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miércoles, febrero 4, 2026

Feliz no No Cumpleaños / Minutas de la sal

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En efecto, hoy 20 de agosto no es mi No Cumpleaños. Siempre me he preguntado qué clase de fiesta hubieran hecho en el País de las Maravillas si Alicia hubiera cumplido años el día de su visita: ¿hubieran servido café?, ¿hubieran servido pastel?, ¿con velitas? Posiblemente el pastel no sería una convención en ese país, pero las velas no podrían faltar: su simbología no puede derretirse en ningún país imaginado. Es cierto, basta coronar con velas un pastel para transformarlo en uno de cumpleaños.

Las velas y los cirios han alumbrado al hombre desde tiempos milenarios. No es para asombrarse si sabemos que la vela unifica los elementos de la naturaleza en una pequeña flama que siempre apunta al cielo. La luz es el recordatorio de lo vital, pero también del inevitable ascenso. No sólo me refiero al cielo cristiano, sino al cosmos de todos los tiempos. Soplar las velas en un pastel de cumpleaños es el acto simbólico de cicatrizar el pasado, de desear velas futuras para encenderlas.

Es curioso, muchas mujeres prefieren quitar velas, esto es quitarse la edad. Todavía sigue vigente el dicho de las abuelas que dicta que es de mala educación preguntarle la edad a una mujer. Lo siento, me ofenden estas costumbres: es como ser una lata de conservas a la que hay que ocultarle la fecha de caducidad con tal de que salga a la venta. La belleza no debería ser cosificada, tampoco debería ser una imposición. Es quitarle su esencia.

No me importa que otros sepan mi edad, no veo por qué tendría que ocultar los años que llevo en este planeta. No soy un pastel de utilería que conservará por siempre sus colores; soy tan perecedera como una miga genuina. Todos lo somos. Hoy cumplo 47 años, y espero tener aseguradas por lo menos tres velas más para llegar a los 50, por aquello del número redondo. Ya no soy joven ni podré serlo de nuevo, aunque me quite la edad o me donen una cirugía plástica. Mi osamenta tienen 47 años. Lo único que extraño de la juventud es la vitalidad, esa fuerza física que previene que los huesos se amilanen ante el frío. Pero no extraño el pensamiento desbocado, ese impulso de buscarse, pues hoy puedo contemplar lo que me rodea desde un punto de vista que ha tardado años para sostenerse por sí solo.

Creo que a esta edad podría salir y entrar al País de las Maravillas sin invitación, con un pasaporte honorario. No me sentiría ajena ahí como tampoco me siento ajena donde estoy. Y no hablo de este mundo, que es aciago y oscuro, sino aquí, conmigo misma, dentro de este envoltorio que llaman cuerpo. Creo que ése es el problema. Para algunos lo más valioso es lo que se ve, lo que se muestra, lo que se juzga, lo que se desea. Por el contrario, el pensamiento es de uno mismo, y sólo puede asomar a ratos. A la mayoría no le interesa. Prefieren ser como un pastel decorado, con el betún más vistoso que oculta una miga desabrida. Pero el alma de las velas está ahí, aunque nadie las coloque, las cuente o las encienda.

Me ocupa lo que pienso, lo que siento, lo que observo, y lo que he tratado de entender para escribirlo en estas minutas o en mis novelas. En mis cumpleaños y en mis No Cumpleaños trato de recordar las palabras de Bachelard: “En el recuerdo de la buena vela es donde debemos encontrar nuestros sueños de solitario”.

No me malentiendan, no desprecio al cuerpo sino a la cosificación de éste como estandarte de belleza. Mi cuerpo me es caro en la medida en que mis manos sigan funcionando para seguir celebrando cumpleaños y No Cumpleaños en el teclado; y para lavar las ollas que utilizo cuando me voy a la cocina a mezclar especias.

De acuerdo, no pondría 47 velas en un pastel, pues sería un lío sólo el encenderlas; aunque siempre están esos números de cera de colores. Pero, bien mirado, sería mejor encender un cirio pascual: duran más. Además, si al final decidiera conservarme, lo mejor sería cubrirme con su parafina: como una momia de cumpleaños, para no cumplirlos más. Suspendida, quieta, sin luz que se extinga, como los monstruos de ciertos cuentos: a oscuras, pero inmortal.

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