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miércoles, febrero 4, 2026

Para combatir el mal ¿más leyes? / Sobre hombros de Gigantes

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  • A propósito de la publicación y entrada en vigor de la Ley de la Guardia Nacional, quiero compartirles esta reflexión.

En la novela 1984, de George Orwell, la elite dirigente (el Gran Hermano) mantenía el control social y su poder político a través de varias unidades administrativas, basadas en tres discursos fundamentales: la guerra es la paz, donde era necesario mantener la constante lucha contra los “enemigos” del Estado y la sociedad, por lo cual se mantenía un insistente ataque con la finalidad de conservar la paz de la comunidad; la libertad es la esclavitud, se refería a restringir las garantías y derechos de los ciudadanos, con el pretexto de que era necesario imponer extremados límites a las libertades, con la intención de salvaguardar la seguridad pública, y otorgar mayor tranquilidad; el Estado daba seguridad a cambio de que la persona le entregara sus derechos. Por último, la ignorancia es la fuerza, se refería al control social de la “verdad” a través de la construcción de realidades, con las cuales se diera sólo la información necesaria para que las personas sintieran que el Gran Hermano cumplía con sus deberes y obligaciones frente al pueblo; la ignorancia del pueblo era la mejor herramienta para mantener el control.

Hoy, la ignorancia sigue siendo la fuerza. Las sociedades cuentan con mecanismos de control destinados a lograr la conformidad de las personas, sometiéndolas a pautas, modelos y requerimientos del grupo, para asegurar su continuidad frente a los que no quieran llevar esas pautas de comportamiento. El discurso político es un medio de control, una expresión de ideología que se dirige a la sociedad, con la finalidad de que se den las conductas deseadas o favorables para quien lo emite, y así detente el poder; puesto que logrará el consenso mediante la expresión de información que llegará a aceptarse como válida y obligatoria para una adecuada convivencia.

Cada modelo político produce los medios, y justificaciones, que necesita o requiere para cumplir con fines específicos. Una de esas técnicas o estrategias puede llevarse a cabo a través de la construcción de la realidad: por medio de la interacción de la comunicación y el lenguaje se construyen historias, situaciones, supuestos, etc., que buscan influir y determinar las acciones de las personas en el medio en el que se desenvuelve. La forma de entendimiento de la comunicación es lo que crea esa realidad.

Por ello, en ocasiones, surgen discursos para evitar que la población caiga en la cuenta de que el desempleo, la pérdida del patrimonio de una vida de trabajo, la falta de recursos para alimentación, vestido y salud, la ausencia de oferta de estudios o el alejamiento de las escuelas, es lo que está generando un escenario triste, desolado e inseguro, pues entre más necesidades humanas no sean satisfechas, se buscará la manera de satisfacerlas; y por ello se incrementa la inseguridad, la delincuencia y la violencia, ya que el delito tiene como madrastra a las injusticias sociales.

No puede negarse que en la actualidad estamos viviendo una situación de delincuencia e inseguridad preocupante, que pone en riesgo la convivencia social y su desarrollo armónico; pero igualmente es innegable que las leyes no son las responsables de esa situación. No debemos perder de vista que los procedimientos jurídicos están creados para disminuir la violencia, y sobre todo para que el Juez se convierta en un protector de los derechos de los seres humanos frente a conductas autoritarias del Estado.

Cuando autoridades emiten discursos atribuyendo la culpa a la insuficiencia de leyes, pugnando porque se modifiquen para eliminar los “obstáculos” que les impiden castigar con severidad a los responsables, emiten un mensaje disfrazado, pues se olvidan que los sistemas de prevención y reacción son creados por las mismas leyes, y que las garantías existen para protegernos a todos los integrantes de esta sociedad, por lo que una eliminación de esos mecanismos de protección no perjudicaría a los “delincuentes” sino a todos nosotros. Simplemente, si efectivamente las modificaciones legales para crear policías militarizadas, endurecer penas de cárcel, incrementar las ya establecidas, y restringir al máximo los derechos y garantías de los “delincuentes”, logran reducir la delincuencia y la inseguridad de la comunidad, solo hay que observar el acontecer diario para percatarnos que constantemente se crean leyes y se disminuyen derechos, y la delincuencia e inseguridad sigue en incremento.

No dudo que la población esté insegura y tenga miedo de que pueda ser afectada; pero sí dudo del discurso que aprovecha la problemática para señalar que la reacción adecuada será el incremento de la mano dura, y que Ejército y Policía seguirán en las calles combatiendo la delincuencia; que se diga que la calidad de vida mejora, y contradictoriamente se pida la aprobación de leyes que amplíen las facultades de restricción de derechos, o ¿será que lo que se quiere es legalizar violaciones a derechos humanos?

La prevención y disminución de la delincuencia nunca ocurrirá con la creación de normas y el incremento funciones policíacas o militares, frente a la disminución de los derechos. La prevención será eficaz, y la disminución será palpable, cuando se satisfagan adecuadamente las necesidades sociales, y se incremente la educación y valores de los ciudadanos. Pero el discurso menos costoso siempre será el del combate a través del incremento de las restricciones, volviendo a la época dónde, en palabras de Raúl Zaffaroni, “el hombre primitivo dibujaba en las paredes la imagen del animal que quería cazar, y de esa manera pensaba que se acababa la amenaza; pero no tenía nada, sólo tenía la imagen. Ahora no dibujamos las paredes; ahora dibujamos tipos penales donde ponemos todo aquello que es negativo y peligroso, y creemos que eso modifica la realidad; la neutralización de todos los males…”

La violación de derechos humanos no se combate violando derechos humanos. Parafraseando a Jorge Schubert, si eliminamos a todos los “malos”, quedaríamos los “asesinos”. Cada quien decide si, como Alicia, abre los ojos, sigue a la liebre, y toma la píldora roja o la azul.

 

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