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jueves, febrero 5, 2026

Philip Roth: la vida del arte, el arte de la vida / Extravíos

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I dig a hole and shine my flashlight into the hole

Philip Roth, comentando la intención de su obra

 

En Manhattan, a los 85 años, el pasado martes falleció Philip Roth. Con él desaparece no sólo uno de los autores realmente imprescindibles de nuestro tiempo, sino también una de las formas más fecundas y vitales de entender y vivir la literatura como un arte que es vida y que, en consecuencia exige un compromiso total y absoluto en su quehacer.

Hablar de Roth es hablar, antes que cualquier otra cosa, de una vida entregada a la literatura y de una literatura inmersa totalmente en la vida. En sus propias palabras: “El arte es vida también… La soledad es vida, la meditación es vida, el fingimiento es vida, la suposición es vida, la contemplación es vida, el lenguaje es vida”.

Y de todo esto, y de mucho más, se nutre la obra de Roth.

Roth fue, quizá, el escritor que, a partir de la segunda mitad del siglo pasado, exploró con más fervor, imaginación y rigor y fortuna literaria las múltiples profundidades, paradojas y contrasentidos morales, sexuales, sociales, políticos, culturales, familiares e históricos del ser norteamericano y, por implicación, de lo que, en ese universo tan peculiar, significa, como escribió Charles McGrath, “ser americano, judío, escritor, hombre”, a lo que podría añadirse la experiencia misma de ser Philip Roth… o, simultáneamente, Nathan Zuckerman.

De esta un tanto desmesurada ambición artística dan cuenta los 31 libros que escribió -27 de narrativa, dos de memorias y dos más en que reúnen ensayos, artículos y entrevistas- a lo largo de poco más de seis décadas (Goodbye Columbus, su primer libro, es de 1959, el último, Némesis, de 2010).

Lo inusual en su caso no fue la abundancia de títulos, sino, por un lado, el alto nivel literario que distingue a cada uno de ellos, alcanzando en no pocas ocasiones genuinas obras maestras -pienso en El lamento de Portnoy (1969), La visita al maestro (1979), Zuckerman encadenado (1981), La contravida (1986), Pastoral americana (1997), Operación Shylock (1993) o los libros memorialistas Los Hechos (1988) y Patrimonio (1991)- y, por el otro lado en la manera en que supo mantener a lo largo de toda su obra una conciencia (y autoconciencia) tan moralmente lúcida como mordaz que dirigió sobre su circunstancia, sobre la América en que le tocó vivir -una que América se descubre así misma y no deja de luchar contra sí misma, contra su pasado y su presente- sobre su entorno étnico, familiar y afectivo más próximo y, desde luego, sobre sí mismo, es decir sobre todo aquello que le supusiera alguna alteración emocional intensa, que le interpelará moral y artísticamente de una manera inexorable. No por nada, en su intercambio epistolar con Zuckerman, éste le dice a Roth: “…las cosas que te desgastan son las que alimentan tu talento”.

Así, como toda obra de arte tan consciente de sus dones, responsabilidades y puntos ciegos como la de Roth, no se tiene más opción que adentrarse al fondo de los asuntos que le interpelen, de llevar a sus personajes a los extremos que les corresponden según sean las obsesiones y neurosis que los constituyen y de conducir a sus historias -incluyendo aquellas intrínsecamente metaliterarias- a excesos que no excluyen el carnaval, la infinita fiesta del placer y el deseo, la mezcla de la ficción con los hechos reales, el desdoblamiento narcisista del autor en personaje y del personaje en autor de lo que se narra.

De ello, la obra de Roth resultó no sólo en una de las críticas más hondas y severas –crítica guiada la más de las veces por una mirada irónica- de su tiempo, a la vez que una de las exploraciones de la condición humana más desaforada y pertinentes que nos dejó el siglo XX y la primera década del siglo en curso.

Su franqueza, su combatividad, su indiscreción misma no fueron sino muestras de una vocación artística impulsada por una pasión desencadenada por convertir todo en literatura, por hacer de la creación de arte una de las formas mayores que puede alcanzar la vida y de la vida una obra de arte en sí misma.

Cabe añadir, por cierto, que su retiro como escritor, hacia finales de 2012 a los 79 años, fue totalmente consecuente con este modo de entender cómo el arte y vida no son sino una misma cosa. Según confío a McGrath su decisión de dejar de escribir obedeció a que sabía que “…no voy a escribir tan bien como antes. Ya no tengo energía suficiente para soportar la frustración. La escritura es frustración, es una frustración cotidiana, ni hablar de humillación.” Algo similar le dijo al presidente Obama. Cuando en marzo de 2012, Obama le entregaba la Medalla Nacional de Humanidades y le dijo a Roth “No está aflojando el ritmo en absoluto”, Roth replicó “Ah, sí, señor presidente, desde luego que sí.”

De algún modo el ciclo de novelas con que escribió después de sus setenta años y con el que concluyó su vida literaria y que reunió bajo el título de NémesisElegía (2006), Indignación (2008), La Humillación (2009) y Némesis (2010)- anticipan de una manera conmovedora este hecho: cada una de estas novelas son una dolorosa y nada complaciente indagación sobre el declive y aguda vulnerabilidad, física, mental, psicológica, que presupone el envejecimiento, esa suerte de crepúsculo de los dones.

El Zuckerman de Elegía, el Marcus Messner, personaje que desde la muerte narra su historia en Indagación, el decadente y suicida Simon Axler de Humillación o el joven Bucky Cantor de Némesis, no poseen (o no son poseídos) la vitalidad obsesiva y masturbadora de Alexander el adolescente de El lamento de Portnoy o el vigor y el libido desaforado de David Kepesh de El profesor del deseo (1977) o de Mickey Sabbath de El teatro de Sabbath (1995), pero, al igual que estos creaturas rothiana, tiene una densidad y complejidad moral que, en su caso, les permite asumir su declive y su muerte sin patetismos ni autocomplacencias a la vez que no dejan de interrogarse una y otra vez sobre el sentido de todo ello.

Lo dicho: Roth es un autor verdaderamente imprescindible: nos enseñó, con los recursos propios de la literatura, a ver zonas de nuestra experiencia humana que no alcanzamos ni siquiera a entrever sin el concurso del arte.

Nota sobre las citas. La palabras de Roth del segundo párrafo son citados por Claudia Roth Pierpont, en la Introducción de su libro Roth desencadenado. Un escritor y sus obras (Random House, 2016, traducción de Inga Pellisa), un magnífico libro para conocer en detalle la trayectoria vital y literaria de Philip Roth. De sus páginas he tomado el título para esta nota y la anécdota sobre el Presidente Obama. La cita de Charles McGrath están en el obituario que dedica a Roth que publicó en The New York Times el 22 de mayo de este año -de ahí proviene también el epígrafe- y el artículo donde el mismo McGrath recoge las palabras del retiro de Roth, el 17 de noviembre de 2012 en el mismo medio.

 

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