguaje no es un simple aprendizaje técnico, sino una transformación radical de la relación con el mundo. Wittgenstein sostiene que “imaginar un lenguaje es imaginar una forma de vida”, lo que implica que cada estructura lingüística lleva consigo una determinada manera de habitar la realidad. En el caso de Keller, el acceso al lenguaje significó el tránsito de un mundo fragmentado a uno articulado simbólicamente; el mito, en este sentido, cumple una función análoga en las culturas arcaicas: organiza el caos de la experiencia y lo vuelve comunicable.
La cadena de significantes no se agota en la función comunicativa inmediata. Con el uso reiterado y la sedimentación cultural, el lenguaje adquiere una dimensión que rebasa la intención original del hablante. El mito reaparece entonces como una reconfiguración simbólica constante, una reapropiación del sentido que dota de identidad y cohesión a la comunidad. Wittgenstein advertía que muchos problemas filosóficos surgen cuando el lenguaje “se va de vacaciones”, cuando se lo arranca de su contexto vital. El mito, sin embargo, no evade el contexto: lo refuerza, lo fija y lo transmite mediante narrativas compartidas que sostienen una visión del mundo.
Desde esta perspectiva, el lenguaje no es una herramienta neutral, sino una fuerza configuradora de la realidad social y simbólica. La acción comunicativa no solo transmite información, sino que instituye significados, legitima estructuras y crea horizontes de interpretación. El mito, al reapropiarse del lenguaje, renueva su potencia creadora, generando preceptos que se integran al ejercicio comunicativo cotidiano. Si, como sugiere Wittgenstein, no pensamos primero y luego hablamos, sino que el pensar mismo es una actividad lingüística, entonces el mito no es un residuo arcaico, sino una forma persistente de racionalidad simbólica.
Mito y lenguaje no deben entenderse como etapas superadas del pensamiento humano, sino como dimensiones constitutivas de la experiencia. El lenguaje funda el mundo en tanto lo nombra, y el mito funda el sentido en tanto lo narra. Ambos operan como estructuras profundas de la cognición humana, recordándonos que toda forma de conocimiento, incluso la más técnica o científica, descansa sobre un suelo simbólico previo. El mito no desaparece con el progreso: se transforma, muta y reaparece bajo nuevas narrativas, siempre dentro de los límites -y posibilidades- del lenguaje que habitamos.
In silentio mei verba, la palabra es poder.




