Ambientalistas
Una mirada ecofeminista a la crisis ambiental de Aguascalientes
En Aguascalientes, hablar de medio ambiente casi siempre conduce al mismo tema: el agua. Cada año aparecen advertencias sobre la sobreexplotación del acuífero, el crecimiento urbano y la presión sobre los recursos naturales. Sin embargo, detrás de estos problemas existe una cuestión más profunda que rara vez se discute: la forma en que la sociedad entiende su relación con la naturaleza.
Durante décadas, el desarrollo de la ciudad se ha guiado por una lógica de crecimiento constante: más fraccionamientos, más infraestructura y más expansión hacia la periferia. Este modelo ha permitido dinamismo económico y crecimiento urbano, pero también ha generado efectos que hoy comienzan a ser imposibles de ignorar: más basura, más asfalto, más contaminación atmosférica, más pérdida de áreas naturales y más discrecionalidad gubernamental sobre estos temas
Frente a este panorama surge una pregunta relevante: ¿es posible pensar el desarrollo desde otra perspectiva?
Una corriente filosófica que propone una perspectiva de desarrollo diferente a la tradicional es el ecofeminismo. Esta postura surgió del diálogo entre el pensamiento feminista y el ambientalismo, y sostiene que la explotación de la naturaleza y las desigualdades sociales comparten raíces similares en modelos de organización basados en la dominación y el control patriarcal. Desde esta perspectiva, la crisis ambiental no es únicamente un problema ecológico, sino también cultural y social.
El término fue propuesto por la pensadora francesa Françoise d’Eaubonne en la década de 1970. En su obra Le féminisme ou la mort (1974), advertía que la crisis ecológica obligaba a replantear profundamente la relación entre humanidad y naturaleza. En ese contexto escribió una frase provocadora: “o la sociedad feminista o la muerte”, con ella subrayó que el futuro del planeta depende de transformar las lógicas de dominación que tradicionalmente guiaron la historia, refiriéndose concretamente a las visiones androcéntricas patriarcales regidas por la verticalidad en la toma de decisiones, mismas que los hombres han asumido para posicionarse como seres superiores al resto del mundo natural, que solo es visto como un almacén de cosas que están a su servicio, incluidas las mujeres. Es por ello que D’Eaubonne reclama “que se reivindiquen las relaciones entre los seres vivos y el medio físico en el que evolucionan”, destacando el papel del control de la natalidad por parte de las mujeres, ya que la sobrepoblación humana, fomentada por el patriarcado, es una de las principales causas de la sobrexplotación y contaminación del planeta (Para más información ver: https://www.lja.mx/2024/03/francoise-deaubonne-el-feminismo-o-la-muerte-ambientalistas-por-jennifer-patino-aguilar/)
Este escenario muestra los límites de una visión masculina que durante mucho tiempo asumió que los recursos naturales eran prácticamente inagotables. Hoy sabemos que no lo son. El desafío ambiental actual consiste en reconocer esos límites y actuar en consecuencia.
Es por ello que el ecofeminismo propone colocar el cuidado de la vida en el centro de las decisiones públicas integrando la participación femenina, enriqueciendo con ello los criterios que deben desplegarse mediante la integración de una ética del cuidado, es decir, reconocer que el bienestar humano y la salud de los ecosistemas solo es posible si estos están sanos, por eso es importante cuidarlos y protegerlos como a integrantes de nuestra familia, o viéndolo metafóricamente de la siguiente manera: “si nuestra madre tierra convalece, seguramente nosotros con ella”, por eso URGE CUIDARLA MÁS.
Un ejemplo cercano se encuentra en la preocupación creciente por la conservación de espacios naturales como el Parque México, la Sierra Fría, la Sierra de Laurel, el Bosque de los Cobos Parga, La pona, etc., que son zonas ecológicas en nuestro estado. Durante años, ciudadanos y organizaciones han insistido en la necesidad de proteger estos ecosistemas frente a las presiones del crecimiento urbano, ya que, por su valor ambiental, estos lugares cumplen una función social relevante, son recordatorios de que el territorio no es únicamente un espacio disponible para la expansión inmobiliaria, sino un sistema vivo que, si se sobrecarga, convulsionará.
Pensar los problemas ambientales desde el ecofeminismo no implica rechazar la ciencia o la tecnología, por el contrario, significa complementarlas con una reflexión sobre los valores que orientan las decisiones colectivas. La eficiencia en el uso del agua, la planificación urbana y las políticas de conservación son fundamentales, pero también preguntarse qué modelo de desarrollo guía esas decisiones.
La crisis ambiental contemporánea exige cuestionar muchas de las certezas verticalizadas que orientaron el desarrollo en el pasado. El ecofeminismo no ofrece soluciones simples, pero sí invita a formular una pregunta esencial: ¿qué ocurriría si el cuidado de la vida (humana y no humana) se convirtiera en el principio central de nuestras decisiones sobre el territorio? Para el ecofeminismo, la participación de las comunidades, el conocimiento local y la organización ciudadana se vuelven elementos importantes para enfrentar los desafíos ambientales. Entender que la sostenibilidad es una condición para la vida social y económica es importante, pero aún más comprender que es vital cuidar y proteger la naturaleza por razones éticas.
Para una ciudad como Aguascalientes, donde el futuro del agua y del territorio ya forma parte del debate público, abrir esta conversación puede ser un paso necesario para imaginar un desarrollo más equilibrado y sostenible. Desde esta perspectiva, la gestión ambiental no puede limitarse a soluciones técnicas diseñadas desde oficinas gubernamentales, se requiere de un ejercicio de gobernanza serio en el que las mujeres tengan una participación política sustancial y su contribución aporte una mirada ecofeminista a la crisis ambiental de Aguascalientes.




