En el contexto de las fiestas patronales de la Hermana República de Villa Hidalgo -¡tan cerca de Aguascalientes; tan lejos de Guadalajara!-, se llevó a cabo la presentación del libro “Santísima Trinidad de Sotos. Evolución y primado de esta parroquia”, debido a la diligente pluma del cronista vitalicio de aquella demarcación, que es el entusiasta señor Arturo Luévano Y Vázquez.
Dicho libro versa sobre el devenir de esta parroquia, fundada por decreto del obispo de la Perla Tapatía, el famoso Juan Ruiz de Cabañas, en una fecha tan antigua como febrero de 1814. Originalmente bajo el cobijo de la diócesis de Guadalajara, la parroquia pasó a la jurisdicción de la de Aguascalientes, luego de que esta se creó, casi un siglo después, en agosto de 1899.
A la hora de intervenir, Arturo señaló que ya todo estaba dicho en el libro. En cambio mostró el árbol genealógico de la gente de Villa Hidalgo, y apuntó que quienes viven en esa ciudad tienen mucho de qué sentirse orgullosos, como por ejemplo el haber sido la cuna de los ancestros por parte paterna del poeta jerezano Ramón López Velarde.
En la imagen aparece el autor, tan feliz como puede estarlo quien logra coronar una investigación histórica con la publicación del libro correspondiente, una tarea casi apostólica; titánica. Lo acompañan, al centro el párroco de Villa Hidalgo, presbítero José de Jesús Flores de Loera y a la derecha el presentador de la obra, el doctor Gustavo Serna Medina.
El párroco promovió la investigación y publicación del volumen, misma labor que realizó cuando ocupó idéntico cargo en San Francisco de los Romo. En aquel caso el autor del trabajo fue el muy querido cronista emérito de San Francisco, profesor Juan Antonio Reyes Castañeda.
En verdad os digo que da gusto encontrarse con dirigentes comunitarios como el padre Flores de Loera, cuya labor no se circunscribe al servicio del altar y la impartición de los sacramentos, y que se interesan en temas relacionados, como la historia, el arte, la arquitectura.
En cuanto al doctor Serna, aparte de las obligadas referencias al contenido del volumen, compartió una serie de aleccionadoras reflexiones a propósito de lo que es un libro, un portal mágico a otros mundos, que ayuda a comprender el propio mundo, un hacha que rompe el hielo del interior. Entonces, cuando uno lee, algo sucede y cambia en nuestro interior. Un libro también es el eco de un alma que habla, de tal manera que dentro de decenios, siglos, este eco seguirá escuchándose.
Termino; ya concluyo con mi exposición. El muy sobado lugar común afirma que quien no conoce la historia está condenado a repetirla. Yo dudo que esto sea cierto, pero de lo que sí estoy convencido es que el conocimiento de la historia es un alimento de la identidad, un soplo que aviva el fuego cariñoso por algo. Por ello, y dicho sin asomo de duda, quienes allá en Villa Hidalgo lean este volumen tendrán un nuevo punto de referencia en su aprecio por aquella ciudad.
Por cierto que hay un montón de historias que a mí me encantaría repetir, pero como en segundas ediciones: corregidas y aumentadas. Pero aquí deberé enfrentarme a la sentencia ineludible de don Heráclito, aquel filósofo presocrático de Éfeso, que afirmó que todo fluye en la vida y nadie atraviesa el mismo río dos veces, ni es el mismo de un día para otro; ni pepsi. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).




