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miércoles, enero 28, 2026

El bicho positrónico / La escuela de los opiliones

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Hay relecturas necias y sentimentales. Estoy repasando los cuentos de robots de Isaac Asimov. Encuentro en ellos un pedazo de mi infancia y destellos breves de mi familia. Es curioso que dichos cuentos provoquen emociones, entre ellas una inexplicable melancolía, porque los cuentos de Asimov son una caja; carecen de sentimientos, son largas conversaciones de problemas futuros y supuestos dilemas positrónicos y el final suele ser tan anticlimático como la segunda, o tercera, o cuarta relectura: una súbita solución adornada con espasmos científicos y la buena voluntad de los avances progresistas como la solución de todos los problemas, además de una profética y cautelosa advertencia de los problemas venideros por la solución requerida.

El hombre escogió el mejor momento para escribir y para venderse. Los años cuarenta, la edad de oro de la ciencia ficción. La ciencia convirtió a los trenes en autos individuales. El fuego palideció ante la bomba atómica. Era el momento para hablar de robots, darles una configuración humana, moldearlos para su pronta existencia en el futuro. Y falló miserablemente. Los cuentos de Asimov envejecieron muy rápido porque anticiparon un futuro que estamos viviendo ahorita y nuestro presente está muy lejos del futuro imaginado por estos cuentos.

No tenemos robots que nos apoyen, que exploren la atmósfera de Mercurio o siquiera que nos gobiernen. Aunque curiosamente, quizás sin saberlo, Asimov explora un poco los alcances de la inteligencia artificial y anticipa su existencia (algo que, curiosamente, suele separar de la mayoría de sus robots: no todos sus robots se definen por su inteligencia). Los cuentos de Asimov crean computadoras capaces de correlacionar un infinito número de coincidencias y anticipa que serán ellas, a través de sus precisos cálculos, quienes dirigirán el movimiento humano. Nada mal. Facebook es un cerebro de cálculos precisos, una base de datos llena de neuronas con toda nuestra vida, aún cuando todavía no es capaz de hacer relaciones inteligente o conscientes. Es por ello que hogaño, aún cuando no hay robots, gente importante (Bill Gates, Elon Musk, Mark Zuckerberg) discute, en este instante, las posibles consecuencias de una inteligencia artificial y si ella es nuestra condena.

Algunas madrugadas ocupo mis noches en un videojuego. Se llama Euro Truck Simulator 2 y trata de un camionero que entrega cosas por las carreteras de Europa. No trata de otra cosa. Por fuera parece el videojuego más aburrido del mundo pero cuando lo juegas te atrapa y no te suelta. Cuando mi esposa se asomó a verlo, se quedó un poco pasmada por lo real que se veía. Luego platicamos de la posibilidad de manejar estos camiones por control remoto. Gente que podría sacar sus licencias para navegar las carreteras desde sus casas. Una inteligencia humana y comunitaria: así como los camioneros usan la radio civil para hablarse entre ellos, nada impide que en un futuro existamos en un mundo de redes cibernéticas, y que nuestra comunicación sea a través de voz ip mientras conducimos remotamente nuestros camiones de cargas.

Supongo que eso sería inútil si existiera una inteligencia artificial que pudiera manejarlo todo o, quizás, para no sobrecalentar sus circuitos decida conservarnos a nosotros, los humanos, como sus robots, sus vehículos, para mantener las cosas girando. Sí, que sean los hombres los que llevan las cosas mientras yo, el dios en la máquina, evalúo el siguiente paso. Vivimos tiempos reales e irreales; un futuro imposible que continúa construyéndose mientras la violencia y la corrupción toman el asfalto, las calles, la faz de los políticos. Asimov escribía no para que soñáramos con un futuro mejor sino para que nos ocupáramos en construirlo. Sus cuentos sosos de largas conversaciones eran una apología de la ciencia y del aprendizaje. Esa es la verdadera melancolía: abandonar los cuentos de un robot porque se ven como sueños lejanos y pueriles.

 

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