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jueves, febrero 5, 2026

La ignorancia como forma de gobierno / Economía de Palabras

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La construcción de un Estado que represente dignamente a todos sus ciudadanos no es necesariamente una de las prioridades de quienes pretenden asumir la responsabilidad de gobernar. Cada ciclo electoral, indistintamente de la demarcación política, se pueden observar un sin fin de promesas, declaraciones y ataques por parte de las distintas campañas a fin de cautivar al iluso y engañar al torpe.

Asistidos siempre con el dinero de un aparato político robusto y apoyado, extraoficialmente, por un peculiar y bien definido cúmulo de intereses, las campañas políticas son una competencia de popularidad, donde lo popular implica, desafortunadamente, el nivel educativo y la capacidad argumentativa de aquellos que se pretende gobernar. En este sentido, la democracia se convierte en una competencia para explotar la ignorancia y la idiocia.

Sin duda mejor que las dictaduras y definitivamente más placentero que una oligarquía, una democracia goza del inamovible estatus del campeón de las formas de gobierno. No obstante es un campeon por los pelos. Esta tiene virtudes -hace posible la vida en una sociedad plural y diversa por ejemplo- pero también tiene una multitud de defectos.

Uno de los más notorios es que “permite” la llegada al gobierno de actores que de hecho pondrían en entredicho la naturaleza misma de una democracia. Donald Trump no es más que el último de estos personajes a quienes se les asigna esta etiqueta.

Podría Paco Calderón en su profunda ignorancia, hacer un cartón donde Maduro, Chávez, Fidel, Trump, Cristina y Andrés Manuel se sienten a tomar una cerveza o a jugar al dominó con la simple intención de hacerlos lucir idénticos. Esta es una de las formas más elementales de descalificar en una democracia. Asociar al otro en un campo semántico aunque este sea un ejercicio simplón o de entrada ignorante.

Tema aparte es que estas caracterizaciones además de rupestres suelen demostrar un completo desconocimiento de las afiliaciones políticas y un absoluto letargo por hacer la tarea de informar. Trump, Le Pen y Norbert Hofer comparten más en un solo discurso que aquello que podría el gringo copetón parecérsele a AMLO por ejemplo.

La tristeza de una democracia en este sentido pasa en gran medida por la incompetencia de su comentocracia en complicidad absoluta de la ignorancia política tan avasalladora en la que subsiste el electorado.

Valdría reconocer al respecto, dentro de los peligros de una democracia, que cuando los electores resultan un mero instrumento suelen brotar las más tristes de las cualidades humanas y algunas de sus más banales expresiones.

El chantaje emocional barato de las historias detrás del candidato, los escándalos sexuales, la exacerbación desmedida de la personalidad, sacar a relucir creencias religiosas en una sociedad laica, hablar de su linaje o hasta de sus perros son solo unos cuantos ejemplos. Los más patéticos e inofensivos sin embargo. Quién es el o la más peinada le importa a algunos tanto como si entiende o no por qué la desigualdad es un problema y por qué en todo caso no es una tragedia que no todos comamos salmón noruego.

Están en otro apartado las formas del discurso y las mentiras. Sobre todo son escandalosas aquellas que son tan claras como lascivas. De esto último, Hillary Clinton, aprovechando la ocasión, es un gran ejemplo. Es un personaje claramente pintado con matices de deshonestidad.

“Puedo empatizar con ustedes, los norteamericanos trabajadores”, dice la señora que cobró cientos de miles de dólares por cada plática en absoluto hermetismo a un grupo de los más desagradables personajes de Wall Street. “Entiendo los problemas que viven día con día” dice Clinton a sus seguidores sin desespinar un ápice su corte de 600 dólares.

“Los intereses de los afroamericanos siempre han sido una de mis preocupaciones”, y si lo dice seguramente lo son. El asunto es que para efectos prácticos resulta complicado saber qué es lo que le importa. Tal vez sea que quiere revertir el sistema judicial que ha focalizado desmedidamente a las minorías y que ella misma apoyó o tal vez será que le importa resarcir el hecho de haber afirmado que los “Superdepredadores” (como se refirió al respecto de los jóvenes negros que cometen diversos delitos) eran la fuente elemental del crimen.

Clinton no es la única que ha dicho lo que sea para ganar una elección y ciertamente no será la última. Ahora bien, el problema no solo está en los dichos. Está en los hechos. Clinton representa una serie de intereses del status quo y de un arreglo político que le ha resultado contraproducente a la mayoría de la gente. Y pasa tanto en EEUU como pasa en México. El peligro es global. Falta una separación, a lo Juárez, del dinero -los intereses especiales- y el Estado.

Si hay quien, siquiera uno, que crea que esta clase de político pierde el sueño por los problemas más comunes de la gente más vulnerable entonces hay al menos un idiota. El peligro para una democracia no siempre viene envuelto en el carismática y la peligrosa personalidad de quien propone la persecución de las minorías o en el autoritaritarismo hipotético de un charlatán con francos impedimentos mentales y ausencia tan clara de razón.

El peligro de la democracia es que en lugar de una forma de discutir aquello que resulta importante o de defender aquello que sostenemos con mayor estima se ha transformado, cada vez más descaradamente, en una simulación elegante -bien vestida pues- donde no es la gente sino su ignorancia la verdadera fuente de la que emana el poder. Es la institucionalización del desconocimiento y la desinformación como un pilar para la acción de ejercer el gobierno.

De tal efecto, todavía hay quien confunde la Aristocracia con la Oligarquía, así como la gimnasia con la magnesia, la derecha con los derechos y lo popular con lo correcto. La democracia, además de cara, es hoy, tanto en México como EEUU, un superlativo para vender lo que por momentos parece más una celebración abusiva de la idiocia que una forma legítima de acceder al gobierno.

@JOSE_S1ERRA

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