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jueves, febrero 5, 2026

¿Quieres que te lo cuente otra vez? / País de maravillas

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Cuando tenía unos ocho o nueve años, uno de mis primos mayores me hacía enfurecer con aquello de: Este era un gato con los pies de trapo y los ojos al revés. ¿Quieres que te lo cuente otra vez? Porque si yo contestaba que sí, me decía: Yo no te dije que me dijeras sí, te dije que este era un gato con los pies de trapo y los ojos al revés. ¿Quieres que te lo cuente otra vez? Y entonces yo le decía: ¡No!, a lo que él contestaba: Yo no te dije que dijeras no, te dije que este era un gato con los pies de trapo y los ojos al revés. ¿Quieres que te lo cuente otra vez? Y no importaba si yo le decía No sé, Bueno, Ash o No seas zanahoria (insulto aprendido gracias a la buena Mafalda, claro): él a todo me contestaba Yo no te dije que dijeras [inserte aquí lo que yo hubiera dicho] y repetía la letanía. Es más: incluso me tocó varias veces que me dijera: Yo no te dije que te quedaras callada, te dije

Y yo lo odiaba. No a mi primo, pues, sino al cuentito ese. Así que un día lo fui a acusar con mi mamá (¡al primo, no al cuentito!). Tu primo no lo hace por maldad, me dijo ella. Es que de chiquita te encantaba que te lo contaran una y otra vez. Yo me quejé: Pero ¿por qué? ¡Si eso ni es un cuento!. Y algo dije de que me gustaban las historias emocionantes, como la de Petrosinella, o la de El bondadoso hermano menor, o El Zar Saltán, que eran de mis cuentos favoritos en ese entonces (todos de la colección dirigida por José Emilio Pacheco de la que les habla hace unas semanas, ¿recuerdan?). Y es que, en esa época, Orlando, otro de mis primos, me leía una y otra y otra vez estos tres libros y cuando me preguntaba cuál quería, de entre los muchos que tenía en mi librero, siempre le pedía alguno de estos. Sí, me gustaba la repetición. Pero era completamente diferente a eso del gato con los pies de trapo, pensaba yo.

Con el paso del tiempo dejé de pedir que me leyeran esos tres libros (que todavía tengo y atesoro, que conste) y me dio por buscar historias nuevas, muchas, una en cuanto se me acababa la anterior. Y luego, mientras más largas y complejas mejor, porque así me duraba más el gusto. Por supuesto, el primo del que les contaba al principio (que no es el mismo que mi primo Orlando, aclaro) seguía tratando de torturarme con el gato de los pies de trapo y los ojos al revés, aunque a estas alturas yo nada más me daba la vuelta y buscaba otro rincón para seguir leyendo. O releyendo: historias como Momo, de Michael Ende, o El hobbit, de J.R.R. Tolkien, eran mis nuevos loops: volvía a ellas entre un libro nuevo y otro, y era como volver a casa.

Me gustaría decirles que ahora que soy una persona adulta, sensata (ja) y madura (doble ja) las repeticiones son cosa del pasado. Pero lo cierto es que cuando una canción me gusta (sobre todo cuando está en otro idioma o tiene una letra intrincada) la pongo en repeat millones de veces, al grado de torturar a la gente que me rodea como mi primo me torturaba a mí. Y también vuelvo una y otra vez a los libros que me han gustado más, incluyendo aquellos de Petrosinella, El bondadoso hermano menor y El Zar Saltán. Obviamente, no pasa en ellos nada diferente de lo que pasaba cuando me los leía mi primo Orlando siendo niña, pero justamente en eso consiste el placer: en poder recitar de memoria casi palabra por palabra de esas historias, y recordar quién era yo y cómo era cuando eran una novedad.

Y de pronto comprendí a la Raquel más pequeña que quería que le contaran una y otra y otra vez el cuento del gato con los pies de trapo: obviamente no era por la trama ni la psicología del personaje: era el gozo de la repetición, la cadencia de las palabras, la magia de saber lo que va a pasar. Era, ya desde entonces, como volver a casa.

Así que si ustedes se ven en la necesidad de comprar un libro para un niño muy pequeño, no frunzan el ceño si les parece repetitivo o simplón. O, peor, simplón y repetitivo: probablemente se están portando como la Raquel de ocho años que se sentía la muy muy y que odiaba al gato de los pies de trapo. Ah, pero eso sí: cuando el niño o niña les diga que ya está hasta el cepillo del cuento en cuestión, por parecerle muy repetitivo, no sean como mi primo el bully y pasen a otras historias.

¿Entendieron? ¿O quieren que se los cuente otra vez?

Encuentras a Raquel en twitter: @raxxie_ y en su sitio web: www.raxxie.com

 

Foto: Roberto Guerra

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