Seis mujeres sobrevivientes de agresión sexual en Denver, Colorado, decidieron ir más allá del proceso penal contra su agresor. Tras la condena del cardiólogo Stephen Matthews quien drogó y violó a varias mujeres que conoció a través de apps de citas, ahora también demandan a Tinder y Hinge, señalando un problema estructural: las plataformas digitales que facilitan el encuentro siguen prácticamente blindadas frente a la justicia.
El caso: citas, drogas y violencia sistemática
Stephen Matthews, ex cardiólogo, utilizó su perfil profesional y su presencia en apps de citas para generar confianza. Según los testimonios judiciales, ofrecía bebidas a sus citas, las drogaba y las agredía sexualmente cuando perdían la conciencia. Varias de las víctimas relataron despertares con lagunas de memoria, lesiones físicas y evidencias claras de abuso.
En 2024, Matthews fue declarado culpable de múltiples cargos y sentenciado a más de un siglo de prisión. Sin embargo, para las sobrevivientes el daño no termina ahí. Ellas sostienen que las plataformas sabían o debieron saber que Matthews representaba un peligro, pues había sido reportado desde años antes por comportamientos alarmantes.
La demanda: ¿qué reclaman las víctimas a Tinder y Hinge?
La demanda civil sostiene que Match Group —empresa dueña de Tinder y Hinge— permitió que Matthews siguiera activo y visible dentro de sus algoritmos incluso después de recibir denuncias. Entre los señalamientos centrales están:
- Falta de acción efectiva tras reportes de conducta peligrosa.
- Sistemas de seguridad que permiten a agresores permanecer activos o volver a crear cuentas.
- Un diseño de plataforma que prioriza el crecimiento y la interacción por encima de la seguridad de las usuarias.
No se trata solo de un agresor individual, sino de un modelo digital que facilita la reincidencia.
El gran escudo legal: por qué las apps casi nunca responden
Las empresas tecnológicas en Estados Unidos cuentan con una protección legal clave: la Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones. Esta norma establece que las plataformas no son legalmente responsables por el contenido ni las acciones de sus usuarios.
En la práctica, esto significa que:
- Si una agresión ocurre tras un encuentro iniciado en una app, la empresa no suele ser considerada responsable.
- Las plataformas no son tratadas como “editoras” ni como intermediarias activas, sino como simples espacios de interacción.
Esta protección ha sido respaldada repetidamente por tribunales estadounidenses, incluso en casos donde las víctimas argumentan que las empresas ignoraron advertencias claras.
¿Una inmunidad absoluta?
No del todo, pero casi. Las demandas más recientes incluida la de las sobrevivientes de Denver intentan abrir grietas legales señalando otros frentes:
- Diseño defectuoso del producto.
- Publicidad engañosa sobre seguridad.
- Violaciones a leyes de protección al consumidor.
El argumento es claro: no se puede vender una experiencia “segura” mientras se tolera la permanencia de agresores denunciados. Sin embargo, estas batallas legales suelen ser largas, costosas y con resultados inciertos.
Violencia digital con consecuencias reales
El caso del cardiólogo abusador expone una verdad incómoda: las apps de citas no son espacios neutros. Sus decisiones de diseño, sus algoritmos y su falta de respuesta frente a denuncias tienen impactos directos en la vida y la seguridad de las mujeres.
Mientras las plataformas continúen protegidas por marcos legales que priorizan la innovación y el mercado sobre los derechos humanos, la carga de la violencia seguirá recayendo en las víctimas. Y la pregunta permanece abierta: ¿hasta cuándo la tecnología podrá lavarse las manos frente a la violencia que facilita?




