A Lomo de Palabra
¿A voluntad o espontáneamente?
Pienso donde no soy, luego soy donde no pienso.
Lacan, Escritos II.
Se cuenta que el presidente de la Cámara de Diputados de Austria, al inaugurar una sesión de la que no esperaba nada bueno, se puso en pie y declaró con toda solemnidad: “Señores, noto la presencia de un número suficiente de diputados y, por tanto, ¡declaro clausurada la sesión!”. Se le fue la lengua. Este famoso lapsus, recogido por Freud en sus Conferencias de introducción al psicoanálisis, nos recuerda que frecuentemente cuando decimos o hacemos lo que no queríamos hacer o decir… en realidad estamos haciendo o diciendo, precisamente, lo que queremos hacer o decir.
Si haces algo por voluntad propia, ¿actúas espontáneamente?
La palabra espontáneo, etimológicamente, proviene del latín spontaneus. Por su parte, spontaneus se deriva del ablativo sponte, que formaba parte de spons, vocablo que a su vez significaba “por su propia voluntad”, “voluntariamente” o “de buen grado”. Podía leerse, por ejemplo, la expresión sua sponte, que literalmente se traduce como “por su propio impulso”. Ahora, sponte se vincula con la raíz protoindoeuropea *spend-, “hacer una ofrenda” o “realizar un rito libatorio o compromiso solemne”. Así, sponte se desplazó de la idea de “compromiso” a la de un “acto que nace de uno mismo”, sin coacción externa, y spondere (latín) pasó a “prometer solemnemente” (de spondere viene esposo).
La raíz protoindoeuropea *spend- también tuvo derivados en griego antiguo: mientras que en latín la raíz evolucionó hacia la “voluntad propia”, en griego spéndō (σπένδω) significa “derramar una libación”, es decir, una ofrendar vino u otro líquido a los dioses, y el plural, spondaí (σπονδαί), era un pacto de paz o de tregua, compromiso que se sellaba con vino.
Desde su origen etimológico, pues, queda claro que espontáneo es sinónimo de voluntario, ¡y también antónimo! Esta paradoja es el corazón del dilema. La antinomia nace de cómo procesamos la libertad en el tiempo. Lo voluntario habita en el terreno de la deliberación; es ese sí o no al que llegamos tras sopesar bien o mal las opciones, un acto cerebral y consciente. Es una voluntad, camino con mapa y brújula. En cambio, lo espontáneo es lo que brota antes de que la razón pueda intervenir: si lo voluntario es un camino trazado con intención, lo espontáneo es el chispazo instintivo que ocurre cuando el ser actúa sin filtros.
Actualmente el propio diccionario de la RAE acredita la paradoja semántica: en su primera acepción, define espontáneo como “voluntario o de propio impulso”, mientras que su tercera acepción dice “que se produce aparentemente sin causa”, y para ella ofrece, como sinónimo, involuntario.
La palabra se remonta a los templos y foros como un compromiso solemne, algo que requería toda la seriedad y también la planificación y parafernalia del rito, para terminar describiendo lo que hoy consideramos imprevisto y natural: “que se produce sin cultivo o sin cuidados del ser humano”, segunda acepción de la palabra.
Actuar “a voluntad” es decidir y ser el dueño de nuestros pasos, mientras que actuar “espontáneamente” es dejar que los pasos se den solos.
Entonces, ¿son opuestos? Quizá sólo en apariencia. Lo espontáneo es, en realidad, la voluntad en su estado más puro: aquella que es tan nosotros mismos que no necesita ser pensada para ser ejecutada, y quizá esto suene muy lacaniano.
La antinomia semántica de espontáneo muestra la antinomia de la voluntad. Por un lado, el proceso de deliberación nos dice que somos libres porque podemos elegir no a tontas y a locas sino voluntariamente. Por otro lado, desde el criterio de la autenticidad, diríamos que somos libres cuando nuestra esencia desborda cualquier control racional, espontáneamente. Por eso mismo, quizá no haya nada más difícil para un humano que hacer espontáneamente lo que uno realmente quiere.
@gcastroibarra




