Ambientalistas
Entre tandeos se asoma la desigualdad social
En Aguascalientes, el agua dejó de ser un servicio invisible para convertirse en una preocupación diaria. Para miles de familias, la rutina ya no empieza con el despertador, sino con una pregunta tan simple como angustiante: ¿habrá agua hoy? Levantarse de madrugada para llenar cubetas, calcular si el tinaco alcanzará, reorganizar horarios para bañarse, lavar ropa o cocinar cuando “cae agua”, se ha vuelto parte de la vida cotidiana. Esta situación se ha normalizado bajo un término técnico que suena casi neutro, pero que tiene efectos profundos: tandeos.
Desde el discurso oficial, los tandeos suelen justificarse como una consecuencia inevitable de la sequía o del cambio climático. El mensaje que se repite es que el agua no alcanza y que hay que aprender a vivir con menos. Sin embargo, esta explicación oculta un problema mucho más complejo y estructural, porque en Aguascalientes la cuestión no es únicamente la falta de agua, sino la forma en que se ha gestionado, distribuido y permitido su acaparamiento durante décadas.
Los tandeos son cortes programados del suministro de agua potable que, en teoría, deberían ser temporales y excepcionales, pero en la práctica, para muchas colonias se han vuelto permanentes y hay hogares que pasan días sin agua. El acceso continuo a este líquido vital, que debería ser un derecho básico, se convierte así en un privilegio intermitente.
Aguascalientes depende casi por completo de un solo acuífero subterráneo, ya que no contamos con grandes ríos ni presas que respalden el consumo urbano. El problema es que este acuífero ha sido sobreexplotado durante años. Se extrae mucha más agua de la que puede recargarse de manera natural, como resultado, los niveles del agua subterránea descienden año con año, obligando a perforar pozos cada vez más profundos. Esto incrementa los costos, el consumo de energía y los riesgos a la salud humana debido a la existencia de metales pesados (plomo, mercurio, arsénico, cadmio) que prevalecen en el agua, a pesar de los procesos de purificación que se realizan, lo que deriva en daños a órganos vitales, sistema nervioso, riñones e hígado, y aumentando el riesgo de cáncer, esto debido a que se acumulan en tejidos, causando problemas cognitivos, cardiovasculares, anemia y, en niños, retraso en el desarrollo.
A esta presión se suma el crecimiento urbano acelerado sin una visión de largo plazo. La ciudad crece, se construyen más fraccionamientos, parques industriales y centros comerciales, ocasionando que se extraiga más agua de la que se debería, se expande la infraestructura hidráulica, pero sin resolver el problema principal: agua potable.
Uno de los aspectos más sensibles del problema es la desigualdad en la distribución del agua, ya que mientras miles de personas viven con tandeos, hay sectores que nunca enfrentan la escasez. Grandes concesiones de agua, muchas destinadas a usos agrícolas o industriales, permanecen intocables a pesar de que el agua es “de la nación”, y está establecido en el artículo 4° de nuestra Constitución que a la letra señala:
Toda persona tiene derecho al acceso, disposición y saneamiento de agua para consumo personal y doméstico en forma suficiente, salubre, aceptable y asequible. El Estado garantizará este derecho y la ley definirá las bases, apoyos y modalidades para el acceso y uso equitativo y sustentable de los recursos hídricos, estableciendo la participación de la Federación, las entidades federativas y los municipios, así como la participación de la ciudadanía para la consecución de dichos fines.
No obstante, en los hechos las concesiones siguen concentradas en un grupo privilegiado de personajes políticos y gremios de la industria refresquera, mientras que el costo de su escasez recae en un alto porcentaje de la población.
Por si esto no fuera suficiente, el mensaje que recibe la ciudadanía es contradictorio, se insiste en campañas de “cuidado del agua” que colocan toda la responsabilidad en el usuario doméstico: cerrar la llave del agua mientras se enjabona las manos, mientras se talla los dientes y mientras se rasura; bañarse rápido, reusar el agua de la lavadora, no desperdiciarla mientras se lavan los trastes, no lavar el coche, verificar que no haya fugas en los domicilios particulares. Estas acciones sin duda son importantes, sumadas, pueden aliviar la presión sobre el sistema y fortalecer una cultura del agua más solidaria y consciente, pero insuficientes si no se acompañan de cambios estructurales. El acuífero no se vacía porque una familia lave trastes, sino por un modelo de gestión que ha permitido extracciones masivas sin una estrategia sostenible ni equitativa.
Lo que queda en el día a día es organizarse como comunidad, compartir información sobre horarios de tandeo, apoyar a personas mayores o con dificultades para almacenar agua y reportar fugas en la vía pública son formas de participación ciudadana que fortalecen el cuidado colectivo del recurso.
Sin embargo, ninguna de estas acciones sustituye la responsabilidad de las autoridades. Las soluciones de fondo requieren inversión en infraestructura, recarga de acuíferos, reúso de agua tratada, reducción de fugas, revisión de concesiones y transparencia en la gestión del agua. El cuidado del agua en casa debe ser un complemento, no un pretexto para evadir decisiones políticas difíciles.
Los tandeos no deberían ser el destino inevitable de Aguascalientes, son el síntoma de un sistema que ha preferido administrar la escasez en lugar de transformarla, y normalizarla implica aceptar que el acceso al agua será cada vez más desigual.
Aguascalientes necesita un cambio de enfoque, menos discursos que culpan al ciudadano y más responsabilidad institucional, menos opacidad y más debate público, menos administración de la escasez y más planeación para la vida. El problema no es que no haya agua, sino cómo se decide quiénes pueden tener acceso abundante a ella y quiénes deben aprender a vivir con el mínimo posible.




