Hace poco escuché a una mujer, una abogada que hace fotos y cuya obra ha ocupado distintos recintos, decir algo que me dejó pensando. Contó que no entiende de técnica ni de composición. Agradece —dice— a quienes la ayudan a seleccionar las piezas para sus exposiciones.
Relató cómo un día cualquiera, cansado en la oficina, terminó convertido en paseo en auto; el paseo, en visita a un amigo; la visita, en invitación a un taller de fotografía analógica; el taller, en la compra de una cámara que ahora llama “mi niña”. Desde entonces, salen juntas a pasear.
Habló del sonido del carrete al deslizarse. Del clic que fija la imagen. La historia era delicada, suave en su modo de ofrecerse. Pero lo que me impresionó no fue eso, fue su desprendimiento respecto de lo que hace.
Dijo algo como: los objetos me hablan. Yo no los toco. Les doy vueltas, como un perrito. Y a la vuelta y vuelta tomo la foto… o quizá primero la foto me toma a mí. No hablaba desde la apropiación. No decía “yo construyo”, “yo compongo”, “yo decido”. Hablaba desde una especie de retiro. Dijo que hay días que sale hacia algún lugar para tomar fotos y no toma en sus manos a su niña ni una vez.
Mientras la escuchaba, pensé que el psicoanálisis no está tan lejos de eso.
En nuestro oficio es raro que alguien se nombre, sin más, psicoanalista. Se suele decir que se practica el psicoanálisis, o bien que se ejerce el análisis. No es solo una modestia gremial, es un lugar de enunciación. En el consultorio no siempre soy yo —mi historia, mis juicios, mis valores— frente a otro. Hay momentos en que esa identidad queda en suspenso para que opere una función.
Podría parecer un trabajo eminentemente intelectual. Hay teorías, conceptos, topologías: mecanismos de defensa, transferencia, registros, identificaciones. Pensarlos exige. Y, sin embargo, si me quedara allí, dejaría de escuchar.
A mí las palabras me hablan.
De pronto una palabra, aparentemente común, se vuelve distinta. Tiene un pliegue, una hendidura mínima; es una palabra Matrushka. Dice lo que todos creen que dice, pero guarda algo más adentro. Si se la rodea un poco, si se la deja resonar, aparece otra escena: un recuerdo, un sueño, un detalle olvidado, una certeza que empieza a hacer agua. No siempre sé hacia dónde conduce ese rodeo. Tampoco siempre sé cuándo algo va a moverse. Mi tarea no es imponer sentido, sino sostener esa fisura el tiempo suficiente.
En análisis no se trata de dar un sentido al decir, sino de que el decir cause efectos. En este sentido, el análisis no se parece tanto a construir una composición como a bordear algo hasta que se revele. De otro modo el analista se coloca demasiado al frente, las intervenciones empiezan a parecerse entre sí más de lo que se parecen a lo singular de quien habla.
Ella decía que no toca los objetos, que espera, que a veces vuelve a casa sin haber levantado la cámara. En análisis ocurre algo parecido. No siempre se trata de decirle algo al paciente. A veces se trata de sostener el rodeo hasta que, sin forzarlo, acaso apenas rozando, algo encuentre su propio cauce.
Tal vez el oficio consista en dejarse empujar fuera de la foto.
No tocar los objetos, sino esperar a que algo surja desde propia su intimidad.




