El poder de Marx Arriaga Navarro en el ecosistema de la llamada Cuarta Transformación no nació de un triunfo electoral, sino del rigor —y la complicidad— de la academia.
Su ascenso se remonta a las aulas de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), donde “fue lector sinodal del examen profesional para que Beatriz Gutiérrez Muller, esposa del expresidente Andrés Manuel López Obrador, obtuviera el grado de doctora en Humanidades”, según nota de El Universal
El último bastión de Gutiérrez Muller
Esta relación profesional cimentó una amistad profunda que lo llevó directamente al círculo de confianza de Palacio Nacional.
Arriaga no era un cuadro más; era el hombre en quien la esposa del expresidente confió para ejecutar una de las misiones más simbólicas del sexenio: la “revolución cultural” desde las bibliotecas y los libros de texto.
La herencia de una influencia ausente
Durante el sexenio pasado, Gutiérrez Müller ejerció un protagonismo atípico. Aunque rechazó el título de “Primera Dama”, su peso en la agenda educativa y cultural fue determinante, actuando como una suerte de mentora ideológica.
Sin embargo, el panorama cambió drásticamente con la transición presidencial. A diferencia de López Obrador, quien se retiró a su quinta en Palenque, Beatriz optó por un distanciamiento geográfico y político mucho más marcado.
Arriaga, no obstante, parece ignorar este cambio de vientos. Se comporta como si el blindaje de su protectora siguiera vigente, operando bajo una inercia de “intocable” que hoy choca frontalmente con la nueva administración.
Y es que el sexenio de Claudia Sheinbaum en su segundo año ya ha hecho una especie de limpia de perfiles obradoristas que no le funcionan.
El radical que mancha el “Segundo Piso”
En el equipo de la presidenta Claudia Sheinbaum y del secretario Mario Delgado, el estilo de Arriaga es visto como un anacronismo peligroso. Su radicalismo no solo es pedagógico, es profundamente visceral.
Para el sector moderado de Morena, personajes como Arriaga “manchan” el movimiento. Su tendencia a calificar cualquier crítica técnica como un ataque “neoliberal” o “colonial” ha desgastado la imagen de la SEP.
Su gestión se ha caracterizado por la imposición de una agenda ideológica que prioriza el adoctrinamiento sobre la excelencia académica básica.
Esta postura lo ha distanciado de la Presidenta, quien busca imprimir un sello de rigor científico y eficiencia técnica a su gobierno, algo que el perfil incendiario de Arriaga simplemente no puede —o no quiere— ofrecer.
El asedio: desafío total en la sede de la SEP
Llegados a febrero de 2026, la permanencia de Arriaga en la Dirección de Materiales Educativos se ha convertido en un conflicto de gobernabilidad interna. Se niega a soltar la silla, desafiando las órdenes de Mario Delgado.
La situación ha escalado a un nivel de hostilidad inédito. Arriaga sostiene que su salida sería una claudicación ante los “enemigos de la patria”, utilizando su oficina como una trinchera contra sus propios compañeros de partido.
Infobae ha dado seguimiento a estos desplantes, señalando cómo el funcionario ha utilizado las estructuras de la SEP para victimizarse y denunciar supuestas persecuciones políticas dentro del gabinete.
Su negativa a dejar el cargo no es solo un berrinche burocrático; es el último acto de resistencia de un grupo radical que se siente dueño de la verdad histórica, poniendo a prueba la autoridad real de la presidencia de Sheinbaum.




