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miércoles, febrero 4, 2026

Renier Hubert Ghislain Chalon / Hombres (y mujeres) que no tuvieron monumento

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Dentro de las filias, las legales y también las ilegales, hay una que desata pasiones sin igual y que mueve cantidades de dinero también sin igual: la bibliofilia. Porque hubo un tiempo, antes de iCloud y los archivos digitales, antes de Amazon y el merchandising, en que el libro era, sobre todo y exclusivamente, un objeto. Y, lógicamente, un libro raro o de pocos ejemplares, un objeto de lujo. Cuanto más raro, cuanto menos ejemplares, más deseado. Y, por esa extraña lógica del mercado, cuanto más deseado, más caro.

El conde de Fortsas, Jean Nepomuceno Auguat Pichauld, era uno de esos bibliófilos obsesionado por los ejemplares raros. Tanto que en su biblioteca sólo había libros de los que no existiera nada más que un ejemplar. La leyenda que se creó en torno a su manía bibliófila cuenta que si descubría que alguno de los ejemplares de su biblioteca tenía otra copia se deshacía de él. Por eso cuando murió el primero de septiembre de 1839 no tenía muchos libros, cincuenta y dos, pero todos, en el sentido más real de la palabra, únicos. Su introducción al catálogo de su biblioteca (Catalogue d’une très-riche mais peu nombreuse collection de livres provenant de la bibliothèque de feu M.r le comte J.- N.-A. de Forstas) lo explica: “Cuando tenía 29 años comencé una colección de libros según el sencillo principio de que cualquier edición que residiera en mis estantes debía ser una copia única que no se pudiera encontrar en ninguna otra colección. Cualquier volumen que existiera en cualquier otra parte era instantáneamente [cursivas del autor] retirada del librero para ser vendido, regalado o, en ciertos casos (lamentable pero necesariamente) destruido”.

Franceses e ingleses, pocos alemanes, un italiano y ningún español fueron los bibliófilos que se reunieron el 10 de agosto de 1940 en la notaría de Mourlon en la calle de la iglesia del pueblo de Binche en Bélgica. A todos ellos les había llegado, a través de sus libreros, un pequeño folleto de catorce páginas con la descripción detallada de todos y cada uno de los ejemplares del conde que su heredero, que no compartía la pasión de Pichauld, estaba dispuesto a vender al mejor postor.

La sorpresa para todos ellos fue que no existía ni el notario, ni la calle donde se iba a celebrar la subasta. A cambio descubrieron unos carteles, sesenta que ahora se han convertido en joyas bibliográficas, que anunciaban que la subasta se suspendía porque la biblioteca pública de Binche había comprado todo el lote ofrecido por el heredero del conde de Fortsas, una biblioteca pública que tampoco existía. “Se le informa al público que la colección del Conde de Fortas no será subastada. Los aficionados sin duda escucharán esto con gran pena. Pero esa colección tan valiosa no ha de perderse para nuestra tierra: la ha adquirido la ciudad de Binche para su biblioteca pública”, decía literalmente el anuncio. Al igual que tampoco existían ni los libros ni el conde.

Quien sí existía, a cambio de todo lo inexistente con lo que se habían encontrado los bibliófilos que abandonaron ese mismo día Binche sin poder disimular su decepción y frustración, era Renier Hubert Ghislain Chalon, que había sido el organizador de semejante engaño que él no veía sino como una broma contra los serios coleccionistas de libros raros. Todo el catálogo no era sino una auténtica farsa que sólo conocían tres personas: él mismo, el impresor del catálogo, M. Houvais, y un librero anticuario de París. La burla estuvo tan bien preparada que, incluso al día siguiente, ya descubierto el engaño aunque no su causante, apareció en el periódico de Binche, realizado por el mismo impresor del folleto, una reseña de la subasta, comentándola y dando incluso los nombres de quiénes habían comprado qué libros. “Uno sabe el efecto que producen las palabras mágicas copia única en el bibliomaníaco. Todos los bibliófilos de Bélgica no dudaron en  presentarse en Binche. Yo estaba entre ellos. Quería comprar el número 48 de la lista, Mes campagnes aux Pays-Bas. Pero, desafortunadamente, no pude. El bibliotecario de nuestra Biblioteca Real se llevó el libro pagando por el la suma de 750 francos, un precio muy razonable”.

Lo que seguramente no esperaba Renier Hubert Ghislain Chalon es que su engaño, sin querer, creara una pieza que se iba a convertir en algo codiciable para los coleccionistas. A los noventa primeros ejemplares se añadió una tirada de cien más que el impresor decidió hacer para cubrir la demanda de más bibliófilos de toda Europa. Esa reimpresión, que intentaba lucrar con algo que sólo era una broma, llevó a un distanciamiento entre Hoyois y Chalon que les llevó a romper toda relación y que el autor de bulo impidiera legalmente, como autor que era en realidad, de toda reimpresión del catálogo.

¿Por qué un monumento para Renier Hubert Ghislain Chalon? Primero, y sobre todo, porque acciones como las suyas recuerdan, aunque sólo sea por ver un reflejo de la estupidez humana, que lo más importante de un libro no es el continente sino su contenido. Segundo, y también por ver a los otros, por ser capaz de urdir un engaño tan perfecto digno de una novela. Y tercero, e irónicamente, por haber añadido a los catálogos de libreros anticuarios un libro, ahora raro y buscado, el catálogo de la subasta que nunca existió.

 

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