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miércoles, febrero 4, 2026

Por un liberalismo cívico/ El peso de las razones

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Los liberales alrededor del mundo hemos perdido la batalla, quizá no aún la guerra. El término mismo genera hoy en muchas personas abierta hostilidad y desprecio. Algunas lo asocian erróneamente con el neoliberalismo (una posición más económica que política), que ha sido y sigue siendo satanizado por los gobiernos populistas (principalmente de izquierda).

El liberalismo clásico es ante todo una posición política. Nos dice, parafraseando a John Stuart Mill, que debemos limitar el poder político a partir de las libertades civiles de la ciudadanía. Que debemos buscar un resquicio inviolable y no negociable frente al cual el gobierno sea impotente: la libertad. Los liberales siempre han debatido cuál es el sentido de “libertad” al que desean adherirse. Isaiah Berlin publicó la biblia conceptual del liberalismo en su breve ensayo “Dos conceptos de libertad”. También los liberales han discutido (y siguen haciéndolo) cuál es el esquema de libertades que debemos defender ante los posibles abusos de los gobernantes. A pesar de algunos desacuerdos teóricos, en el espíritu del liberalismo late la idea de que debemos ampliar el esquema de derechos y libertades lo más posible y para toda la ciudadanía.

Los liberales perdimos la batalla frente a los conservadores cuando algunos liberales dejaron de lado esta tarea universalista. El ADN liberal es cosmopolita (en un sentido clásico). Los liberales siempre buscaron hablarle a toda la ciudadanía y embarcarlos en un proyecto común, que inicialmente tuviera a la nación como marco de referencia, pero siempre avistando a la humanidad en su conjunto. Los liberales perdimos la batalla frente a los conservadores cuando algunos liberales comenzaron a hablar de identidad antes que de igualdad.

Los liberales identitarios se han convertido en domésticos, excluyentes y apolíticos. Les interesa sólo su grupo, del cual depende su tenue identidad personal, y no aquellas u aquellos que pertenecen a otros grupos (o que identifican como pertenecientes a un grupo con intereses distintos). Los liberales identitarios no miran más allá de su propio ombligo: basta con ganar pequeñas batallas para los muy pocos que ven como pares y suyos. Los liberales identitarios, así, han comenzado a hablar con la jerga conservadora del Estado mínimo. En ese sentido son apolíticos: no les interesa, y suelen despreciar, cualquier discurso que busque unirnos más que dividirnos. El liberalismo identitario es polarizante y, por lo mismo, habitualmente poco civilizado en discurso y acción.

El liberalismo puede renacer y hacer frente al alza de los populismos de la ultraderecha y de la izquierda conservadora si deja de hablar en su jerga y se concentra en una narrativa que una a los más posibles en un proyecto común de vida compartida. Debe hablar de ciudadanía más que de minorías. Debe buscar nuevamente ampliar el esquema de derechos y libertades para toda o todo aquel que sea ciudadano. En palabras del ex senador estadounidense Edward M. Kennedy: “Debemos entender que existe una diferencia entre ser un partido que se preocupa por el trabajo y ser un partido del trabajo. Hay una diferencia entre ser un partido que se preocupa por las mujeres y ser el partido de las mujeres. Y podemos y debemos ser un partido que se preocupa por las minorías sin convertirnos en un partido de las minorías. Ante todo somos ciudadanos”.

Les deseo a las lectoras y lectores una muy feliz Navidad recomendándoles mi ensayo favorito de este año: El regreso liberal de Mark Lilla. En este texto, Lilla expone con erudición y extraordinarios argumentos las lecciones que debemos aprender los liberales si queremos comenzar a ganar las futuras batallas políticas. Debemos de abandonar ese desagradable hábito identitario que se ha apoderado del liberalismo y volver a pensar en un proyecto común. Creo que Lilla tiene razón: “La paradoja del liberalismo de la identidad es que paraliza la capacidad de pensar y de actuar de una manera que lograría en verdad lo que dice desear. Le fascinan los símbolos: alcanzar una diversidad superficial en las organizaciones, volver a contar la historia para centrarse en grupos marginales y, a menudo, minúsculos, fabricar eufemismos inofensivos para describir la realidad social, proteger los oídos y los ojos de los jóvenes ya acostumbrados a películas violentas de cualquier encuentro con puntos de vista alternativos. El liberalismo de la identidad ha dejado de ser un proyecto político y se ha transformado en uno evangélico. La diferencia sería la siguiente: el evangelismo dice la verdad al poder. La política toma el poder para defender la verdad. No puede haber una política liberal sin una noción del nosotros, de lo que somos como ciudadanos y de lo que nos debemos unos a otros. (…) [Los liberales] han de ofrecer una visión de nuestro destino común a partir de algo que todos los estadounidenses, de todo origen, comparten de verdad: la ciudadanía. Debemos aprender de nuevo a hablar a los ciudadanos como tales y a enmarcar nuestros llamamientos -incluso los que benefician a grupos particulares- en términos de principios que todo el mundo pueda compartir. El nuestro ha de ser un liberalismo cívico”.

 

mgenso@gmail.com | /gensollen | @MarioGensollen

 

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