Mientras el sistema de salud público sigue operando con carencias estructurales y la ciencia en México sobrevive a base de vocación y resistencia, un logro médico de enorme relevancia pasó casi de largo en la conversación nacional: una científica mexicana consiguió eliminar el Virus del Papiloma Humano (VPH) en 29 mujeres mediante un tratamiento no invasivo.
La responsable es Eva Ramón Gallegos, investigadora del Instituto Politécnico Nacional (IPN), quien desarrolló y aplicó una terapia fotodinámica capaz de erradicar el virus en el tejido cervical de las pacientes tratadas. El resultado fue contundente: el VPH desapareció en el 100 % de los casos evaluados. Un dato que, de haber ocurrido en otro país, probablemente habría ocupado titulares internacionales durante semanas.
El VPH no es un tema menor. Se trata de uno de los virus de transmisión sexual más comunes en el mundo y la principal causa del cáncer cervicouterino, una enfermedad que sigue cobrando la vida de miles de mujeres cada año, sobre todo en países con sistemas de salud desiguales como México. Frente a ese contexto, el desarrollo de una terapia que elimine el virus sin cirugía ni procedimientos invasivos representa un avance científico y social de primer orden.
La técnica utilizada consiste en aplicar una sustancia fotosensible que se concentra únicamente en las células infectadas. Posteriormente, al ser activada con luz láser, destruye las células dañadas sin afectar el tejido sano. No es magia ni discurso motivacional: es ciencia dura, desarrollada desde una institución pública mexicana y validada con resultados clínicos.
Sin embargo, como suele ocurrir en este país, el reconocimiento no ha sido proporcional al impacto. No hubo grandes campañas, ni inversión masiva posterior, ni una discusión profunda sobre lo que este avance podría significar para la salud pública femenina. La ciencia hecha por mujeres, enfocada en la salud de las mujeres, sigue enfrentándose al mismo muro de indiferencia.
Es importante decirlo con claridad: esto no significa que el VPH esté “curado” para toda la población. Se trata de un estudio con un grupo reducido y aún se requieren fases más amplias de investigación clínica. Pero minimizarlo sería un error tan grande como venderlo como una solución inmediata. Lo que ocurrió aquí es un paso real, comprobado y prometedor, algo escaso en un sistema que suele apostar más por discursos que por investigación.
Este logro plantea preguntas incómodas: ¿qué pasaría si el Estado mexicano apostara de verdad por la ciencia pública?, ¿cuántas vidas podrían salvarse si estos desarrollos recibieran financiamiento, seguimiento y voluntad política?, ¿por qué seguimos normalizando que avances de este calibre dependan del esfuerzo casi heroico de investigadoras aisladas?
Eliminar el VPH en 29 mujeres no es un número pequeño. Es una señal. Una prueba de que la ciencia mexicana puede, sabe y resuelve, incluso cuando el entorno no acompaña. Lo verdaderamente grave no sería reconocer este avance con cautela, sino dejarlo morir en el archivo de las “buenas noticias que no se apoyaron”.
Porque cuando se trata de la salud y la vida de las mujeres, el silencio también es una forma de violencia.




