“Hay heridas que no sangran en nuestra piel, y por eso fingimos que no existen”
Estamos viviendo en una era donde opinar es fácil, pero sentir se ha vuelto extraño. Donde criticar es inmediato, pero comprender parece un esfuerzo innecesario. Nos quejamos del mundo, de la violencia, de la desigualdad y del caos; sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué estamos haciendo, de manera individual, para transformarlo.
Nos han hecho creer que una sola voz no cambia nada. Que hablar no sirve. Que señalar es suficiente. Que el silencio es prudente. Así, millones de personas repiten la misma frase: “¿Qué puedo hacer yo?”, sin advertir que el verdadero poder comienza cuando dejamos de minimizar nuestra propia voz.
El mundo no necesita más comentarios cargados de odio. Tampoco requiere críticas lanzadas desde la comodidad de una pantalla ni indiferencia disfrazada de madurez. Lo que realmente necesita es empatía.
Pero empatía no como palabra decorativa en discursos, sino como práctica cotidiana. Empatía es mirar una problemática y no reducirla a burla. Es ver a una víctima y no cuestionar su dolor. Es comprender que, aunque algo no esté ocurriendo a veinte metros de nosotros, sigue siendo real. Sigue siendo humano.
El silencio siempre será más sencillo. Resulta más cómodo callar que incomodar, más fácil asumir que alguien más hablará. No obstante, cada vez que elegimos guardar silencio frente a la injusticia, contribuimos a que permanezca.
Vivimos en un momento en el que estamos más informados que nunca. Sabemos lo que ocurre en nuestro país, en otras ciudades y en otros continentes. La información ya no es excusa. Hoy, levantar la voz es más accesible que en cualquier otro momento de la historia. La pregunta ya no es si podemos hablar, sino si queremos hacerlo.
¿Qué pasaría si, en lugar de burlarnos, dijéramos “te veo”?
¿Qué pasaría si, en vez de juzgar, preguntáramos “¿cómo puedo ayudar?”?
¿Qué sucedería si millones de personas que hoy creen que no tienen poder decidieran usarlo al mismo tiempo?
La empatía es un acto de valentía. Implica salir de la indiferencia, romper la pasividad y cuestionar lo establecido. También supone reconocer que el dolor ajeno nos concierne, porque compartimos el mismo mundo.
No se trata de tener un cargo político ni una plataforma enorme. Se trata de entender que cada conversación cuenta, que cada opinión consciente suma y que cada acto de solidaridad construye algo distinto.
El cambio no comienza cuando los líderes deciden actuar; empieza cuando las personas comunes dejan de creerse pequeñas. Cuando descubren que el poder colectivo nace de voces individuales que se atreven a hablar.
Nos hemos acostumbrado tanto a sobrevivir que olvidamos que también podemos transformar. Pero transformar exige sentir, y sentir exige empatía.
Tal vez no podamos resolverlo todo ni tengamos todas las respuestas. Sin embargo, sí poseemos algo fundamental: la capacidad de mirar al otro y reconocerlo como igual.
El mundo no se salvará con más odio. Se reconstruirá con más humanidad.
Y la humanidad comienza cuando decidimos no quedarnos callados.




