Por Tania González
Desde el 22 de febrero Mascota no duerme igual. Las calles siguen viéndose distintas, las carreteras no están limpias, el silencio no es el mismo. Y, sin embargo, desde la capital del país se dijo que todo había vuelto a la normalidad.
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, desató una jornada de violencia que se extendió por distintos puntos del estado el domingo 22 de febrero. El capo fue abatido durante un operativo militar en Jalisco, lo que provocó bloqueos y enfrentamientos en varias regiones del país. La noticia acaparó titulares nacionales e internacionales. Lo que no ocupó el mismo espacio fue lo que ocurrió después en municipios como Mascota.
Al día siguiente, 23 de febrero, la presidenta Claudia Sheinbaum aseguró que la violencia había cesado y que el estado regresaba a la normalidad. Pero para quienes viven en Mascota, esa declaración no coincidía con lo que estaban viendo al salir de sus casas.
Porque Jalisco no es solo la Zona Metropolitana de Guadalajara. No todo ocurre en la ZMG. El estado tiene 125 municipios y muchos de ellos, como Mascota, quedaron atrapados en una especie de limbo después de la jornada violenta. Mientras las cámaras se enfocaban en los grandes nodos urbanos, los pueblos pequeños lidiaban con carreteras bloqueadas, vehículos calcinados y zanjas abiertas con maquinaria pesada para impedir la entrada y salida.
En redes sociales —principalmente en X— comenzaron a aparecer denuncias de habitantes y turistas que se encontraban varados. Videos muestran tramos carreteros obstruidos por camiones quemados. Otros señalan excavaciones hechas directamente sobre el asfalto. No son escenas del domingo únicamente; son imágenes que, según quienes las comparten, continúan días después.
Y lo más preocupante es la sensación de abandono.
Mascota es un municipio con vocación turística. Su economía depende en buena medida del flujo constante de visitantes que llegan buscando tranquilidad, naturaleza y descanso. Pero desde el 22 de febrero la palabra que más se repite entre los pobladores es otra: incomunicación. Cuando los accesos están bloqueados, el turismo se detiene. Cuando el transporte no puede circular con normalidad, el abastecimiento se complica.
Algunos habitantes han denunciado desabasto en tiendas locales. Otros hablan de miedo, de incertidumbre, de la imposibilidad de salir del municipio con seguridad. No se trata de una escena cinematográfica permanente de balaceras, sino de algo más silencioso: el aislamiento.
Es ahí donde el discurso oficial comienza a fracturarse.
Decir que la violencia “ya cesó” puede referirse a que no hay enfrentamientos activos. Pero para una comunidad cuya principal vía de comunicación terrestre sigue dañada o bloqueada, la normalidad no se mide en conferencias de prensa, sino en si el camión de víveres logró entrar o no.
El problema no es solo la violencia inicial, sino lo que viene después. Los bloqueos carreteros son una estrategia conocida del CJNG y otros grupos criminales: vehículos incendiados para impedir el tránsito, excavaciones para inutilizar caminos, presión territorial para demostrar capacidad operativa. Pero cuando esos daños no se atienden con rapidez en municipios pequeños, el mensaje que se envía es claro: no son prioridad.
Históricamente, la cobertura mediática y la respuesta gubernamental en Jalisco se concentran en la ZMG. Guadalajara, Zapopan, Tlaquepaque. Es comprensible por densidad poblacional y peso económico. Pero el estado no termina ahí. Municipios como Mascota, Talpa, San Sebastián del Oeste o Bolaños también forman parte del mapa y también enfrentan las consecuencias de la violencia organizada.
La diferencia es que cuando la violencia golpea a un municipio pequeño, el eco es menor.
Mientras en la capital del estado el flujo comercial se reanuda con relativa rapidez, en un pueblo como Mascota el impacto puede sentirse por semanas. Un hotel vacío en temporada alta no es solo una cifra; es el sustento de una familia. Una carretera dañada no es solo infraestructura; es el vínculo con hospitales, escuelas, mercados y visitantes.
Y aunque el operativo que terminó con la vida de “El Mencho” pueda presentarse como un golpe estratégico al crimen organizado, la realidad territorial muestra que los efectos secundarios recaen, otra vez, sobre las comunidades más vulnerables.
No se trata de minimizar la magnitud del operativo ni de ignorar la importancia de debilitar estructuras criminales. Se trata de señalar que la historia no termina con el anuncio oficial. En municipios como Mascota apenas comienza.
Las denuncias en redes sociales no son anécdotas aisladas; son el único canal que muchos habitantes tienen para hacer visible lo que viven. Cuando una comunidad depende de publicaciones en X para alertar que sigue incomunicada, algo en la cadena institucional está fallando.
La narrativa de “todo volvió a la normalidad” puede funcionar a nivel nacional. Pero en el territorio, la normalidad se mide distinto: en la posibilidad de salir sin miedo, de abastecerse sin obstáculos, de recibir turistas sin bloqueos en el camino.
Jalisco no es solo la ZMG. Y mientras esa frase no se traduzca en atención equitativa y rápida para los 125 municipios, habrá siempre pueblos que queden atrapados entre el discurso oficial y la realidad.
Mascota no está pidiendo titulares nacionales. Está pidiendo algo más básico: que la normalidad que se anuncia también llegue a sus carreteras.




