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jueves, febrero 5, 2026

Zelda / Hombres (y mujeres) que no tuvieron monumento

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José Luis Justes Amador

No es que no se quieran. Es que se merecen

(J. F.)

 

“Y seguimos remando, botes en contra de la corriente, llevados de vuelta incesantemente hacia el pasado”. Eso está inscrito en la lápida bajo la cual se encuentran, en una misma tumba, Francis, uno de los escritores del siglo XX que más hizo por malograr su talento ahogándolo en alcohol, y Zelda, una de las mujeres más hermosas de los años 20, una de las primeras flappers que acabaría muriendo cuando ardió el hospital psiquiátrico en el que estaba internada.

El gran crítico Edmund Wilson describe a Zelda en su juventud: “Algunos de los amigos de Scott la odiaban; otros estaban encantados con ella. Yo era uno de los que caí hechizado. Tenía la perfección de una belleza sureña y la falta de inhibiciones de un niño (…). Pocas veces he conocido a alguien que fuera capaz de expresarse con tanta frescura y maravilla como ella: no tenía ninguna frase preparada de antemano y no le importaba el efecto que causara en los otros”. Esa Zelda es la misma que aparecería, apenas disfrazada, como Nicole Diver en Suave es la noche de Francis y como Alabama Beggs en su propia Save The Waltz, novelas parecidísimas tanto en argumento como en la conflictiva relación que mantienen ambas con su pareja.

Las dos novelas son, claro, retratos de una pareja apenas disfrazados, historias de una pareja casada, él artista, ella una belle, con problemas de alcohol en el matrimonio. Zelda, que ha leído Suave es la noche, todavía inédita, la plagia descaradamente. Tanto que Francis hace que cambie cosas que son semejantísimas en ambas y, aun así, debe hacer adaptaciones en su propia novela para no resultar ser él, el copiado, el acusado de plagio. La novela de Zelda apenas vende y es mal reseñada por los pocos críticos que escriben sobre ella. La de Francis vende bien (es un escritor reconocido, la gran promesa de la literatura usamericana) pero es vapuleada por la crítica.

“Olvida el pasado, lo que puedas, y da la vuelta y nada de nuevo hasta mí, a tu refugio de siempre, aunque a veces parezca una cueva oscura iluminada con las antorchas de la furia. Es el mejor refugio para ti, da la vuelta despacio en las aguas en las que te mueves y regresa”.

Desde su juventud Francis ha sido, y lo será toda su vida, un alcohólico. Desde su juventud, Zelda, aburrida de ser considerada sólo una belleza, intenta destacar en las artes: pinta, baila, escribe relatos no tan malos. Y, como buena niña consentida, hace locuras para hacerse notar. La más sonada de todas: bañarse junto con la actriz Tallulah Bankhead (nada que ver con Talulah Gosh) en la fuente de Union Square.

Son la pareja perfecta. Él es el mejor escritor de su generación y ella la más hermosa. Los dos, con la enorme cantidad de dinero que entra gracias a las ventas de las primeras obras de Francis, viven en una borrachera perpetua. Francis comienza a tener problemas con su hígado y cuando no está borracho vive en el dolor físico. Zelda se deprime y los doctores le diagnostican esquizofrenia.

“Todo esto parece alegórico pero es muy real. Te necesito aquí. La tristeza del pasado me acompaña siempre. Las cosas que hicimos juntos y las cicatrices atroces que nos convirtieron en el pasado en supervivientes de guerra persisten como una especie de atmósfera que rodea todas las casas que habito. Las cosas agradables (…) me acompañarán siempre y tienes que creer como yo que podemos recuperarlos, si no en una nueva primavera, en un nuevo verano. Te quiero, amor mío, cariño”.

Para alejarse de su vida autodestructiva y nada productiva, Francis y Zelda se mudan a Francia donde él continúa con su alcoholismo, la escritura de El Gran Gatsby y las discusiones un día sí y otro también. Zelda, harta, aunque enamorada, se busca un amante, Edouard Jordan, piloto. Zelda le pide el divorcio a Francis. Francis en lugar de aceptar y concederlo la perdona mientras que su amante, que sólo pensaba pasar un buen rato con una mujer famosa, la abandona dejando de nuevo a una Zelda deprimida en los brazos de un Scott borracho.

Zelda y Francis regresan a su vida habitual. Fiestas, borracheras que cada vez duran más, peleas que cada vez son más frecuentes, presión psicológica del uno sobre el otro, los constantes celos de Francis. Y todo mientras persiguen un ideal que, al menos para ellos, es inalcanzable: ser un matrimonio perfecto. Francis con cada obra irá perdiendo la calidad. Ella, conforme pasa el tiempo, se irá poniendo peor hasta acabar de psiquiátrico en psiquiátrico. Francis morirá antes que Zelda, quien ni siquiera irá a su funeral. Ella, cuatro años después, arderá en el incendio del hospital donde estaba internada. Ninguno de los dos sabía que serían una leyenda. Ninguno de los dos sabía que, hicieran lo que hicieran, estaban condenados a la destrucción. Una destrucción que no pudo salvar ni siquiera el inmenso amor que se tenían.

“Me gustaría que fueras feliz, si existiera la justicia lo serías, quizá lo seas de todos modos. / Ay, Do-Do. / Do-do. / Zelda / Te quiero de todos modos, aun cuando no exista ningún yo ni ningún amor ni siquiera vida alguna. / Te quiero”.

Porque en las parejas (Elena y Octavio, Ted y Sylvia) siempre, inconscientemente se busca un culpable, un alguien con el que identificarse, un alguien a quien culpar o a quien exculpar, los críticos y algunos lectores han tendido a ver a Zelda como la ruina del talento de Francis. Otros a Francis como el causante de la locura de Zelda. Otros, los menos, suscriben la frase de su única hija, Scottie: “Nunca me he creído la leyenda de que fue el alcoholismo de mi padre el que le llevó a ella a la locura. Ni creo que ella lo llevara a la bebida”. O como lo resume perfectamente Francis en una de las Cartas de Amor y Guerra: “Nos destrozamos a nosotros mismos. Honestamente no creo que nos hayamos destrozado el uno al otro”.

En algún sitio, en algún tiempo, Francis Scott Fitzgerald y Zelda Sayre hubieran podido ser felices.

 

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