El 27 de febrero, durante la semana de la moda de Milan Fashion Week, la casa italiana Gucci presentó una nueva colección que, como suele ocurrir en estos eventos, atrajo la atención de la prensa especializada, celebridades y millones de espectadores en redes sociales. Pero esta vez, más allá de los diseños, la conversación se centró en algo distinto: los cuerpos que caminaban la pasarela.
Entre las modelos que participaron en el desfile estuvieron figuras como Mariacarla Boscono, Gabriette Bechtel, Emma Mar y Alex Consani. En redes sociales, muchos usuarios comenzaron a comentar lo mismo: la extrema delgadez de algunas modelos y el tipo de maquillaje utilizado evocaban inevitablemente una estética que parecía salida directamente de otra época, una estética que el mundo de la moda prometió dejar atrás hace décadas. La referencia no tardó en aparecer: el llamado “heroin chic”.
El término “heroin chic” se popularizó en los años noventa para describir una tendencia estética caracterizada por cuerpos extremadamente delgados, piel pálida, ojeras marcadas y una apariencia frágil o enfermiza. La moda de aquella década, impulsada por campañas publicitarias y pasarelas de alto perfil, convirtió ese estilo en un ideal aspiracional. Modelos como Kate Moss se volvieron el símbolo de esa estética que, para muchos críticos, romantizaba la delgadez extrema y una imagen asociada incluso con el consumo de drogas.
En su momento, la controversia fue tan grande que incluso figuras políticas intervinieron. En 1997, el entonces presidente de Estados Unidos Bill Clinton criticó públicamente esta tendencia al afirmar que “la glorificación de la adicción y la delgadez enfermiza no es creatividad, es destrucción”, una declaración que marcó uno de los momentos más visibles de crítica institucional hacia la industria de la moda.
Pero más allá del escándalo mediático, lo que estaba en juego era algo más profundo: el impacto real de esos estándares estéticos en la salud de millones de mujeres. Según datos citados por la National Eating Disorders Association, durante la década de los noventa los trastornos de la conducta alimentaria —especialmente anorexia y bulimia— comenzaron a aumentar significativamente entre adolescentes y mujeres jóvenes en Estados Unidos y Europa. La anorexia nerviosa llegó a convertirse en uno de los trastornos psiquiátricos con mayor tasa de mortalidad.
Hoy, casi tres décadas después, la conversación sobre imagen corporal ha cambiado en muchos sentidos. Movimientos como el body positivity y el body neutrality surgieron precisamente como respuesta a décadas de presión estética imposible. Durante los últimos años, muchas marcas comenzaron a incluir modelos de distintas tallas, edades y características físicas en un intento por representar una diversidad más cercana a la realidad.
Sin embargo, el debate generado por el desfile reciente de Gucci sugiere que ese progreso puede ser más frágil de lo que parecía. Porque cuando en una pasarela de alto perfil reaparecen cuerpos extremadamente delgados como estética dominante, inevitablemente se abre una pregunta incómoda: ¿estamos regresando al mismo punto del que tanto costó salir?
El problema no es la delgadez en sí misma. La diversidad corporal implica aceptar que existen distintos tipos de cuerpos, incluidos los delgados. La preocupación surge cuando esa delgadez vuelve a posicionarse como el estándar aspiracional predominante. Cuando la variedad desaparece y lo que se repite en las pasarelas es una silueta cada vez más extrema, el mensaje que se transmite —intencionalmente o no— vuelve a ser el mismo de siempre: ese es el cuerpo ideal.
Y ese mensaje no se queda en la pasarela.
De acuerdo con estimaciones citadas por la organización británica Beat Eating Disorders, hoy más de 70 millones de personas en el mundo viven con algún tipo de trastorno alimenticio. Investigaciones recientes indican que el problema no solo no ha desaparecido, sino que ha aumentado en los últimos años, especialmente entre adolescentes. Un estudio publicado en 2023 por la revista científica The Lancet Psychiatry estimó que la prevalencia global de trastornos alimenticios ha crecido significativamente desde el año 2000, pasando de alrededor del 3.5 % de la población a casi el 8 % en algunos grupos jóvenes.
La relación entre estándares estéticos y salud mental no es directa ni única, pero sí está ampliamente documentada. Diversos estudios han mostrado que la exposición constante a ideales corporales extremadamente delgados puede contribuir a problemas de autoestima, ansiedad, depresión y conductas alimentarias de riesgo, particularmente en adolescentes que aún están construyendo su identidad.
En ese sentido, la moda tiene un poder simbólico que muchas veces se subestima. Las pasarelas no solo presentan ropa: construyen imaginarios. Lo que aparece en ellas termina filtrándose en revistas, campañas publicitarias, redes sociales y, finalmente, en la forma en que muchas personas perciben sus propios cuerpos.
Por eso resulta paradójico que, después de años de conversaciones sobre diversidad corporal, inclusión y salud mental, algunas de las casas de moda más influyentes parezcan coquetear nuevamente con una estética que recuerda a uno de los periodos más criticados de la industria.
La cuestión no es censurar cuerpos ni dictar cómo debe verse una modelo. La verdadera pregunta es qué tipo de narrativa quiere contar la moda en 2026. Si el objetivo es reflejar la diversidad de quienes consumen sus diseños, entonces las pasarelas deberían ser el lugar donde esa diversidad se vea reflejada. Pero si el ideal vuelve a reducirse a una silueta casi imposible, el mensaje que reciben millones de jóvenes vuelve a ser el mismo de hace treinta años.
Quizá la lección de los noventa debería seguir presente: la moda puede cambiar tendencias cada temporada, pero las consecuencias culturales de esas tendencias duran mucho más tiempo. Y cuando se trata de la relación que millones de mujeres tienen con su propio cuerpo, repetir viejos errores nunca es una decisión inocente.




