Plaza Pública
Las venas siguen abiertas (primera de dos)
Las venas abiertas de América Latina es un libro publicado en 1971 por nuestro inolvidable Galeano (Eduardo María Hughes Galeano), que narra el constante saqueo de los ingentes recursos naturales de la región por parte de los imperios coloniales que se sucedieron entre los siglos XVI y XIX. Primero, fundamentalmente Portugal, España y el Reino Unido, pero más tarde también los Estados Unidos de América, justificándose en su declarado “Destino Manifiesto” (La plutocracia del naciente imperio afirmaba tener una misión divina para expandirse territorialmente de costa a costa del continente, llevando consigo la democracia y su estilo de vida, justificando así la anexión de Texas, Nuevo México y la Alta California, con la consiguiente expulsión y segregación o aniquilamiento de decenas de pueblos originarios de sus territorios ancestrales), actuación luego enunciada en la llamada “Doctrina Monroe” (1823), que se podría sintetizar en la frase: “América para Los americanos”, donde los americanos no eran otros que los propios Estados Unidos de América.
Doscientos años después, ya en 2026 y después de 80 años de ocupación ilegal de Palestina y de tres años de un cruel genocidio en la Franja de Gaza televisado en directo al mundo, así como el bombardeo cotidiano a Líbano, Siria, Yemen, Irak, e Irán, el ensayo de la entidad estatal sionista (protegida y patrocinada por las élites occidentales) ha sido convenientemente ignorado por la mayor parte de los Estados que conforman la comunidad internacional, lo que confirma que los países más fuertes se imponen por la vía de los hechos al resto. Y ese es justo el límite de la soberanía nacional de un Estado en 2026: el uso de la fuerza. El problema es que al justificarse el bombardeo, asesinato y secuestro de un presidente iberoamericano en funciones, se acepta -de facto- a Estados Unidos como suprema autoridad (despótica) del mundo. Y al aplaudir el intervencionismo en Venezuela se le abre la puerta toda nuestra región y más allá. Algunos dirán que hasta aquí no hay nada nuevo. Pero si buscamos algo para aprender en esto, podríamos sostener que con la invasión, bombardeo, asesinato de un número aún indeterminado de personas y secuestro del presidente de Venezuela Nicolás Maduro y su esposa el pasado 3 de enero en Caracas; no se traiciona sólo a la soberanía de esa república hermana, sino el derecho a la autodeterminación de todos los pueblos del planeta, que es uno de los principios normativos básicos de la Organización de las Naciones Unidas.
Luego se podría discutir con más o menos argumentos la legitimidad de Nicolás Maduro como presidente de Venezuela, incluso aunque parezca factible que durante años haya fungido como facilitador de una red de corrupción de las que muchos otros Estados en América y Europa no están ni mucho menos exentos. Pero lo que sí parece bastante claro que a la legalidad o a la democracia no se llega mediante golpes de Estado, invasiones, bombardeos o secuestros dirigidos desde el exterior, actuaciones que violan los más elementales principios del Derecho internacional y que convierten a Nicolás Maduro en un preso político y un prisionero de guerra según la Convención de Ginebra.
Para el diario The Guardian, Trump no abre una nueva política, sino que regresa al viejo paradigma de la política norteamericana del XIX con un “imperialismo al desnudo”, sólo que de forma más abierta que otras administraciones y con una impugnación más brutal del orden global onusiano. Así que no es extraño que hasta el nuevo Papa León XIV, a quien nadie en su sano juicio podría acusar de comunista o de chavista, pide que se respeten los DD.HH. y que Venezuela siga siendo un país independiente, urgiendo a garantizar la soberanía y el bien del país (RTVE, 05-01-26). Lo ocurrido en Venezuela no es solo una invasión más de tantas otras perpetradas por Estados Unidos a un país extranjero sin ningún derecho o razón que lo justifique. Al parecer, somos testigos del premonitorio aviso del paso de un “capitalismo verde” y ultra-neoliberal, a un desbocado extractivismo imperial sin límite que no sólo requiere petróleo, sino agua o tierras raras allá donde las haya. Así, es EUA y no solo Trump (que no es causa sino efecto), quien anuncia el arranque de una fase de autoritarismo extraterritorial ilimitado desconocido hasta ahora. Un nuevo tipo de autoritarismo donde “puede proyectar su voluntad donde quiera y cuando quiera” (así lo dijo ayer o antier Hegseth, neo secretario de guerra, antes defensa). Y esto está lejos del viejo imperialismo yanqui, porque se reconoce expresamente que se sienten con la atribución de tomar del mundo lo que quieran y cuando quieran. Así que quienes aplauden la invasión aprueban sin más que la comunidad internacional se someta al hiperextractivismo depredador de un imperio que consume recursos y produce emisiones sin control alguno y que dejará de gobernar al mundo a través del comercio hegemónico y los aranceles a conveniencia para desgobernarlo a través del uso indiscriminado de la fuerza y la guerra sin consecuencias; donde MAGA significa que “América es nuestra”. Y así como el mundo debe estar a disposición del extractivismo estadounidense, se impone su autoridad unilateral y despótica sobre todo el continente (Canadá y Groenlandia incluidas). Ello explica una arrogancia autoritaria y unilateral no sólo en Venezuela, sino también otras agresiones intervencionistas que hemos visto durante los pasados meses, como el asesinato en altamar sin investigación, juicio ni defensa de unas cien personas sin que se haya ofrecido hasta ahora ninguna prueba de su culpabilidad en los delitos que se les imputaban. Así, presenciamos un nuevo tipo de imperialismo en el que los Estados Unidos de América han dejado de gobernar a través de la hegemonía (el convencimiento, la persuasión y la cooptación), para pasar a hacerlo a través de la imposición (pura y dura) y la violencia y la guerra. Abona además la profunda estulticia de unas derechas latinoamericanas y europeas tan reaccionarias como sus respectivos gobiernos (Francia, Italia, Alemania, son ejemplos claros) que coadyuvan a erigir una nueva dictadura para el mundo, pues lo que debería ser un repudio unánime es por ahora solo una voz débil, contradictoria y plagada de potenciales traiciones a izquierda y derecha del espectro político. Y resulta claro a estas alturas que dicha traición a la idea y praxis de la soberanía estatal, piedra angular de las relaciones internacionales contemporáneas, costará caro si el neo-despotismo anaranjado logra asentarse y se consolida. Así, después del orden internacional que fue ya destruido en Palestina, nos adentramos ahora en un mundo sin reglas donde los sucesivos gobiernos norteamericanos intentarán a toda costa detener un declive estadounidense que en cualquier caso y tarde o temprano, será inevitable. La buena noticia es que como todo imperio en la historia, este también colapsará, así que esto va mucho más allá de la coyuntura de Venezuela. Mientras tanto, no sobrará recordar que EUA y su gobierno cometen en Venezuela un delito de agresión sancionado por el artículo 2.4 de la carta de las Naciones Unidas, que es un crimen internacional grave, según concluyeron las sentencias de los juicios de Núremberg contra la cúpula nazi (1945-46).
El autor es jurista. Investigador Nacional (SNII).
@efpasillas




