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lunes, febrero 2, 2026

Guía para adoptar un mexicano / Los danzantes inverosímiles

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Penachos que parecen plumeros, en el mejor de los casos, o que literalmente están elaborados con tales herramientas de limpieza superficial y rinconera; pectorales de espejitos, que ocasionalmente reflejan, un fragmento a la vez, la mirada entretenida del respetable en alguna plaza pública o desfile; arcos pequeñitos, casi ridículos, con flechas de punta roma que no piensan ir a ningún lado; sonajas de férreo zarandeo; taparrabos de popelina con motivos pseudoprehispánicos, debajo shorts o de plano pantalón de mezclilla, según la época del año; cascabeles a los tobillos y en los pies calzado minimalista, huaraches, que a pisotón limpio contrapuntean la orquesta percusiva de la danza de guerra; también, machetes para sacarle sonidos chillones y chispas al asfalto; sombreros con tocados coloniales; paliacates para los párvulos, los soldados rasos; viejos o diablos con muecas grotescas de papel maché, que no siguen la coreografía de los otros sino su propio vaivén enfadoso, más cerca del público, como un nexo entre espectadores y actores, entre la realidad y la representación, esparcen miedo –susto de chicos, diversión de grandes–. Así viste el danzante de la provincia (nota académica: habría que promover y empujar el concepto de capirotada cultural para que gane probidad teórica, pues resulta por demás útil allende el ámbito gastronómico).

Los danzantes de la capital danzan otro son, ¿por qué habría de ser igual? En los tocados se ven plumas largas, no plumeros, la vestimenta es mínima y pretende ser históricamente rigurosa, al menos fiel a las estampitas, los libros de texto o los murales de la súper triada nacionalista: bikini prehispánico riguroso, taparrabos y pectorales de pudor cristiano y atemporal. Los pies casi siempre van descalzos, cuando hay huaraches, son aun más breves que los provincianos de suela de llanta, apenas para pretender que hay algo entre la tierra y ellos. No hay estallido de colores: ocres, dorados, turquesas mínimos. Hay tambores de madera y cuero, adornados con pieles, no tambora rotulada. La ejecución coreográfica es más precisa pero no logra esconder del todo su cuño amateur. No hay íncubos latosos arengando al gentío. Hay humo de copal y sonoras invocaciones a los cuatro vientos con caracoles marinos. Entre los buques insignia de los máximos poderes religiosos y civiles, la catedral y el palacio, la representación del ritual de la danza de guerra, auténtica, sin duda, al parpadeo de los flashes turistas.

Los danzantes en provincia son una parte más del calendario de festividades, laico o no. Ya sabe, cada capillita, convento, monasterio, parroquia o iglesiota festeja el cumpleaños del patrón o de la patrona, cada palacio, palacete o megaoficina festeja el héroe, la batalla, la guerra. En tales mitotes seguro siempre hay bulla de danzantes, y mangos con chile, elotes con mayonesa y queso y suculentas variedades de la fritanga regional. Nada serio, pues, hay fiesta. Por otro lado, la cuestión en el zócalo capitalino se pone seria, grave, rigorista. Los danzantes acusan importancia y pesadez en sus rostros, movimientos y gestos, justo lo opuesto, pues, a la ligereza inherente a todo baile. La invocación a las deidades milenarias, igual de extrañas, como cualquier otra figura divina, es formal y severa. No hay celebración. No son parte de ninguna festividad. Extramente, no son parte de la plebe que los observa, son sólo pasos en el bailable que ellos mismos han montado.

Todos los mexicanos somos danzantes en potencia y hay que tomar esto en cuenta a la hora de adoptar un mexicano. Síganse, pues, las siguientes instrucciones al pie de la letra. Primer paso: para empezar pregúntese qué clase de mexicano quiere adoptar, ¿melindroso o desmadroso? Frente al espejo, en la mañana de preferencia, haga un autoexamen, qué prefiere, ¿rock o balada?, ¿comedia o drama?, ¿blanco o negro?, ¿coca o pepsi?, ¿tacos o tortas?, ¿agua de garrafón o de botella?, ¿resistol o thinner? Estas preguntas le ayudarán a elucidar quién es usted, qué quiere en la vida y, sobre todo, qué quiere cuando quiere un mexicano. No es lo mismo un bailarín ingrávido que parece que vive en un estado de embriaguez permanente y que está enfermo de sincretismo crónico, que un danzador posmoderno con pies de plomo, trasnochado por sueños guajiros de volcanes ardientes y mujeres dormidas, y que padece un severo caso de sobriedad y seriedad ante la vida.

Segundo paso: sin importar el tipo de mexicano que le toque en suerte, haga como muchos padres primerizos que preparan la llegada del nuevo crío con un mar de pañales y chupones, cuartos como theme parks y gadgets de dudosa utilidad, también usted cerciórese de que su nuevo mexicano reciba una cálida bienvenida material a su nuevo mundo. Hay que rodearse de la parafernalia adecuada, los siguientes objetos son indispensables: sonaja, huaraches, arco y flechas, calendario azteca, poster de la virgen de Guadalupe, calendario de carnicería ilustrado con la leyenda de los volcanes, cuchillo de obsidiana, paliacate rojo, guaje con agua, bolsita con cecina y dos piedras, una plana y chata y la otra afilada y tosca –por ahora no pregunte por su utilidad, sólo piense que la vida da ocasiones de sobra para su uso.

Tercer paso: haga exhaustivas pruebas psicomotrices, si el mexicano en prospecto no aprueba al 100 por ciento estos exámenes, puede continuar con el proceso de adopción, pero bajo su propio riesgo, pues en general no se recomienda adoptar especímenes estáticos o arrítmicos, los primeros matan de aburrimiento, los segundos de risa. Ninguno de los dos casos es saludable.

Por otro lado, si observa en el ejemplar buenas variantes y ángulos de inclinación, con sus adecuaciones pertinentes al centro de gravedad, vectores ingeniosos y recorridos tanto barrocos como espontáneos, siempre perpendiculares al suelo, felicidades, adóptelo ipso facto, tiene ante sí un dechado bailador, que no un danzante socarrón o insulso.

Preguntas frecuentes: ¿Históricamente los mexicanos son buenos bailadores? Sí. ¿Todos los mexicanos son buenos bailadores? No. ¿Fuera de su país los mexicanos son buenos bailadores? Depende.

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