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miércoles, febrero 4, 2026

Combustión interna / Minutas de la sal

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…como cuando estás frente a una fogata durante horas, mirando fijamente el fuego, como si una neurona ancestral recordara esas noches primitivas, de alerta, miedo y hambre; ahí, frente al hogar, atento al depredador, mientras masticas un trozo de carne cocida, pero de un sabor particular. Piensas: no está quemada, sólo cocida, pero ahumada.

Sí, así quedas después de estar frente a una fogata durante horas: con olor a sabor ahumado, en toda la ropa y el cabello. Me ha pasado y he sentido el impulso de darme un mordisco, como seguro hacían mis antepasados, claro, no con ellos mismos sino en el trozo de carne de mamut o de rata, para descubrir que habían inventado un nuevo método de conservación. Bueno, no sé si fueron mis antepasados, pero sí los de la civilización.

Sí, todo lo ahumado es la posibilidad de devorar el fuego sin morir en el intento. Me refiero al ahumado verdadero, no a los astutos saborizantes que pueden resultar atosigantes además de poseer un dulzor peculiar. Quesos, embutidos, pescados y hasta el pollo, que como ya lo he dicho es cosa del demonio, saben rico al ser ahumados. Cierto, he probado chocolate y cajeta ahumados; ya podrían inventar un helado de leche condensada ahumada. Caray, sería sublime. No: SU-BLI-ME.

El ahumado es uno de los métodos de conservación. Se obtiene al exponer los alimentos al humo producido por maderas especiales. El sabor depende de si la madera es dulce y plena de ésteres. Además de dar sabor, tienen un efecto antibiótico. Estos elementos digamos mágicos sólo son liberados con la combustión.

Sí, con la combustión, como la que ocurre cuando estás frente a una fogata y tu memoria ancestral despierta tu fascinación por el fuego, por el control del elemento tan temido, ese, el del despertar de la civilización, el de ser la especie dueña, ama y señora de la combustión. Hemos logrado tantas cosas gracias al control del fuego; entre ellas, lo ahumado.

Nada. Hace mucho que no estoy frente a una fogata porque en esta ciudad están prohibidas. Tampoco necesito humo, los productos ahumados se encuentran en los anaqueles de las tiendas de autoservicio. Además mi ropa y mi cabello siempre tienen olor a cigarro, cuando salgo se mezcla con el olor característico de mi ciudad saturada de coches, una ciudad dueña, ama y señora de la combustión. Entre humo contemplo a la Ciudad de México. A veces me remite a los cuadros volcánicos de Gerardo Murillo, mejor conocido como Dr. Atl (1875-1964). Esos cuadros, en su momento, parecían apocalípticos, enloquecidos. Imagino que el Dr. Atl tenía en la sangre muchas células ancestrales, por eso cazaba volcanes, y pintaba y escribía sobre ellos. No sé por qué escogió Atl (agua) como seudónimo, debería haber elegido fuego (tletl). Cierto, quería aprovechar su impulso, no extinguirlo; acaso modularlo para crear el choque entre elementos, para transformarse él mismo en uno de sus cuadros. Bien mirado, ahora, fue como el Nostradamus de los paisajes.

No es broma, lo digo en serio, lo compruebo al contemplar mi ciudad. Es un acto disfrutable, sobre todo desde la altura. Supongo que el otro paisajista, José María Velasco (1840-1912), sentía lo mismo, de otro modo no hubiera capturado el paisaje que subsiste en su cuadro “El valle de México”. En este, la mirada no puede ser presa del vértigo, pues los verdes la detienen; pero sobre todo el azul que se arremolina con el blanco de las nubes y la nieve de los volcanes. Me gusta ese cuadro, podría tener una ventana a él. Me gusta ese paisaje que ahora es imaginado, pero fue real en la vista de Velasco. Muchos desprecian los paisajes; se ha quedado esa tara de menospreciar el impresionismo y el naturalismo. No lo harían si vivieran en mi ciudad. Es curioso, yo, habitante del valle de México, al ver el cuadro de Velasco, creo que es un mundo fantástico, pues no es el valle que conozco. Entonces el Dr. Atl se transforma en el impresionista de hoy, el que logra materializar el sabor a ahumado de esta ciudad que no necesita fogatas porque, per se, ya es una. Si los dos pintores resucitaran y la vieran, seguro harían la danza del fuego en torno a ella. No sé, a lo mejor se sacarían los ojos.

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