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miércoles, febrero 4, 2026

Postal poselectoral

Edilberto Aldán
Edilberto Aldánhttp://edilbertoaldan.blogspot.com/
Ex Director Editorial LJA.MX (2012 - 2024)

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Es el año 2030, tiempo de campañas electorales, otra vez, como cada tres años, como cada seis. Un rotulista anónimo se acerca a la barda que en una de las tantas colonias de Aguascalientes ha sido designada por las autoridades para recibir la propaganda de los partidos. Sonríe, no es mucho el trabajo, sólo tiene que retocar el nombre y cambiar el cargo. El candidato es el de siempre, elección tras elección el mismo nombre, ahora para presidente, luego gobernador, después diputado o senador.  López Campa o Mosco Reyes, el nombre lo mismo da, también el partido, la alianza o coalición.

No se queja el rotulista, mientras traza el nuevo lema sobre la barda, sólo mira las palabras que forman una promesa que no se ha de cumplir, otra, por eso no la lee. Piensa que peor la han de pasar quienes se suben a las azoteas para pegar los rollos en los espectaculares. Allá arriba también hay bardas olvidadas: fotografías de tiernas embarazadas que invitan a creer en que, ahora sí, se va a acabar la inseguridad, la corrupción; jóvenes entusiastas que festejan la pena de muerte o un bono para estudiar; serios hombres de negocios que venden su sonrisa como símbolo de capacidad.

Trazo firme el del rotulista cuando pinta “Vota Así”, tanto tiempo escribiendo lo mismo, en las mismas bardas, le ha entrenado el pulso. Hubo un tiempo en que se llegó a cuestionar si eso valía la pena, si más allá del trabajo que le da de comer, ganaba algo con dibujar algo en lo que nadie detenía la mirada. Recordó la primera vez que se lo preguntó, cuando sobre una de sus bardas apareció un enérgico rayón: “Yo anularé mi voto”, en aquellas elecciones siguió atento las manifestaciones, la euforia con que muchos proclamaban que esa era la oportunidad para cambiar las cosas, gritar el hartazgo. Recordó también lo poco que duró el furor, apenas unas cuantas horas, unas pocas notas en las que gritaban: victoria, victoria, somos más los que anulamos. Y cómo después no ocurrió nada, a pesar de las múltiples promesas de organizarse.

Así se lo cuenta a su hijo, que en casa se exalta al hablar de las verdaderas manifestaciones de la sociedad civil y puede pasar horas frente a la computadora enviando mensajes en apoyo a la abstención. Le dice que hace muchos años que viene pasando lo mismo y tras las elecciones nada ocurre porque todo se reduce a la fecha en que hay que ir a votar, como si no hubiera mañana. El hijo le responde con diatribas enredadas en las que hace el cálculo de cómo el abstencionismo va a lograr cambiar las cosas, incluso desaparecer partidos. Cuando el rotulista se harta de la necedad, le recuerda que ni siquiera tiene credencial de elector y que así abstenerse no cuenta como opción. El hijo calla descubierto y regresa a la computadora a seguir mandando mensajes a favor de la anulación.

Mira el rotulista su trabajo finalizado. Cuidadoso que es, recoge los periódicos que ha utilizado para no dejar manchadas las banquetas, una decena de papeles con titulares apocalípticos, notas que recogen la opinión de los políticos, quienes auguran el peor de los tiempos de no votar por ellos, sesudas opiniones de analistas que desentrañan los misterios del sistema mexicano que, invariablemente, vive en una democracia en desarrollo, colaboraciones de un perdido comentarista que oculta en una ficción su desánimo. Palabras, palabras, palabras. Así que las arruga y deposita en un contenedor de basura, bien sabe el rotulista que en unos cuantos días el futbol, el escándalo de la farándula, la mediocridad de los gobernantes, han de desplazar el tema de las elecciones.

Mira desde el otro lado de la calle la barda que ha pintado. El mismo nombre, otro cargo, una vez más ese personaje como candidato. No hay tristeza en su mirada, quizá un poco de hartazgo, porque faltan todavía muchas bardas que pintar, metros y metros de pared. Sobre el hombro mira la calle donde irrumpe su barda con el enorme anuncio electoral, arriba un espectacular, en los postes de luz varias banderolas con chillantes colores de varios partidos.

Pasa el rotulista la mirada por la avenida, no está sucia y sin embargo, mientras se aleja, carga en los hombros la clara sensación de que está dejando la basura atrás.

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