En los últimos días la palabra “therian” se ha colado en conversaciones digitales, tendencias de TikTok y X, e incluso en programas de televisión. El término, que hasta hace poco circulaba principalmente en foros específicos de internet, hoy es objeto de memes, burlas y debates acalorados. Pero detrás de la viralidad hay algo más profundo: una subcultura que está siendo reducida a caricatura antes siquiera de ser comprendida.
¿Quiénes son los therian? De acuerdo con comunidades especializadas y definiciones recogidas por el Therian Wiki, el therianthropy (o therianismo) es una identidad en la que una persona se identifica —en un plano psicológico o espiritual— como un animal no humano. Es importante subrayar que no se trata de una creencia literal de haber “nacido en el cuerpo equivocado” de manera biológica, ni necesariamente de un trastorno, sino de una forma de identidad subjetiva. Muchos therians aclaran que su identificación no implica que crean ser físicamente animales, sino que experimentan una conexión interna con una especie específica.
Sin embargo, esa explicación rara vez aparece en los videos virales que circulan actualmente. Lo que sí aparece son escenas actuadas o exageradas: un conductor de Uber que supuestamente se niega a transportar a una joven que se identifica como galgo español porque “no acepta animales en su auto”; un chico con máscara de perro caminando en cuatro patas que orina la pared de un local y es expulsado a cubetazos de agua; memes que hablan de “cazar therians” como si se tratara de una plaga urbana. El tono general no es informativo, sino burlesco. Y la línea entre la sátira y la incitación al odio comienza a difuminarse.
Las redes sociales operan bajo la lógica de la exageración. Lo absurdo vende, lo polémico genera interacción, y el algoritmo premia aquello que provoca reacción inmediata. En ese entorno, los therian se han convertido en el blanco perfecto: una identidad poco conocida, fácil de ridiculizar y visualmente llamativa por el uso de máscaras, orejas, colas o la práctica del llamado “quadrobics” —movimientos físicos que imitan desplazamientos animales y que muchos practican como forma de juego o ejercicio. Lo que para algunos es una expresión identitaria o una actividad lúdica, para otros se convierte en material de escarnio público.
La historia no es nueva. México ya vivió un fenómeno similar a finales de la década de 2000 con la subcultura emo. En 2008, por ejemplo, se registraron agresiones contra jóvenes identificados como emos en distintas ciudades del país, incluyendo enfrentamientos en la Glorieta de Insurgentes en la Ciudad de México. Aquella ola de estigmatización estuvo alimentada por estereotipos simplistas: que todos los emos tenían depresión, que se autolesionaban, que “promovían” el suicidio. Lo que comenzó como burla terminó escalando en violencia física y persecución social.
El patrón parece repetirse. Primero llega la desinformación, luego la caricaturización, después la normalización de la burla y, en algunos casos, el llamado abierto a la agresión. Cuando los memes hablan de “cazar” a un grupo de personas, aunque sea en tono de broma, el mensaje implícito es que ese grupo es menos humano, menos digno, menos merecedor de respeto.
En México, donde el uso de redes sociales supera los 90 millones de usuarios según datos de la Asociación de Internet MX, la viralidad no es un asunto menor. Lo que se convierte en tendencia puede moldear percepciones colectivas en cuestión de horas. Y cuando la narrativa dominante sobre una subcultura se construye a partir de sketches actuados y escenas ridiculizantes, el resultado es una opinión pública basada en ficción.
También hay que decirlo: no todas las personas que se identifican como therian realizan conductas performativas en espacios públicos. Muchas viven su identidad de forma privada o dentro de comunidades digitales. Reducir el fenómeno a los videos más llamativos no solo es inexacto, sino injusto. Como ocurre con cualquier grupo diverso, generalizar a partir de casos aislados distorsiona la realidad.
El debate, además, se entrelaza con discusiones más amplias sobre identidad en la era digital. En un contexto donde cada vez más personas exploran y nombran experiencias subjetivas —ya sea en términos de género, neurodivergencia, espiritualidad o pertenencia cultural— surgen tensiones entre la libertad individual y la incomodidad social frente a lo diferente. No todo el mundo entiende o comparte estas identidades, pero la incomprensión no debería traducirse automáticamente en hostilidad.
La psicología social ha estudiado durante décadas cómo funcionan los procesos de estigmatización. Cuando un grupo es percibido como extraño o ajeno a la norma, se activan mecanismos de burla colectiva que refuerzan la identidad mayoritaria. Reírse del otro cohesiona al grupo dominante. Pero esa risa tiene consecuencias: deshumaniza.
En el caso de los therian, la conversación pública en México aún es incipiente. No existen cifras oficiales sobre cuántas personas se identifican de esta manera en el país, ni estudios amplios que analicen el fenómeno desde una perspectiva académica local. Lo que sí existe es un entorno digital que amplifica narrativas simplistas. Y cuando la única información disponible proviene de memes y sketches, el prejuicio encuentra terreno fértil.
Vale la pena preguntarse qué estamos haciendo como sociedad cuando respondemos a lo desconocido con burla automática. La crítica es válida, el debate también. Pero hay una diferencia clara entre cuestionar y humillar. Entre intentar entender y buscar likes a costa de la dignidad ajena.
La experiencia de los emos en 2008 dejó lecciones importantes sobre cómo la estigmatización mediática puede escalar. Hoy, casi dos décadas después, muchos recuerdan ese episodio como un exceso colectivo, un momento en que la intolerancia se disfrazó de moda pasajera. Con los therian estamos a tiempo de no repetir el mismo guion.
Porque más allá de si alguien comprende o no la identidad therian, lo que está en juego no es la validación de una subcultura específica, sino la capacidad de convivir con lo diferente sin convertirlo en blanco de odio. En una era donde la viralidad dicta la agenda pública, la responsabilidad también es colectiva.
Tal vez el verdadero problema no sea que existan personas que se identifiquen con animales, sino que como sociedad sigamos reaccionando con la misma fórmula de siempre: desinformación, caricatura y ataque. Y esa, más que cualquier máscara o cola, es una conducta que sí debería preocuparnos.




