Ambientalistas
El reencantamiento del mundo: ¿la religión puede salvar a la naturaleza?
El presente artículo ofrece al lector una reseña analítica del capítulo titulado “Vices and Virtues in Religious Environmental Ethics” escrito por Charles Taliaferro, publicado en Sandler, R. y Cafaro, P. (2005) Environmental Virtue Ethics, pp. 159-172. Este texto propone recuperar argumentos de la ética ambiental para vincularlos con las tradiciones religiosas proporcionando un marco normativo profundo que otorgue al planeta un valor intrínseco sagrado. El autor sugiere que esta óptica permite superar la percepción de que la crisis ecológica es una especie de problema técnico y que, para lograr reconocerla, se requiere atenderla como un desafío de carácter y sensibilidad humana.
Frecuentemente, se asume que la crisis ambiental se soluciona, exclusivamente, con el desarrollo tecnológico y marcos legales que regulan el comportamiento humano hacia la sostenibilidad. Sin embargo, las normas son insuficientes si no ocurre una transformación interna, impulsada por una motivación más profunda que guíe nuestras acciones cotidianas. Es en este momento cuando emergen dos fuerzas opuestas denominadas “virtudes” y “vicios”, operando como una brújula que determina nuestro impacto en el planeta, aproximándonos o alejándonos del equilibrio con la vida.
Las virtudes representan aquello que nos reconecta con la naturaleza, permiten transitar de la explotación a la gratitud para reconocer que la Tierra es un regalo, asimismo, abre las puertas a una actitud compasiva en la que se entiende que, si la naturaleza sufre, nosotros también. En contraparte, los vicios exponen la soberbia que nos conduce a adoptar el control y dominio sobre la diversidad natural para explotarla como un repositorio de bienes, pasando por alto su capacidad sintiente.
Más allá de las normas que pretenden incentivar prácticas ecológicas, es preciso reconocer que nuestra relación con la naturaleza depende de la óptica con la que observamos el mundo. Para algunas personas, la lente es la fe en Dios, para otras se trata de la búsqueda del equilibrio interno. Cualquiera que sea la perspectiva adoptada, ambas coinciden en que nuestra actitud hacia la Tierra se manifiesta en acciones que pueden catalogarse como virtudes que cuidan o, por el contrario, vicios que destruyen.
En este orden de ideas, las aportaciones de Charles Taliaferro son, potencialmente, útiles para entender cómo las tradiciones religiosas presentan un marco único para vincular las virtudes y los vicios en nuestra relación con el mundo natural. A diferencia de la ética ambiental secular, la perspectiva religiosa añade profundidad normativa y una visión que otorga al cosmos un valor intrínseco sagrado.
El teísmo es entendido como la creencia que afirma la existencia de un ser divino el cual es responsable de la creación del universo y su mantenimiento, especialmente en el judaísmo, el cristianismo y el islam. Desde esta perspectiva, la naturaleza no debe percibirse como un conjunto de recursos, sino como una creación, el sentido está en reconocer que el mundo tiene un valor que no le hemos dado nosotros, sino que proviene de una fuente divina. Para el autor, las personas se apegan a tradiciones religiosas que la ética ambiental comparte, ya que no solo se trata de seguir reglas (ej. no contaminar), sino de convertirse en un tipo de persona que ama y respeta la creación de forma natural.
Taliaferro destaca tres virtudes y vicios que se derivan de una cosmovisión religiosa y emergen de los principios de una ética ambiental teísta. La gratitud consta en percibir a la naturaleza como un regalo, misma que frena el impulso de explotar y fomenta la preservación; la humildad permite reconocer los límites de nuestras acciones en el orden divino, oponiéndose, directamente, al vicio de la soberbia que nos hace creer que somos dueños absolutos del planeta; el amor desinteresado por la creación busca el bienestar del “otro” (ya sean animales, plantas o ecosistemas) por lo que son en sí mismos.
En contraparte, los vicios son destructivos, y desde una óptica religiosa, exponen los “pecados” del antropocentrismo porque estos ocurren cuando tratamos al mundo como un objeto: la codicia es el deseo insaciable de consumo que ignora los límites de la creación, la apatía conduce a la indiferencia espiritual hacia la destrucción del mundo natural y la idolatría ubica al progreso tecnológico en un nivel similar a una deidad, sacrificando la naturaleza.
El marco de las virtudes y vicios de Taliaferro no se limita al teísmo, sino que propone un diálogo que trasciende la visión de una revelación divina. La superación de los vicios antropocéntricos puede articularse con paradigmas alternativos que prescinden de una deidad para lograr una reconfiguración del ser basada en la alteridad. Así, el análisis del autor se dirige hacia el budismo concibiéndolo como un paradigma que puede ofrecer un referente fundamental para el reencantamiento del mundo natural.
Taliaferro aborda el budismo para demostrar que la práctica de virtudes ecológicas no es exclusiva de una sola religión. El budismo es una religión que no sigue a un dios, sino que se centra en la búsqueda de la paz, armonía, tranquilidad y equilibrio; de esta manera, se practica un estado del ser que desplaza la cosmovisión del teísmo. En este análisis destacan virtudes que emergen de la perspectiva budista, mismas que pueden ser compatibles con la ética ambiental secular y, al mismo tiempo, ofrecer una contribución alternativa.
En este abordaje, el autor señala la interdependencia de todos los fenómenos, ya que, desde la óptica budista, el individuo no está separado del entorno. Se vincula la renuncia al deseo y el apego con la virtud ambiental de la templanza o moderación, enfatizando que una de las enseñanzas del budismo es que la naturaleza existe en un estado de transformación e interconexión, por lo tanto, el ser humano debe vivir en función de la conciencia plena (mindfulness) y la compasión. Se reducen los vicios de la avaricia y el consumo excesivo que degradan al planeta y se fomentan virtudes como la humildad y la responsabilidad para adoptar prácticas que permitan al ser humano vivir de manera sostenible y espiritual, ya que el daño al medio ambiente representa la destrucción de uno mismo y de la vida.
Más allá de una regla, dichas virtudes ecológicas determinan una disposición del carácter que prohíbe dañar a los seres sintientes, aspecto fundamental para una ética de la virtud ambiental que aprecia la vida en todas sus formas. Promueven una virtud de cuidado en la que existe una forma de compasión que entiende que todos los seres vivos sufren y buscan evitar el sufrimiento, representando una oposición al antropocentrismo que se encuentra en las tradiciones occidentales.
En suma, el objetivo es reencantar el mundo, dicho en otras palabras, recuperar la visión de que la naturaleza tiene un valor intrínseco que va más allá de su utilidad en beneficio del ser humano. Se requiere trascender el manejo técnico de la crisis ambiental para situarnos en el terreno de la ética de la virtud, ya sea a través del teísmo que percibe la naturaleza como una creación que demanda gratitud y amor, o del budismo, que enfatiza la interdependencia y empatía hacia todo ser sintiente.
Todo lo anterior, es esencial para que las virtudes ambientales tengan un fundamento sólido. El reencantamiento es una especie de “antídoto” frente al desencanto secular y utilitarista que reduce al planeta a un simple recurso. La virtud no es solo hacer lo correcto, sino lograr transformar nuestra sensibilidad y proteger el entorno no por obligación sino como un acto de coherencia entre nuestros valores y conductas. Una persona “reencantada” es más propensa a cultivar virtudes como la humildad porque reconoce su pertenencia en una comunidad con un valor profundo. De esta manera, se logra el telos u objetivo de la ética de la virtud en el que se visualiza un futuro sustentable y se actúa en consecuencia, reconociendo el valor intrínseco de la naturaleza.




