El peso de las razones
Las artes como prácticas de indagación
Solemos clasificar a varias actividades humanas como ‘búsquedas cognitivas’. Las ciencias, la filosofía, la historia, el periodismo son prácticas cuyos productos (teorías, doctrinas, relatos, reportajes) registran nuestros hallazgos y exploraciones sobre algún aspecto de la realidad. Esos registros no siempre son ‘logros’: no siempre constituyen conocimiento; pueden incluir falsedades, incluso pueden contradecirse. Pero dan testimonio de nuestras búsquedas cognitivas. ¿Podríamos contar algunas de nuestras prácticas artísticas entre estas actividades? John Gibson ha explorado cuál es el reto que deben enfrentar quienes responden afirmativamente a esta pregunta, al defender una forma de cognitivismo acerca de las artes. También ha clasificado varios desafíos que estas posiciones enfrentan y varias estrategias para responder a ellos.
El cognitivismo sobre las artes sostiene que (algunas de) las obras artísticas se proponen registrar, revelar o rastrear y transmitir en cierta manera verdades sobre el mundo. Con esto el cognitivismo sugiere que las artes se asemejan a las disciplinas humanísticas, que buscan educar o edificar, ser un portal que nos dé acceso a regiones profundas de la realidad. Sin embargo, esta concepción se encuentra en tensión con pensar a las artes como búsquedas estéticas, que ofrecen refugio en la fantasía y privilegian la forma por encima del contenido. De este modo, una fuente de resistencia al cognitivismo proviene de nuestra arraigada apreciación del papel de la ficción y la creatividad en las artes.
Para brindar apoyo al cognitivismo sobre las artes no basta mostrar que nosotros podemos aprender de las obras de arte. Podemos aprender de (casi) cualquier cosa, si somos lo suficientemente perseverantes e inteligentes. Pero eso no significa que debamos ser cognitivistas sobre todos los dominios. Como el aprendizaje puede ocurrir sin enseñanza, el hecho de que aprendamos de las obras no necesariamente muestra que sean ellas las que nos instruyen. El cognitivismo requiere mostrar que hay algo de importancia cognitiva en las obras que se encuentra ligado a su condición artística.
Presentado en estos términos, el cognitivismo sobre las artes enfrenta diversos desafíos. El primero sostiene que, aunque algunas obras de arte involucran representaciones como imágenes u oraciones, el arte a menudo no hace (ni pretende hacer) afirmaciones acerca del mundo. Aunque ‘correspondan’ con la realidad, estas representaciones desempeñan otras funciones en el arte: sirven para dar forma y estructura a la experiencia de la obra, no para informarnos cómo son las cosas. El segundo desafío plantea la falta de herramientas apropiadas en las artes para darnos conocimiento: incluso si las artes nos permiten captar verdades importantes, no parecen estar equipadas para ponernos en posición de llegar a saberlas. Un tercer desafío pone el acento en el carácter abiertamente ficticio de algunas obras artísticas: se ocupan de mundos imaginados o fingidos, no del mundo real. Como enfatiza un cuarto desafío, precisamente algo que apreciamos de las artes es su capacidad de liberarnos de las ataduras de la realidad, a través de logros creativos.
Quizá podría buscarse una salida a los anteriores desafíos centrando nuestra atención en artes no representativas, como la pintura abstracta, la danza moderna o la música instrumental. Pero no es obvio que podamos encontrar en ellas un vínculo claro con logros cognitivos. Por ello, Gibson sugiere que estos desafíos requieren más bien un ataque frontal.
Algunas defensas del cognitivismo sugieren que las artes nos brindan conocimiento teórico de carácter muy general. Por ejemplo, ofrecen respuesta a preguntas sobre la naturaleza de la belleza, la virtud, la justicia. Este conocimiento sería de carácter proposicional: consistiría en responder a preguntas, permitiéndonos captar verdades sobre lo que se afirma o niega de algún aspecto significativo de la realidad. Pero en muchos casos no parece que las obras de arte explícitamente respondan a esta clase de preguntas. De modo que tal conocimiento, si acaso lo hay, tendría que estar implícito en la obra de arte y quien defiende el cognitivismo debería explicarnos cómo podemos sacarlo a la luz. Una estrategia consiste en reconocer que muchas de nuestras prácticas de indagación de hecho recurren a la ficción para llegar a conclusiones significativas: se sirven de experimentos mentales. Podemos pensar que las artes hacen algo similar. Otra sugerencia prometedora es que las obras de arte no contienen ellas mismas respuestas, pero son dispositivos diseñados para iniciar debates críticos, que previsiblemente darán lugar a tales respuestas. Una inquietud que generan esta clase de estrategias es que en ellas persiste la sensación de que aquello de valor cognitivo no está ahí, sino que debe ser creado en la interpretación.
Otra estrategia enfatiza que los logros cognitivos que propician las artes son de otra naturaleza. El arte nos ofrece ‘experiencias valiosas’, nos permite lograr en la imaginación lo que no podríamos alcanzar en la vida real. Eso no se reduce a obtener respuestas a grandes preguntas. Más bien, amplía nuestra conciencia de formas de estar en el mundo: “el arte nos ofrece la oportunidad de despojarnos de nuestra piel por un tiempo y habitar otras subjetividades”. Una inquietud con esta manera de hablar es que a veces las subjetividades que ‘habitamos’ corresponden a personajes irreales, por lo que no hay estrictamente nada que corresponda a ser como ellos. Si, por otra parte, lo que aprendo es algo acerca de mí, no queda claro cómo eso podría atribuirse a la obra.
Un último grupo de estrategias sugieren que lo cognitivamente valioso que obtenemos de las artes es distinto de la verdad y el conocimiento: transforma el conocimiento que ya poseemos, nos brinda comprensión o promueve rasgos deseables intelectuales o perceptuales. Pero, como apunta Gibson, esto podría simplemente identificar “cómo los consumidores de arte se vuelven más inteligentes o mejores en virtud del tiempo que pasan con obras de arte”. No es claro que sea algo que podamos identificar en las obras y, por ende, podría no brindar apoyo al cognitivismo.
El cognitivismo sobre las artes forma parte del ambicioso proyecto de integrarlas en una concepción humanista, como prácticas ligadas al mundo y los valores humanos. En caso de ser exitoso, este proyecto exige que luego exploremos cómo interactúan las dimensiones cognitivas, morales y estéticas de las artes.




