Herencia invisible: ¿están los xenobióticos y el agua detrás de la crisis renal en Aguascalientes?
La alimentación ha sido clave en la evolución humana. Con el surgimiento de la agricultura, se han formado comunidades y desarrollado formas de vida más estables. Sin embargo, desde entonces los cultivos han tenido un enemigo constante: las plagas.
Para combatirlas, se comenzaron a utilizar sustancias químicas. Griegos y romanos empleaban arsénico y azufre para proteger sus plantíos. Pero fue hasta el siglo XIX cuando empezó el uso de los xenobióticos: compuestos creados en laboratorio, ajenos a los organismos vivos y que no existen de manera natural en el ambiente.
Hoy, esas mismas sustancias podrían estar vinculadas a una de las crisis de salud más silenciosas y alarmantes: el deterioro renal que, en lugares como Aguascalientes, comienza incluso antes del nacimiento.
“La principal estrategia que usan los productores es el control químico; todos los plaguicidas vienen de las plantas, las compañías los extraen y los emplean según sus propiedades. Pero no les conviene cultivar plantas para sacar el veneno, mejor contratan bioquímicos y fabrican estos compuestos en sus propios laboratorios. Al hacerlo, producen xenobióticos, es decir, todo aquello ajeno a la vida”, refirió Ernesto González Gaona, investigador en el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales y Pecuarias (INIFAP)
Uno de los casos más emblemáticos es el de Monsanto: la compañía estadounidense desarrolló el glifosato, un herbicida que ha sido vinculado con padecimientos como el cáncer.
En Aguascalientes, el impacto de los xenobióticos en la salud pública es directo y alarmante. Katy de Santiago, responsable del área de investigación del Instituto de Atención Integral de Enfermedades Renales (IAIER), ha documentado una correlación entre la exposición gestacional a sustancias específicas y alteraciones fisiológicas en los neonatos.
Según sus hallazgos, la exposición de mujeres embarazadas al herbicida 2,4-D, al insecticida metomilo y al fluoruro está vinculada a un bajo volumen renal en sus hijos. Esta condición incrementa significativamente el riesgo de desarrollar enfermedad renal crónica (ERC) durante la juventud del paciente.
“Tenemos ya una serie de antecedentes que nos llevaron a plantearnos el proyecto en la etapa gestacional. Tenemos una alta prevalencia de enfermos renales jóvenes de entre 20 y 40 años que ya están en etapas graves de enfermedad renal. Se hizo un tamizaje en pacientes de secundaria, en el municipio de Calvillo, donde detectamos que ya traían proteínas en la orina, lo que quiere decir que probablemente vayan a llegar a una enfermedad renal… Si los de secundaria ya estaban mal, pues teníamos que estudiar un poquito más atrás y por eso nos fuimos a estudiar a las madres embarazadas. Fueron 299 pacientes a las cuales se les recolectó orina, sangre y líquido amniótico. Encontramos una asociación entre ciertos pesticidas y el fluoruro con un menor volumen renal en el nacimiento”.
En el estado se registran 2 mil 401 pacientes con enfermedad renal crónica por cada millón de habitantes, una de las tasas más altas a nivel internacional. A diferencia de lo que ocurre en la mayoría del mundo, donde la diabetes es la principal causa, en Aguascalientes el panorama es distinto: más del 45% de los casos tiene un origen catalogado como desconocido.
No obstante, el riesgo no se limita exclusivamente a los xenobióticos. El flúor, un elemento cuya concentración se ha vuelto crítica en el agua, también desempeña un papel determinante en esta problemática de salud.
“El fluoruro causa un estrés oxidativo que hace que las células se dañen, puede estar afectando al riñón también”, detalla la investigadora.
De acuerdo con la Norma Oficial Mexicana NOM-127-SSA1-2021, que regula el agua para uso y consumo humano, el límite permisible de fluoruros es de 1.50 mg/L. Sin embargo, la realidad en la entidad es alarmante: más del 60% de los pozos excede este parámetro.
A esta situación se suma una preocupante disparidad regulatoria. La Norma Oficial Mexicana NOM-201-SSA1-2015, que rige el agua y hielo para consumo humano, permite hasta 2.0 mg/L de fluoruros en aguas minerales naturales, categoría en la que se incluyen diversas bebidas carbonatadas, configurando un riesgo latente para la salud pública, especialmente cuando combinan niveles excesivos de azúcar.
“Como ya sabemos y hemos documentado que el fluoruro en el agua de Aguascalientes es elevado, nosotros como instituto recomendamos que no se tome agua de la llave, ni que se cocine con ella”.
Bajo este panorama, el escenario es preocupante. Pensemos en un posible ciclo de acumulación: agua con niveles elevados de flúor que se usa para regar cultivos donde también se aplican plaguicidas.
Tomemos como ejemplo el maíz, base de la dieta en México. Ese grano se procesa después para elaborar productos que requieren más agua, como la tortilla. Entonces surge la pregunta: ¿qué carga de sustancias nefrotóxicas puede estar presente en ese alimento básico? La preocupación crece si esa tortilla se consume además con una bebida carbonatada, que suma otra posible fuente de exposición.
Ante esta realidad, la solución no radica en dejar de consumir tortillas, maíz o agua: es imperativo demandar regulaciones estrictas y mecanismos de vigilancia que garanticen el cumplimiento de las normas vigentes.
En Aguascalientes, ya se reconoce el impacto de los xenobióticos y fluoruros en la salud. El propio secretario de salud, Rubén Galaviz Tristán, ha comparecido ante el Poder Legislativo para comenzar a planear políticas públicas que atiendan el problema.
“Tenemos un estudio prospectivo de 20 años en el que se ha estado haciendo un análisis del contenido del agua y el por qué de la enfermedad renal. Hay 3 elementos de riesgo; el alto contenido de metales pesados, los pesticidas y los herbicidas”.
Pero se puede ir más allá. Históricamente han prevalecido opciones orgánicas y ecológicamente responsables que no comprometen la salud pública. Investigadores como Ernesto González Gaona han dedicado su trayectoria a demostrar la viabilidad de estos métodos.
“Se han buscado alternativas biológicas y culturales para manejar las plagas. Hay insectos que se comen a otros insectos. Hay hongos que enferman a los insectos, se llaman hongos entomopatógenos.También hay bacterias, la más útil y natural es el bacillus thuringiensis”.
Siendo estas opciones más seguras e incluso más económicas, cabe preguntarse: ¿Por qué no predominan en el mercado? ¿Por qué los productores insisten en el uso de xenobióticos?
“¿Por qué no lo usan los productores? Porque cuando tienen un problema, van con el de la casa de agroquímicos y él les recomienda insecticidas, pegantes y humectantes. El chiste es vender”.
A este escenario se suma un fenómeno biológico alarmante: la resistencia a los plaguicidas. De forma análoga a la resistencia bacteriana frente a los antibióticos en humanos, las plagas están desarrollando inmunidad a los químicos. Esto obliga a los productores a aplicar concentraciones cada vez más potentes para obtener los mismos resultados.
Las declaraciones de especialistas y autoridades coinciden en un punto central: la enfermedad renal en Aguascalientes no puede explicarse por una sola causa, sino por la convergencia de múltiples factores que han sido normalizados durante años.
Las alternativas existen, pero no se ha logrado desplazar un modelo agrícola que ya impacta de manera exponencial la salud renal. Tampoco se ha logrado reducir la cantidad de flúor y otras sustancias en el agua.




