- ¿Fueron los chichimecas la primera civilización en habitar el territorio que hoy conocemos como Aguascalientes? Todo indica que no. La historia prehispánica de la entidad aún está lejos de estar completamente reconstruida y sigue planteando más preguntas que certezas.
A mediados del siglo pasado, una publicación en el periódico informaba a los aguascalentenses sobre uno de los hallazgos arqueológicos que, hasta el día de hoy, siguen siendo objeto de misterio: “Interesante la zona arqueológica” mencionaba El Heraldo el 8 de julio de 1955. “Jesús Torres, maestro rural, organizó una excursión hacia aquellos lugares”.
Se trataba de el Ocote, territorio ubicado al oeste del municipio de Aguascalientes, en el Cerro de los Tecuanes, que resguardaba entre su maleza una serie de pictogramas que mostraban rastros de los primeros asentamientos humanos en el estado. Pero eso era solo la punta del iceberg: o en este caso, lo que escondía sólo la punta del cerro.
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Este lugar también resguarda los restos de decenas de mujeres y niños: al menos 46 entierros se han identificado en la zona. ¿Quiénes son y hace cuánto están ahí? Aún no se sabe con exactitud. Se estima que la población que habitó la zona se hizo presente en el Epiclásico (600 a 900 d.C.). Sin embargo, a más de 7 décadas de los primeros hallazgos, las pruebas no son contundentes.
Harvard busca el origen: la lupa genética
“Para identificar, digamos, el grupo étnico al que pudo pertenecer la población que aquí se asentó, se requieren estudios genéticos”, explica la arqueóloga Ana María Pelz Marín, quien está a cargo de las investigaciones encabezadas por el INAH en el sitio desde hace dos décadas.
El principal obstáculo vigente para resolver el enigma es que los métodos arqueológicos tradicionales no han resultado lo suficientemente precisos: por su ubicación en el suroeste del estado, El Ocote parece estar más vinculado culturalmente a asentamientos de Zacatecas y de la zona de los Altos de Jalisco, lo que abriría la posibilidad de que sus antiguos habitantes hayan sido cascanes o guamares, grupos asociados al norte mesoamericano. Pero esto es solo una hipótesis.
Al día de hoy, el asentamiento está fechado entre los años 550 y 1050 de nuestra era, un periodo anterior a la presencia documentada de los grupos chichimecas en la entidad, lo que refuerza la idea de que se trata de una población distinta, posiblemente desaparecida o absorbida por otros pueblos con el paso del tiempo. Para avanzar más allá de la especulación, la investigación ha dado un giro hacia la ciencia genética.
Actualmente, El Ocote forma parte de un proyecto internacional en el que participa la Universidad de Harvard, en colaboración con arqueólogos mexicanos, para analizar restos óseos humanos mediante técnicas genéticas altamente especializadas. El objetivo es comparar los perfiles obtenidos con poblaciones antiguas ya estudiadas en distintas regiones de Mesoamérica y el suroeste de Estados Unidos, y así establecer posibles parentescos e incluso rutas de migración.
“Este tipo de estudios nos va a permitir relacionarnos con todos nuestros vecinos y saber desde dónde venimos”, subraya Ana, añadiendo que incluso la UNAM también planea realizar sus propios estudios con muestras de la zona.
Y es que estos análisis podrían no solo definir con mayor precisión a los antiguos habitantes de El Ocote, sino también ofrecer una lectura más amplia sobre los movimientos poblacionales en el centro-norte del país. Hablamos de un archivo vivo sobre nuestro pasado.
Híbridos humanos y animales: las particularidades de las pinturas rupestres
Las pinturas rupestres de El Ocote no solo son las más conocidas de Aguascalientes, sino que también se han convertido en una de las mayores incógnitas sobre el pasado del estado. A simple vista, los trazos parecen pequeños y silenciosos, pero cada uno de ellos guarda capas de tiempo, significado y complejidad.
De acuerdo con el arqueólogo e investigador Mario Palacios, este sitio presenta características únicas, a comparación de otros conjuntos de arte rupestre en la región.
“Nos hemos encontrado con muchas sorpresas”, explica. Una de ellas es la existencia de al menos dos etapas pictóricas, una más antigua que la otra, aunque todavía no se ha podido determinar con precisión cuántos años las separan.
Las imágenes se agrupan en tres grandes categorías: figuras geométricas abstractas, representaciones de animales (probablemente cuadrúpedos) y figuras humanas. Sin embargo, lo que vuelve excepcional a El Ocote es la presencia de motivos híbridos, donde parecen mezclarse rasgos humanos y animales, una característica poco común en el centro del país.
“Es decir, posiblemente una figura animal mezclada con una figura humana. Es algo muy particular de este sitio”, señala Mario, aunque aclara que este tipo de representaciones también se han documentado en regiones más al norte, como los Altos de Jalisco, el sur de Zacatecas e incluso zonas de Durango y Chihuahua, lo que sugiere conexiones culturales más amplias de lo que se pensaba.
Entre todos los pictogramas, hay uno que destaca por encima del resto y que, hasta ahora, no ha sido identificado en ningún otro sitio arqueológico documentado: una figura humana con la cabeza aparentemente triangular. “No quiere decir que sea único, pero hasta este momento, con toda la revisión bibliográfica, no se ha encontrado un motivo similar”, explica el investigador. Su tamaño y forma lo convierten en uno de los elementos más enigmáticos del conjunto.
Las pinturas fueron elaboradas principalmente con minerales, en especial hematita, aunque originalmente también pudieron incluir componentes orgánicos que no han terminado de identificarse. El paso del tiempo, la exposición constante a la intemperie y el impacto humano han deteriorado los materiales, lo que dificulta un fechamiento preciso.
Sin embargo, los factores ambientales y humanos no son los únicos que afectan la evidencia del pasado que se resguarda en El Ocote: los proyectos avanzan lento, el personal es poco y el presupuesto aún menos. Para 2026, el INAH sufrió un recorte en su presupuesto de más de 1.2 mil millones de pesos.
Entre huesos y pigmentos, este cerro guarda una historia que aún no termina de contarse.




