La noche del 1 de febrero de 2026 fue más que una ceremonia de premios. Los Grammy, esa celebración anual de la música, se convirtieron en un escenario donde las tensiones políticas, las identidades culturales y las controversias mediáticas estallaron en simultáneo. Lo que debía ser una noche donde se premia al arte terminó dejando titulares sobre discursos, tuits incendiarios y contradicciones que rebasan el entretenimiento.
Todo comenzó con un monólogo de apertura de Trevor Noah, anfitrión de la gala. Con su estilo característico, Noah recordó a la audiencia que Nicki Minaj no estaba presente y bromeó que “seguía en la Casa Blanca con Donald Trump tratando asuntos importantes”, provocando risas y aprobación entre varias personalidades del público. Esa línea hizo explotar las redes apenas minutos después de que se transmitiera en vivo.
La respuesta de la propia Minaj no fue una risa, sino una explosión de críticas en X (antes Twitter). En lo que muchos describen como una “ráfaga de tuits”, la rapera lanzó una serie de mensajes donde atacó a figuras de la industria, desde Lizzo hasta Jay-Z, a quien calificó de depredador de menores y lo vinculó con rituales satánicos y abuso de poder, acusaciones que no presentó con evidencia verificable. Algunos observadores señalaron que esa narrativa recuerda a teorías conspirativas que circulan en ciertos grupos online.
Lo que hace aún más llamativos estos intercambios es el trasfondo político. Nicki Minaj ha mostrado públicamente su apoyo a Donald Trump, incluso presentándose como una de sus simpatizantes más firmes en círculos culturales y mediáticos. Esto genera fricción porque buena parte de su base de seguidores forma parte de comunidades que han sido objeto de políticas retrógradas bajo la administración de Trump. Por ejemplo, en 2025 su gobierno emitió órdenes ejecutivas que restringieron el reconocimiento oficial de identidades de género más allá de “masculino” y “femenino”, un movimiento que activistas calificaron como un retroceso significativo para los derechos de las personas trans y de género diverso.
Más allá de las políticas de género, la controversia sobre Trump incluye otra dimensión mucho más delicada: su relación con Jeffrey Epstein, el financiero condenado por delitos de abuso y explotación sexual de menores. Durante la ceremonia, Noah incluso bromeó sobre que Trump buscaba una “nueva isla” tras la muerte de Epstein, un comentario que el presidente calificó de falso y difamatorio, llegando a amenazar con demandar al comediante.
Aunque Trump ha negado haber estado en la isla de Epstein o haber participado en actividades ilegales relacionadas con el caso, la evidencia gráfica de una relación de décadas entre él y Epstein existe y ha sido difundida en distintos medios. Legisladores demócratas publicaron fotografías que muestran a Trump junto al fallecido financiero, tomadas en eventos sociales antes de que Trump fuera presidente, lo que demuestra una amistad prolongada aunque no prueba conductas ilegales por parte del mandatario. Esta conexión, aun desmentida en términos de conducta criminal, pone en evidencia un vacío entre las declaraciones de Trump y la realidad documentada de sus vínculos sociales con Epstein.
Esa tensión —entre negación y evidencia visual— se yuxtapone con la reacción de Minaj, que desde la tribuna digital lanzó acusaciones sin prueba sobre rituales satánicos, secuestro de niños y conspiraciones dirigidas por celebridades o figuras políticas. Estas teorías compartidas en sus tuits rápidamente circularon en plataformas, algunas sin contexto ni respaldo, alimentando debates y controversias en distintos sectores de las redes.
También vale la pena mencionar que Minaj no solo atacó a Noah y a la política, sino que incluyó a colegas de la industria. En sus publicaciones afirmó cosas como que Lizzo “perdió peso solo para vender discos” o realizó insinuaciones oscuras sobre Jay-Z, a quien etiquetó, sin evidencias claras, de ser un “ritualista y pedófilo”, añadiendo capas de conflicto personal a una discusión que ya era política y cultural a la vez.
Esto plantea una contradicción interesante: una artista que critica con dureza a otros creativos por supuestas conductas impropias, pero que públicamente apoya a un líder político con un historial de decisiones consideradas dañinas para ciertos grupos sociales. No se trata de cuestionar lealtades personales —algo muy humano— sino de observar cómo estas posturas repercuten en la percepción pública y en la coherencia entre lo que se defiende y a quién se apoya.
Si bien Minaj tiene derecho a expresar sus opiniones, y Noah también tiene licencia para hacer comedia, la intensidad con la que estas discusiones se polarizan demuestra cómo un evento cultural puede convertirse rápidamente en un campo de batalla político y moral en el que cada palabra se amplifica, reinterpretada y, muchas veces, sacada de contexto.
En un clima mediático saturado de teorías conspirativas, desinformación y acusaciones sin fundamento, como periodista es crucial separar hechos verificables de interpretaciones o reclamos que carecen de evidencia. El contexto del conflicto político, las políticas públicas de administraciones pasadas, las relaciones personales documentadas y las narrativas amplificadas en redes son todos elementos que merecen escrutinio independiente, pero también requieren cuidado al ser interpretados.
Porque en una gala que celebra la música —una forma de arte que conecta emociones y experiencias— también se reflejan tensiones sociales más profundas: identidad, política, poder, creencias y la manera en que usamos la voz pública para influir en quienes nos escuchan.




