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jueves, enero 29, 2026

Ecovirtudes | Ambientalistas por: Victor Hugo Salazar Ortiz y Paulina Araceli Romo Rodríguez

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Ambientalistas 

Ecovirtudes

Si Aristóteles renaciera podría explicarnos con suficiente claridad qué son las virtudes y porqué es importante llevarlas a la práctica, particularmente en los temas del cuidado y protección de la naturaleza, pero como eso no es posible, haremos el intento de explicar lo mejor que podamos cuáles serían algunas de sus enseñanzas y aplicaciones.

Aristóteles dividió en dos tipos o clases las virtudes, unas son de carácter ético y otras dianoético. Las primeras están dirigidas hacia la conducta moral práctica y las segundas son el antecedente de estas por su calidad intelectual, o sea, pensar antes de actuar. Un acto virtuoso tiene como objetivo lograr la felicidad y esta solo se consigue cuando el resultado de la acción se ubica en el justo medio entre el bien y el mal o en términos aristotélicos entre la virtud y el vicio. La dificultad para conseguirlo radica en tener que la persona debe tener claro qué es lo que hará feliz. En la Grecia clásica se pensaba que la felicidad se alcanzaba a través de la obtención de riqueza, poder y fama lo cual está catalogado como un “felicidad hedonista” ya que se enfoca solo en la búsqueda de un placer terrenal. No puede negarse que ese conjunto de elementos era, y sigue siendo hasta la fecha, alcanzado por muy pocos, de lo que podría deducirse que un gran porcentaje de las personas se está predestinado a vivir en la frustración durante toda la vida; pero eso  no es así, la felicidad solo es un estado de ánimo que se puede conseguir a través de las acciones que se realizan, que está en armonía con el entorno, con los otros hombres, con el universo e incluso con lo divino y que llegan a convertirse en hábitos. La tradición enseña que Aristóteles señaló a once virtudes como las principales que deben ponerse en práctica empleando el criterio del justo medio y son las siguientes:   

  1. Valentía: El punto de equilibrio entre la cobardía y la temeridad.
  2. Templanza: El punto medio entre el exceso y la insensibilidad.
  3. Caridad: El justo equilibrio entre la tacañería y el exceso de generosidad irresponsable.
  4. Magnificencia: Es el medio entre el recato y la vulgaridad. 
  5. Magnanimidad: Esta es la virtud que regula el orgullo y está en el medio entre la falsa modestia y el delirio de grandeza. 
  6. Paciencia: Controla el temperamento y permite que una persona no sea víctima de excesos emocionales. 
  7. Honestidad: Es el justo medio que yace entre el vicio de la mentira y el vicio de no tener tacto para saber cuándo es mejor no hablar.
  8. Ingenio: Es el punto medio entre la creatividad y el sometimiento.
  9. Amistad: Es el punto medio entre la admiración a alguien y el encantamiento ciego.
  10. Sabiduría (Sophia): En oposición a la ignorancia es el conocimiento de las verdades más elevadas y universales
  11. Justicia: Es el medio entre el egoísmo y la avaricia, de manera que se dé, en su caso, lo que corresponde a cada una de las partes.

Recientemente algunos eticistas ambientales han retomado estas ideas aristotélicas proponiéndolas bajo el pseudónimo de ecovirtudes, mismas que pueden ser muy prácticas cuando se delibera acerca de las conductas ambientales, partiendo del reconocimiento de que el mundo natural y la totalidad de los seres que lo habitan, más que meros objetos a nuestro servicio pueden ser vistos como sujetos con los que con-vivimos y por esa razón pueden, o deben, ser acreedores de ser tratados virtuosamente por los seres humanos; es decir, podemos actuar hacia el mundo natural con templanza, caridad, magnanimidad, honestidad, justicia y amistad, solo necesitamos acoplar cada una de estas virtudes con ecoprudencia y con un claro sentimiento de biofilia, o sea, de amor a la naturaleza. 

Este tipo de ideas las encontramos en el caso de la filósofa Louke van Wensveen en su artículo “The emergence of ecological virtue language” (2005),  quien señala que en la década de 1970 surgió un amplio vocabulario centrado en conceptos de derechos, deberes y valores intrínsecos en la literatura ambientalista con un flujo constante de “lenguaje de la virtud”. Su idea se basa en un análisis de textos ambientalistas escritos entre 1979 y 1990, en los que ha descubierto que, de manera orgánica, varios autores utilizan términos que describen el carácter (el deber ser) más que solo las reglas (qué se debe hacer); de esta forma, establece dos categorías clave: virtudes y vicios. En la primera categoría se insertan 189 conceptos como la frugalidad, la humildad, el respeto, la gratitud, la perseverancia y la sabiduría; en la segunda se agrupan 74 términos como el antropocentrismo, la arrogancia, la codicia, el consumismo y la insensibilidad.  

A partir de este hallazgo, la autora identificó cuatro pilares en una virtud ecológica: la sostenibilidad promueve la salud y persistencia de los ecosistemas; el florecimiento permite que tanto los seres humanos como los no humanos alcancen su potencial biótico; la justicia ecológica considera la distribución equitativa de beneficios y cargas ambientales; y el aprecio por el valor intrínseco implica reconocer que la naturaleza tiene valor por sí misma, no solo por su utilidad para el hombre. 

Para la autora, el lenguaje de la virtud ecológica posee un discurso integral porque otorga, por un lado, unidad y lógica internos, y por el otro, coherencia para relacionarse con el entorno. En otras palabras, el lenguaje debe integrar la vida privada con la pública, por ejemplo: una persona íntegra refleja sus valores ambientales en todas las dimensiones de su carácter, evitando la fragmentación moral. Entiéndase como una analogía de una biorregión que tiene integridad y carácter único, se vincula con otras biorregiones y participa en ciclos más extensos de la biósfera. Por consiguiente, si un sujeto posee frugalidad como una “virtud ecológica”, debe evitar acciones que demuestren vicios como la soberbia ante la ciencia.

Siguiendo con las características del lenguaje de la virtud, Van Wensveen señala que la dialéctica se enfoca en cómo el carácter del individuo afecta sus relaciones con el ecosistema. Cabe precisar que en esta relación interviene un proceso de “ida y vuelta” entre el activismo, los vicios del pasado y las virtudes del presente, y la relación del individuo con la comunidad. En este análisis, la virtud se presenta como el equilibrio o punto medio, pero con un matiz ecológico: las virtudes deben interactuar entre sí para no convertirse en vicios. Por ejemplo, el coraje para defender un bosque debe estar equilibrado por la prudencia; la humildad ante la naturaleza no debe convertirse en pasividad ante la injusticia. En suma, la dialéctica busca el equilibrio para que una virtud no se transforme en vicio.

Este proceso dialéctico requiere, a su vez, de un sistema que involucre virtudes que se adapten y evolucionen según el contexto ecológico. El dinamismo permite la generación de nuevos términos y la redefinición de los antiguos para mantener su relevancia. De esta manera, se asegura que la ética no se vuelva obsoleta frente a desafíos nuevos como la geoingeniería o la inteligencia artificial aplicada al clima.

Por último, la visión es el telos del lenguaje de la virtud: la capacidad para imaginar un futuro sustentable. Van Wensveen explica que todo lenguaje de virtud necesita un fin último, por lo tanto, la visión es lo que le da propósito al esfuerzo moral. Describe cómo somos, proyecta un panorama de cómo podríamos vivir en una sociedad sostenible y propone un ideal de prosperidad. No sólo se trata de sobrevivir o evitar la contaminación, sino de ser conscientes de nuestras acciones.

Finalmente, Van Wensveen propone que la Ética de la Virtud (inspirada en Aristóteles, pero renovada) es el marco ideal para dar coherencia filosófica a las intuiciones de los activistas y pensadores ambientales. Asimismo, enfatiza que se debe prestar atención al “lenguaje sucio” porque es ahí donde la ética ambiental está viva; en lugar de intentar “limpiarlo” o sistematizarlo demasiado, la ética de la virtud debe aprender de la riqueza y el realismo del movimiento ambiental.

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