Ambientalistas
Cuando el humo no debe apagar la conciencia ambiental
El domingo 22 de febrero la conversación pública cambió de tono. Las imágenes de bloqueos carreteros, vehículos incendiados y la suspensión de corridas en la central camionera encendieron la alarma. La violencia registrada tras el operativo contra Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), desató el caos y sembró incertidumbre. El humo que subió a la atmósfera no fue solo el de los autos quemados; fue también el humo simbólico del miedo.
En momentos así, el desánimo es comprensible. Cuando la seguridad se tambalea, otras preocupaciones parecen perder relevancia, entre ellas, el cuidado del medio ambiente. Surge entonces la pregunta: “¿Para qué cuidar el ambiente si está pasando todo esto?”. Pero esa idea encierra un riesgo mayor, puesto que si renunciamos a proteger nuestro entorno en tiempos difíciles, debilitamos uno de los pilares que sostiene la Vida, no solo de las personas, sino de todo aquello de lo que está compuesto el mundo natural.
Lo ocurrido el domingo no solo tuvo implicaciones en materia de seguridad. La quema de vehículos libera partículas finas, gases tóxicos y residuos que afectan la calidad del aire y del suelo. Estos contaminantes se suman a una carga ambiental que ya es considerable. Aguascalientes enfrenta estrés hídrico creciente, crecimiento urbano acelerado y presión industrial. Cada episodio de contaminación agrava un escenario que especialistas advierten desde hace años. Sin embargo, el mayor riesgo no es físico, sino cultural. El peligro está en que la crisis erosione nuestra brújula ética y nos haga pensar que la sostenibilidad es un lujo de tiempos estables. No lo es. El deterioro ambiental no se detiene porque la agenda pública esté dominada por la inseguridad. La sequía continúa, los acuíferos siguen sobreexplotados y la demanda de agua aumenta, independientemente de los titulares del día.
En los últimos años, Aguascalientes ha experimentado tandeos, disminución en los niveles de los mantos acuíferos y crecientes tensiones por el acceso al agua. Este contexto exige mayor responsabilidad colectiva. Si, en medio del miedo, relajamos hábitos de ahorro, dejamos de exigir políticas públicas ambientales o abandonamos iniciativas comunitarias, la crisis hídrica avanzará en silencio. Y cuando queramos reaccionar, el margen de maniobra será menor.
Es evidente que la seguridad pública es prioritaria. La protección de las personas es una exigencia básica, pero el medio ambiente natural no puede quedarse fuera de la ecuación. El aire limpio, el acceso al agua potable y la existencia de áreas verdes forman parte de la misma idea de vida digna que hoy sentimos amenazada. No son asuntos separados, son dimensiones complementarias de un mismo proyecto social.
La pregunta “¿para qué?” puede convertirse en una forma de renuncia. ¿Para qué separar residuos? ¿Para qué reparar una fuga? ¿Para qué participar en una jornada de rescate de árboles? La respuesta es sencilla: porque el cuidado del medio ambiente no depende de que el contexto sea perfecto, sino de la convicción de que nuestras acciones, aunque pequeñas, suman en el largo plazo.
La violencia destruye con rapidez. En minutos puede paralizar carreteras y alterar la rutina de miles de personas. El deterioro ambiental, en cambio, suele ser más lento y menos visible, pero igualmente devastador. Se instala en la normalización del desperdicio y en la idea de que nada cambia con nuestros esfuerzos individuales. Esa acumulación de pequeñas omisiones es la que termina por profundizar las crisis ambientales.
No perder la esperanza no significa ignorar la gravedad de lo ocurrido, sino decidir que la crisis no definirá todas nuestras prioridades. Cuidar los bienes naturales en medio de la inseguridad es también una forma de resistencia cívica, pacífica y URGENTE, es afirmar que hacer comunidad no se reduce a la eliminación de la violencia, sino que nos compromete como ciudadanos a cooperar responsablemente. En este sentido, el cuidado ambiental puede fortalecer el tejido social por medio de acciones que siguen siendo trascendentes, como ahorrar agua, separar la basura, reciclar y hacer un uso correcto de los espacios públicos. Estas prácticas generan vínculos y sentido de pertenencia. En tiempos de fragmentación, esas redes son fundamentales. La esperanza no nace del optimismo ingenuo, sino de la acción concreta y sostenida.
El 22 de febrero dejó imágenes difíciles en el país, pero también nos coloca ante una decisión: permitir que el miedo nos paralice o convertir la preocupación en compromiso. La inseguridad es un desafío real, pero no debe ser excusa para abandonar la responsabilidad ambiental. Cuando la tensión disminuya, seguiremos viviendo aquí. Seguiremos necesitando agua, aire limpio y comunidades fuertes. El medio ambiente no es un tema secundario frente a la seguridad; es parte del mismo horizonte de vida colectiva.
Que el humo no nuble nuestra conciencia. Que la incertidumbre no apague el compromiso. Incluso en medio de la inseguridad, cuidar el entorno sigue siendo una forma concreta y cotidiana de defender la vida y de sostener la esperanza en el futuro.




