La Columna J
Tocar el cielo
Estimado lector de LJA.MX, reciba como cada semana un saludo cordial y un sincero agradecimiento a este gran medio de comunicación por el espacio que nos permite reflexionar. Espero que los días de este nuevo año transcurran con parsimonia, con esa calma que no adormece, sino que eleva la voluntad y aquieta el espíritu. Hoy deseo narrarle una experiencia distinta: una aventura, una travesía, un desafío físico y, sobre todo, interior, que un grupo de personas y un servidor emprendimos el fin de semana pasado.
Decidí titular esta columna “Tocar el cielo”, porque solo mediante la introspección profunda es posible dimensionar lo que significa estar cerca de él: ver al sol desde cierta altura, habitar el silencio, y experimentar la vida contemplativa que otorga pausa, claridad y sentido a nuestra existencia. Friedrich Nietzsche escribió que “quien asciende a las montañas más altas se ríe de todas las tragedias, reales o imaginarias”. Y algo de eso ocurre cuando uno se eleva: las preocupaciones se vuelven pequeñas, y lo esencial aparece con una nitidez abrumadora.
El viaje comenzó el sábado a las dos de la madrugada. Cada integrante, de manera independiente, se fue preparando para llegar al punto de partida a las cuatro de la mañana. Y digo que ahí comienza la travesía porque desde el momento en que uno prepara la mochila -las botas, la chamarra, las capas de ropa, la linterna, el alimento- la imaginación inicia un juego intrépido. Se anticipan escenarios, se presienten dificultades, aunque casi nunca coinciden con la realidad. La montaña tiene la capacidad de desbordar cualquier expectativa: ofrece experiencias que no se imaginan, solo se comprenden al vivirlas. Pero, sobre todo, la montaña sabe colocarte en tu lugar: resquebraja el ego, despierta nostalgias, exige gratitud y te ancla radicalmente en el presente.
Todos los que íbamos confluimos en una disposición distinta. No éramos otros, pero sí había una actitud compartida, necesaria para ascender y para fraternizar. Llegamos al punto donde dejamos las mochilas en una camioneta y nos preparamos para el primer trayecto del sábado, que comenzó antes del mediodía. Cinco horas de ascenso, cinco horas de contemplación y esfuerzo. Aquí es imprescindible reconocer el papel de los guías: no son solo orientadores del camino, son maestros y custodios de la vida. En ellos depositas tu confianza absoluta; te dicen dónde pisar, dónde no hacerlo, y vigilan incluso aquello que tú no alcanzas a ver.
El paisaje es de una belleza sobrecogedora. Árboles, microecosistemas, calor, sed, viento: todo forma parte de la experiencia. Beber agua de manantial es un privilegio que solo la montaña concede, en esos espacios donde el capitalismo y la ambición humana aún no logran imponerse. Allí, la naturaleza sigue siendo soberana. Nietzsche afirmaba que “en la montaña más solitaria se aprende a escuchar lo que no hace ruido”, y es verdad: el silencio enseña más que cualquier discurso.
Después de cinco horas llegamos a un refugio. Compartimos el pan y la sal, conversamos, descansamos. Dormir a esa altura no es sencillo. A la una y media de la mañana sonó el despertador; algunos ya estábamos despiertos. El frío penetra sin pedir permiso. A las dos y media iniciamos el ascenso final. Y entonces ocurre la primera gran revelación: levantar la vista y contemplar no un hotel de cinco estrellas, sino un cielo colmado de miles de ellas. Caminamos en la oscuridad, guiados por quien conoce la montaña. El cuerpo suda, las manos se congelan, el agua parece no hidratar. Y surge la pregunta inevitable: ¿por qué hago esto? Podría estar en mi cama, en la comodidad. Pero también queda claro que solo cuando el ser humano se desafía -física y mentalmente- encuentra respuestas, o al menos mejores preguntas.
Cada quien avanza a su ritmo. Así es la vida: no es una competencia con los demás, sino con uno mismo. Es aprender a respirar, a pausar, a alentarse. Nadie puede dar el siguiente paso por ti. Por eso cobra sentido el ritual previo que nuestro guía, Aarón Castrejón, realizó: pedir permiso a la montaña. Hay quien sube con soberbia; la montaña se encarga de recordarle sus límites. Nosotros subimos con cortesía, disposición y gratitud.
El frío se intensificó alrededor de las tres de la mañana. Un frío que entumece, que duele, que hace pensar en casa, en la familia, en la cama. En esos momentos, cuando el peligro es latente y un paso mal dado puede ser definitivo, la vida se percibe con una claridad brutal. Nietzsche escribió: “quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Y ahí, en la montaña, ese porqué se vuelve íntimo, silencioso y profundamente humano.
Finalmente, tras cinco o seis horas de ascenso, llegamos a la cumbre. Minutos antes presenciamos el alba: el sol emergiendo, las nubes disipándose a nuestros pies. En la cima hay silencio. Un silencio absoluto, meditativo. La respiración marca el tiempo. Se agradece a Dios, a la vida, a la familia, a los compañeros. Pero la reflexión más profunda llega después: la verdadera cima no es la cumbre, es volver a casa.
Durante el descenso, un perrito apareció y nos acompañó con lealtad hasta abajo, recordándome -quizá sin saberlo- la fidelidad simple y sincera de la vida. Regresamos al refugio, recogimos, emprendimos el regreso. Todos llegamos bien. Y como decía Thomas Mann, uno es una persona cuando sube la montaña y otra cuando baja.
Agradezco profundamente, en primer lugar, a mi hermano Aarón Castrejón, quien coordina la empresa Vertical, por hacer posibles este tipo de viajes y travesías, pero sobre todo por la experiencia, el profesionalismo y la seguridad que brinda a cada persona que confía en él. Mi reconocimiento sincero a los guías Delia López, Nico y Caro Chambón, verdaderos titanes de la montaña, por su paciencia, su enseñanza y su acompañamiento constante; en ustedes se deposita la vida y la confianza. Gracias también a mis compañeros de travesía, Ani Castrejón, Ani Durán, Juan Salcido, Cristian Ramírez, Iván Pichardo, Elisa Martínez, Ángel Rodríguez, Humberto Cárdenas, Helen Carpio, Edith Cortés, Norma García, Armando Tostado e Ingrid Rubio, con quienes compartí palabras, silencios, bromas y reflexiones que hicieron de este ascenso algo profundamente humano. Sin ustedes, este viaje no habría sido posible. Porque la montaña se sube con los pies, pero se comprende con quienes caminan a tu lado.
Y gracias, lector, por acompañarme una vez más en esta reflexión. Porque a veces, tocar el cielo no es llegar a lo más alto, sino atreverse a mirar hacia dentro.
In silentio mei verba.




