Opinión

Legión / Bajo presión

 

Frente a un asesinato como el de Mara Fernanda Castilla Miranda a manos del chofer de Cabify, Ricardo Alexis, alguien, quien sea, decide que lo mejor que puede hacer es abrir su página de Facebook y aclararle al mundo que no se trata de un feminicidio, que el crimen no es un asunto de hombres y mujeres, que hay un principio más elevado, la violencia entre seres humanos. Ese alguien, en realidad, son miles, miles de hombres correctos, urgidos de atención, que deciden pasar por alto que una muerte así es un acto atroz, condenable, revulsivo, trágico, pero eso no les parece relevante, insisten en demostrar que el tema no es la violencia de un género hacia otro, que sólo se trata de violencia y por eso mismo es condenable, más allá de toda circunstancia o contexto… Y tienen razón, en el fondo tienen toda la razón, claro, si cerramos los ojos a cómo sucedieron los hechos, quién fue la víctima, la sinrazón del victimario y todo lo que rodea el que una mujer haya sido asesinada por un hombre por el simple hecho de poder hacerlo.

Esos miles ávidos de dos minutos de atención atraen a sus muros el debate, mejor dicho, el intercambio falaz de opiniones (no argumentos) y su publicación se llena de likes o emoticones furiosos o tristes. Otro tipo de hombre ávido de atención hace la innecesaria defensa de los argumentos de las mujeres ante los feminicidios, no miles, quizá centenas, que pacientemente muestran a los otros su inteligencia, tolerancia y empatía mediante un párrafo sancionador en el que pone en evidencia lo impertinente de la publicación, de manera sensata, con tono didáctico, recrimina la cortedad de visión del provocador; ese intercambio acaba como millones de otras conversaciones en Facebook: un emoticón y la sensación de ambas partes de haber ganado el debate.

Ambos ganan, pero la impertinencia no otorga medallas, así que les basta con la impresión que obtienen de los comentarios a sus comentarios, quien se muestra empático se lleva en el corazón las manitas azules que muestran su acuerdo con él, el otro, quien defiende el valor de la vida por encima del sexo se lleva en el corazón, la impronta de que nadie pudo rebatir con argumentos su comentario, guarda con especial afecto, los insultos que reciba por parte de una mujer, en especial de aquellas que insultadas por su incorrección caen en el juego y lo insultan, separa las injurias para, cuando lo considere benéfico, acusar de intolerantes a las otras.

Esos miles de intercambios en nada modifican la impunidad con que alguien puede violentar al otro, no afectan en absoluto el número creciente de feminicidios en el país, no aportan a combatir las razones del miedo permanente en que viven las mujeres, no modifican el ejercicio abusivo del poder que va desde la forma en que abrimos las piernas al sentarnos, al golpe que les damos a ellas porque son nuestras; esos lucimientos de la legión de comentadores oportunistas en Facebook no reviven muertos, no encuentran cadáveres, no aplican protocolos que auxilien a la autoridad, no auxilian a la búsqueda de justicia, sólo alimentan la sed de venganza.

Entonces, ellas, en todo su derecho, salen a la calle y se manifiestan, porque pueden y porque deben, porque la diaria y permanente violencia machista las desarraiga, no sólo les quitamos el derecho sobre su cuerpo, también las expulsamos de la ciudad. Salen a la calle, sin importar que algunos pensemos lo inútil que son esas manifestaciones, porque frente a eso, es más relevante la generación de comunidad, apropiarse del espacio público, sentir (así de humilde, una emoción) que hay alguien más con quien se puede hacer algo.

La legión no descansa, tras la manifestación hemos de leer en esos mismos muros de Facebook la denostación, la ignorancia envuelta en pregunta inocente, peor aún, también queremos arrebatarles eso, porque, ¿cómo vamos a dejar que se manifiesten solitas, sin nuestra solidaridad?, minimizamos sus acciones imponiéndoles el buenpedismo de nuestra compañía, para después, cuando como provocó Jenaro Villamil al no entender que no es no, se les pueda acusar de no ser incluyentes, que por su radicalismo, no aceptan que caminemos junto a ellas, rechazan el brazo varonil que les ofrece apoyo.

La mención de la palabra periodismo suele situarnos ante tres posibles significados: 1) La empresa periodística, 2) La profesión, estudiante de esa carrera, y 3) La actividad, quien ejerce el oficio, más allá de su preparación académica o desarrollo profesional; creo que es pertinente señalarlo porque en el caso de Jenaro Villamil, no ha faltado la otra legión que ya lo defiende en redes sociales. ¿Los hechos?, al opinador se le pidió que se moviera al final del contingente que marchaba en protesta por el asesinato de Mara Fernanda Castilla Miranda, una mujer lo empujó para exigirle que se fuera hacia atrás. Villamil levanta los hombros y se lamenta “hay que ser incluyentes, pero hay quienes no lo aceptan”, sonríe displicente porque de inmediato una mujer exige que lo dejen marchar en la parte de adelante, porque si no lo dejan “eso es violencia”, se escuchan gritos “que se incluya a los hombres en la lucha de las mujeres”; el video se interrumpe… sí, como la discusiones en Facebook, mañana nadie se acordará del periodista al que se le impidió ejercer su labor, los muchos que defienden por su labor, olvidan que marchar no es una forma de ejercer el periodismo, que incluso para una crónica, hay diversas formas en que se puede observar, lo más grave, quienes lo defienden omiten que en cualquier circunstancia un no es no. Un no omitido, como el de las víctimas.

Coda. Todo esto lo escribió mejor Antonio Ortuño: “Hemos perdido el tiempo (me incluyo) buscándoles discusiones bizantinas a las feministas. Entretanto, los feminicidios siguen, imparables. Y el fondo del asunto es que vivimos en un país en que, estructuralmente, un hombre puede ofender, acosar, violentar, asesinar a una mujer, cercana, conocida o al azar, con unos márgenes de impunidad inmensos y un colchón social muy cómodo para apoyarse. Y no, señores, no le vamos a ganar la discusión a las feministas porque no tenemos razón. Y porque no son el enemigo. El enemigo es usted o cualquiera de sus amigos, parientes o conocidos que ofenda, acose, violente o asesine a una mujer. A ver si lo entiendo. A ver si lo entendemos”. Parece que no.

 

@aldan

 

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Edilberto Aldán

Edilberto Aldán

Director editorial de La Jornada Aguascalientes
@aldan

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