Desde el 16 de enero de 2026, México entró de lleno a una nueva etapa de criminalización del mercado de vapeadores y cigarros electrónicos. La reforma a la Ley General de Salud, publicada en el Diario Oficial de la Federación, prohíbe de manera absoluta la fabricación, importación, distribución, comercialización y publicidad de estos dispositivos, tengan o no nicotina.
Pero más allá de la prohibición, lo que ha encendido el debate público son las penas:
de 1 a 8 años de prisión y multas que pueden superar los 200 mil pesos para quien venda o distribuya vapeadores.
La pregunta es inevitable:
¿A qué otros delitos se parece esta sanción en el sistema penal mexicano?
Castigos que equiparan la venta de vapeadores con delitos de impacto medio
De acuerdo con el marco legal vigente, la pena máxima de 8 años de cárcel coloca la venta de vapeadores en un rango similar al de delitos considerados de gravedad media, por encima de varias conductas violentas comunes y muy cerca de crímenes que afectan directamente a personas.
Por ejemplo:
- Robo simple sin violencia puede sancionarse con penas menores o incluso permitir libertad condicional.
- Robo con violencia, dependiendo del caso, suele castigarse con 5 a 10 años de prisión.
- Lesiones que no ponen en peligro la vida, en muchos estados, reciben penas menores a las previstas para la venta de vapeadores.
En contraste, delitos de alto impacto como:
- Homicidio calificado (30 a 60 años),
- Secuestro (hasta 40 o 60 años),
- Extorsión agravada (15 a más de 40 años),
quedan claramente por encima. Sin embargo, la comparación deja un mensaje político claro: el Estado decidió tratar la venta de vapeadores como una amenaza penal relevante, no como una falta administrativa
¿Salud pública o punitivismo selectivo?
El argumento oficial es la protección de niñas, niños y adolescentes, frente a productos que generan adicción y daños pulmonares. Y aunque organismos de salud han advertido sobre los riesgos del vapeo, la estrategia elegida no es sanitaria, sino penal.
La ley no castiga el consumo personal, pero sí convierte a vendedores incluidos pequeños comercios en potenciales delincuentes con penas comparables a las de robos violentos. Esto ha levantado alertas entre especialistas que advierten un patrón conocido:
cuando se prohíbe sin regulación intermedia, florece el mercado negro.
Paradójicamente, mientras el tabaco tradicional responsable de miles de muertes anuales sigue siendo legal y regulado, el vapeo es tratado como un delito que amerita cárcel.
El mensaje detrás de la pena
En la práctica, la reforma manda un mensaje contundente:
vender vapeadores es un delito que puede quitarte casi una década de libertad, aun cuando no implique violencia directa ni daño inmediato comprobable a una persona específica.
Para un país con cárceles saturadas y una crisis de justicia sin resolver, la pregunta persiste:
¿castigar con prisión realmente protege la salud pública o solo amplía el catálogo de delitos sin atender las causas de fondo?
Una prohibición que abre más debates que respuestas
La entrada en vigor de esta ley no solo marca el fin legal del comercio de vapeadores en México. También abre una discusión incómoda sobre qué conductas el Estado decide castigar con cárcel, a quiénes impactan realmente estas penas y por qué algunos daños sociales se regulan mientras otros se criminalizan.
Porque cuando vender un vapeador puede costarte más años de cárcel que ciertas agresiones físicas, el debate ya no es solo de salud:
es de justicia, proporcionalidad y prioridades del sistema penal.




