Por Tania González
En México la violencia no solo se combate en las calles, también en el imaginario. Hay una narrativa que seduce, que promete dinero rápido, camionetas blindadas, ropa de marca, mujeres, poder. Esa narrativa no nació sola: se alimenta de corridos, series, películas, perfiles de redes sociales y hasta de discursos que convierten al narcotraficante en una figura aspiracional. En un país donde la pobreza y la falta de oportunidades siguen marcando el destino de millones de jóvenes, esa historia resulta peligrosa porque ofrece algo que el Estado no siempre garantiza: una salida inmediata.
En los últimos días comenzó a circular en la plataforma X un video que rompe brutalmente con esa fantasía. El clip, compartido por distintas cuentas —entre ellas el perfil “Blog del Narco”— muestra a un joven con ropa táctica, visiblemente cansado, asustado y con manchas de sangre. La grabación presuntamente fue encontrada en un celular abandonado en la sierra tras los hechos violentos del 22 de febrero, cuando la captura y muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, desató enfrentamientos en distintos puntos del país.
El joven mira a la cámara y lanza un mensaje que desarma cualquier discurso romántico: “Enséñale este video a tu hijo, carnal. Neta no te alucines. Así andaba yo y mira cómo ando… no hay carros, no hay morras, puro miedo por 3 mil pesos, mejor estudia”. Al fondo, otra voz se escucha quebrada: “Ya no quiero correr, wey”. No hay música épica ni camionetas de lujo. Solo miedo. Solo cansancio. Solo la crudeza de alguien que entiende demasiado tarde que la promesa era una mentira.
La palabra “alucín” se ha popularizado para describir a jóvenes que imitan la estética del narco: ropa táctica, corridos, discursos de poder. Pero el fenómeno no se limita a una moda superficial. Según estimaciones citadas por El Universal y por organizaciones de la sociedad civil, los grupos criminales reclutan cada año entre 30 mil y 35 mil menores y jóvenes en México, muchos de ellos mediante engaños o falsas ofertas de empleo. La Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) ha advertido que el reclutamiento forzado se ha convertido en una práctica sistemática en varias regiones del país, especialmente donde la presencia del Estado es débil.
No todos llegan por la fuerza. Algunos llegan por convicción. O, más bien, por ilusión. La narcocultura ha construido una narrativa poderosa donde el crimen organizado no aparece como estructura violenta, sino como una vía de ascenso social. Series de televisión, producciones cinematográficas y la industria musical han contribuido a crear personajes que, aunque violentos, son retratados como astutos, leales y exitosos. La línea entre ficción y aspiración se diluye cuando la única alternativa visible para muchos jóvenes es el desempleo o la precariedad.
El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) ha señalado que en México más del 50 % de los jóvenes ocupados trabaja en condiciones de informalidad, sin seguridad social ni estabilidad económica. En ese contexto, la oferta de 3 mil pesos por una “vuelta” puede parecer más atractiva que un salario mínimo sin garantías. El problema es que detrás de ese pago no hay estabilidad ni futuro, sino riesgo constante de muerte o prisión.
Las redes sociales juegan un papel clave en esta ecuación. Plataformas como TikTok, Instagram o la misma X se han llenado de perfiles que exhiben armas, dinero en efectivo, autos deportivos y viajes. Aunque no siempre estén directamente vinculados al crimen organizado, el mensaje implícito es claro: el lujo está al alcance si se elige el camino correcto. La estética del narco se vuelve tendencia, meme, filtro.
Especialistas en seguridad han documentado que los cárteles también utilizan redes sociales para reclutar. Investigaciones citadas por Animal Político han mostrado cómo jóvenes son contactados con promesas de trabajo en áreas de seguridad o “protección”, para después ser trasladados a zonas controladas por grupos criminales donde quedan atrapados. El reclutamiento no siempre ocurre a punta de pistola; muchas veces comienza con un mensaje directo.
El video del joven presunto sicario contrasta violentamente con esa narrativa. No hay poder en su voz, solo arrepentimiento. No hay riqueza, solo precariedad. “Puro miedo por 3 mil pesos” es quizá la frase que mejor sintetiza la contradicción entre la fantasía y la realidad. Mientras en corridos y series el sicario es retratado como figura temida y respetada, en ese video es un muchacho agotado que solo quiere dejar de correr.
La romantización del narco no es nueva, pero en los últimos años se ha intensificado con la expansión digital. La violencia se vuelve espectáculo. Las balaceras se convierten en clips virales. Los líderes criminales adquieren aura de leyenda. El problema es que detrás de cada historia “épica” hay cientos de historias truncadas que no llegan a Netflix ni a Spotify.
También hay un componente estructural que no puede ignorarse. En un país con profundas desigualdades sociales, donde millones de jóvenes enfrentan falta de acceso a educación de calidad, empleo formal y espacios seguros, el crimen organizado ofrece identidad, pertenencia y dinero inmediato. Es una fórmula peligrosa, pero efectiva. El Estado compite con recursos limitados contra una narrativa que promete poder rápido.
Por eso el video que circula ahora resulta tan perturbador. Porque desmonta la fantasía desde adentro. No es un académico ni un funcionario quien habla; es alguien que estuvo ahí. Y su mensaje no es heroico, es preventivo: “Mejor estudia”.
La pregunta es si ese mensaje tendrá el mismo alcance que los corridos que glorifican la violencia o las cuentas que presumen lujo. Porque mientras la narcocultura siga siendo aspiracional, habrá jóvenes dispuestos a probar suerte.
Romantizar la violencia no la hace menos real. Y repetir la estética del narco no transforma la precariedad en prosperidad. Si algo deja ese video es una imagen incómoda: detrás del uniforme táctico no hay un personaje invencible, hay un joven más atrapado en una estructura que lo utiliza y lo desecha.
Quizá la conversación que deberíamos tener no es solo sobre el crimen organizado, sino sobre por qué tantos jóvenes consideran esa ruta como opción. Porque mientras el país no ofrezca alternativas reales, la fantasía seguirá vendiéndose. Y el miedo por 3 mil pesos seguirá siendo una moneda demasiado barata para una vida.




