Por Tania González
En México, la ausencia del Estado frente a la crisis de personas desaparecidas no solo se mide en cifras. También se mide en manos que palpan la tierra, ojos que escudriñan montes y carreteras, y pies que recorren comunidades enteras en busca de rastros que las autoridades nunca encontraron. Frente a la inacción institucional, han surgido los colectivos de madres buscadoras: mujeres que han asumido un papel que no les correspondía, pero que ha terminado siendo vital para sostener la esperanza de miles de familias.
Una cifra que habla por sí sola
El problema de las desapariciones en México es estructural y, para muchos especialistas, invisibilizado. De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), gestionado por la Comisión Nacional de Búsqueda (CNB), más de 116,000 personas siguen reportadas como desaparecidas en el país desde que hay registros confiables, la mayoría ocurridos después de 2006.
Aunque los gobiernos han presentado estrategias y cifras oficiales, las organizaciones civiles y colectivas de familiares señalan que estos números aún subestiman la verdadera magnitud de la tragedia, debido a negligencias en la actualización y en la transparencia de los datos.
En el primer semestre de 2025, por ejemplo, 7,399 casos de desaparición fueron registrados sólo entre enero y junio. Esto representa un aumento del 18 % respecto al mismo periodo del año anterior, con estados como Ciudad de México y el Estado de México registrando más de mil casos cada uno en ese lapso.
La ausencia de la autoridad y el peso de la búsqueda
La gravedad de estos números no solo está en las vidas ausentes, sino en la forma en que las instituciones encargadas de localizar a estas personas funcionan —o dejan de hacerlo. La indiferencia institucional mencionada por muchas buscadoras no es retórica: es un patrón que se repite en expedientes extraviados, búsquedas que no se efectúan y archivos que nunca se actualizan, según activistas locales.
Frente a esta ausencia, las madres buscadoras han ido asumiendo funciones que, en teoría, deberían corresponder a autoridades periciales o a las fiscalías:
- rastreadoras, recorriendo zonas de posible enterramiento;
- peritas improvisadas, recolectando pruebas y coordínandose con forenses;
- archivistas, reconstruyendo expedientes que las instituciones han perdido.
Una de ellas, Cecilia “Ceci” Flores, líder del colectivo Madres Buscadoras de Sonora, lo ha resumido sin rodeos:
“En México las madres hacemos el trabajo de las autoridades”, dijo en un momento de búsqueda continua de sus hijos desaparecidos.
Riesgos, amenazas y violencia en el camino
Buscar no es solo una labor física difícil; es una tarea de alto riesgo. Según un reporte de Amnistía Internacional, 97 % de las mujeres buscadoras entrevistadas han enfrentado violencia o impactos significativos por su labor. Esto incluye amenazas directas, extorsión, agresiones físicas, desplazamiento forzado y, en algunos casos, incluso tortura, secuestro o intento de desaparición.
“Mi casa fue rafagueada con al menos cien balas. Estaba con mis hijas, fue horrible”, relata una buscadora que sufrió un ataque solo por seguir intentando encontrar a su familiar.
Además de estos riesgos, los colectivos han denunciado repetidas veces amenazas y hostilidad tanto de actores criminales como de autoridades. En muchos casos, los expedientes no avanzan, o las fiscalías y comisiones de búsqueda no responden con la diligencia necesaria.
El peso emocional detrás de cada búsqueda
Detrás de cada colectivo hay una historia personal que alimenta la necesidad de acción. Historias como la de María del Carmen Morales, madre buscadora en Jalisco, quien siguió buscando a su hijo a pesar de amenazas de muerte, hasta que decidió apartarse del colectivo después de una segunda advertencia directa.
O la de Teresa González Murillo, también en Jalisco, quien fue asesinada mientras buscaba a su hermano desaparecido.
Y estos son solo algunos ejemplos entre muchos otros de activistas que han pagado con su vida o han sido directamente amenazadas por asumir una labor que debería ser responsabilidad del Estado y no de particulares.
¿Por qué las madres? Un fenómeno social
La predominancia de mujeres en estos colectivos no obedece únicamente a una cuestión cultural, sino también a un vacío institucional profundo. Cuando las familias enfrentan la indiferencia del Estado, es frecuente que madres, hermanas o esposas se organicen para reclamar justicia y encontrar respuestas.
De acuerdo con la Agencia Presentes, los colectivos de madres buscadoras surgieron porque el amor por sus familiares desaparecidos —y la falta de respuesta estatal— las llevó a organizar redes y estrategias de búsqueda en todo el país.
Este fenómeno no solo visibiliza el dolor compartido, sino también la incapacidad de las instituciones para cumplir con su mandato constitucional de proteger el derecho a la verdad y la justicia.
El Estado responde (a medias)
En respuesta a la presión social y mediática, el gobierno federal ha anunciado iniciativas para mejorar la búsqueda de personas, como la implementación de una CURP biométrica con fotografía y huellas dactilares que facilite la identificación en bases de datos y sistemas de investigación.
Sin embargo, estas reformas han generado también críticas: incluso con nuevas herramientas, persisten dudas sobre la voluntad real de las autoridades para atender el problema de raíz, así como sobre la eficiencia operativa de las mismas.
Conclusión: cuando el Estado no busca
La crisis de desapariciones en México es, en palabras de muchos especialistas, un problema de fallas estructurales, impunidad crónica y ausencia de investigación efectiva. Pero también es —y debe reconocerse— una crisis humana, cuya cara más visible, en muchos casos, la han puesto las mismas familias: mujeres que han dejado de ser solo madres para convertirse en rastreadoras, archivistas y activistas.
La pregunta que queda en el aire no es solo cuántas personas están desaparecidas, sino cuántas de esas desapariciones se hubieran evitado si las instituciones hubieran cumplido su función básica de buscar desde el primer día.
Y mientras el Estado falla, las madres siguen caminando. Con picos, palas y la determinación de quien no tiene otra alternativa: buscar lo que otros deben encontrar.




