Por Tania González
Una joven graba su pantalla mientras ve las noticias: en ellas aparecen imágenes de supuestas víctimas asesinadas en medio de la escalada entre Israel e Irán. De pronto, se reconoce. No como testigo, no como fuente, sino como cadáver. “Hola, hola… estoy aquí”, dice con incredulidad frente a la cámara. Está viva. Y aun así, su rostro circula como prueba de una muerte que nunca ocurrió.
El video se volvió viral en cuestión de horas. No solo por el impacto de verse muerto en televisión, sino porque condensa una sensación cada vez más común: la imposibilidad de saber qué es real cuando se habla de guerra. En especial, cuando se trata del conflicto en Medio Oriente, uno de los más politizados, manipulados y emocionalmente cargados del escenario internacional.
En las últimas semanas, tras los ataques de Israel a objetivos iraníes y la posterior respuesta de Irán, las redes sociales se inundaron de imágenes, videos y gráficos que afirmaban mostrar ataques, víctimas y daños en tiempo real. Sin embargo, una parte significativa de ese material resultó ser falso, reutilizado o directamente fabricado. De acuerdo con un análisis del Institute for Strategic Dialogue (ISD Global), en las primeras horas de la escalada se identificaron decenas de contenidos engañosos que acumularon más de 30 millones de visualizaciones en X. Muchos de ellos usaban imágenes de conflictos pasados o contenido generado con inteligencia artificial presentado como evidencia actual.
Este fenómeno no es nuevo, pero sí cada vez más sofisticado. Organizaciones de verificación como AFP Fact Check han documentado cómo fotografías antiguas, escenas de otros países o vídeos manipulados vuelven a circular cada vez que el conflicto se intensifica, atribuidos falsamente a ataques recientes. En varios casos, incluso medios digitales sin procesos estrictos de verificación contribuyen a amplificar ese material antes de que pueda ser desmentido.
Lo que resulta inquietante del video viral de la joven es que no muestra un error técnico aislado, sino una consecuencia directa de ese ecosistema: cuando la imagen se impone sobre la verificación, cualquier rostro puede convertirse en víctima simbólica de una narrativa que necesita pruebas visuales, aunque sean falsas.
Desde hace años, el conflicto entre Israel y Palestina —y ahora su extensión con Irán— no solo se libra en el terreno militar, sino también en el mediático. La batalla por la opinión pública global es feroz, y la desinformación se ha convertido en una herramienta recurrente. Medios como Reuters han advertido que la falta de regulación clara sobre contenido generado con inteligencia artificial ha facilitado la circulación de imágenes falsas que refuerzan discursos políticos específicos y profundizan la polarización.
La opinión pública en redes sociales reacciona de manera ambigua. Mientras algunos usuarios denuncian la manipulación y exigen pruebas, otros comparten el contenido sin cuestionarlo, especialmente cuando confirma una postura previa. Analistas citados por The Guardian señalan que, en contextos de guerra, la desinformación no solo confunde, sino que radicaliza: convierte el dolor en propaganda y reduce la complejidad del conflicto a imágenes impactantes diseñadas para provocar indignación inmediata.
Casos como el de esta joven ponen sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿quién responde cuando una imagen falsa causa daño real? Porque aunque ella esté viva, su rostro fue utilizado para narrar una muerte inexistente en un contexto altamente sensible. No se trata solo de un error; es una forma de violencia simbólica que borra identidades reales para sostener relatos políticos.
Medios públicos como RTVE han alertado sobre el uso creciente de inteligencia artificial para fabricar escenas de guerra convincentes, con detalles visuales suficientes para engañar a una audiencia no especializada. La consecuencia es un desgaste profundo de la confianza: si todo puede ser falso, nada parece verificable.
En este contexto, dudar se vuelve una forma de resistencia. No para negar la violencia real que ocurre en la región, sino para exigir que sea narrada con responsabilidad. La guerra existe, las víctimas existen, pero cuando las imágenes se fabrican o se reciclan sin contexto, la verdad queda atrapada entre el impacto visual y la urgencia por ganar el relato.
La joven del video no buscaba convertirse en símbolo de nada. Sin embargo, su rostro
—vivo— terminó siendo prueba involuntaria de algo más grande: que en la era de la desinformación, incluso estar vivo no garantiza no ser usado como evidencia de una muerte que nunca ocurrió.




