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jueves, febrero 5, 2026

La solidaridad: una vía frente al Covid-19 y otras crisis

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El mundo está pasando por una crisis debido al nuevo coronavirus humano (SARS-CoV2), mejor conocido como Covid-19. Las dificultades que enfrentan gobernantes y poblaciones para hacerle frente van desde aspectos relacionados con los sistemas de salud, con disposiciones sobre la interacción y convivencia sociales, hasta aspectos de política económica e internacional.

En México, como en otros países, las medidas más difundidas para hacer más lenta la propagación del virus, además de la limpieza y desinfección de nuestras manos y superficies de contacto frecuente, implican una alteración de la vida cotidiana. El distanciamiento social es la más conspicua entre ellas y según la Organización Mundial de la Salud (OMS) es una piedra angular en la prevención del contagio. Esta disposición consiste en evitar lugares concurridos, guardar la distancia con otras personas, limitar nuestra movilidad urbana a lo más indispensable y en caso de contagio con síntomas leves, permanecer en casa para recibir los cuidados necesarios, en una habitación de uso exclusivo, ventilada y preferentemente con baño.

En este escenario, el reto para los habitantes urbanos depende de la actuación colectiva para informarnos y acatar con rigor dichas medidas, de cuidarnos escrupulosamente para cuidar a los demás. Sin embargo, la observancia de estas disposiciones nos pone en tensión, pues visibiliza muchas de nuestras carencias y vulnerabilidades previas. En otras palabras, coloca en la mesa problemas no resueltos de la vida urbana contemporánea. 

¿Cómo guardar la distancia en los abarrotados camiones de pasajeros? ¿Cómo atender la limpieza y desinfección en las localidades que no reciben agua limpia, o en aquellas donde el servicio llega cada semana? ¿De qué manera se limita la movilidad urbana cuando se habita en asentamientos periféricos? ¿Cuál es la estrategia de confinamiento en casa para 8.5% de la población en condición de hacinamiento? ¿Qué significa el distanciamiento social para 56% de la población ocupada en trabajos informales? Son sólo algunas de las interrogantes que irrumpen en nuestra mente cuando intentamos establecer acciones para protegernos en el entorno urbano, degradado y hostil, en que vivimos. 

Estos cuestionamientos no pretenden desacreditar ni subestimar el llamado a quedarnos en casa, pues sabemos que es la medida más efectiva para romper la cadena de contagios y focalizar los esfuerzos de atención sin colapsar los sistemas de atención médica. Más bien, se plantean para emprender un ejercicio de reflexión que nos permita dimensionar la pandemia en un escenario como el que vivimos, ocupar un vacío analítico y hacer de la crisis un objeto de estudio social y de reflexión ética.

El geógrafo marxista, David Harvey, tiene razón cuando señala a propósito del Covid-19, que “los impactos económicos y demográficos de la propagación del virus dependen de las grietas y vulnerabilidades preexistentes”. En México, más que grietas tenemos profundas fracturas que han permitido desigualdades inquebrantables y que colocan a una parte importante de la población en franca desventaja ante la pandemia. 

En este país no sólo hacemos frente al Covid-19 sino a muchas otras crisis: la de los servicios médicos, la de miles de trabajadores desprotegidos en empleos precarios, la de la movilidad urbana, la de la vivienda digna, la de la infraestructura insuficiente para los servicios básicos, la de la violencia y los feminicidios, la crisis climática…

Esta nueva crisis viene a agudizar la división social preexistente pues -siguiendo a Harvey- se trata de una pandemia de clase. El Covid-19 en México se propaga en un ambiente de desigualdad y profundiza sus consecuencias en quienes, con menos recursos y capacidades para atenderse, tienen mayores probabilidades de contagiarse. En otras palabras: la pobreza, la precariedad y la desigualdad de nuestras ciudades podrían jugar como multiplicadores de propagación del contagio.

En este momento, prestar atención a las otras crisis es un llamado general a que el coronavirus y su transmisión, no ocupen toda nuestra vigilancia y dejen de lado los diferentes problemas que hemos venido arrastrando. 

Primeramente, busco que en esta situación no perdamos de vista que las soluciones que el Estado y el mercado nos han brindado no han sido suficientes para asegurar nuestro bienestar, ni son útiles para contrarrestar situaciones como ésta. Las crisis nos revelan que siempre es necesario más Estado para crear y garantizar las condiciones de protección para todos; por eso no es sólo frente al Covid-19 que debemos exigir las mejores estrategias de atención, cuidado y mitigación para nuestra sociedad. 

Por ejemplo, hasta el 20 de marzo de 2020, un total de 45 países habían introducido, adaptado o ampliado algunos programas de protección social como respuesta al Covid-19. Las medidas más utilizadas incluyen transferencias de efectivo (30 programas), seguidas de subsidios salariales (11), licencias por enfermedad (10) y diversas formas de cotizaciones subsidiadas a la seguridad social y seguros de desempleo. Estas acciones nos hablan de que los gobiernos están ajustando su política social ante este acontecimiento mundial; sin embargo y como en otros momentos hemos atestiguado, no basta con concentrarnos enérgicamente en cada emergencia. La tarea es identificar y atender sus causas sociales estructurales.

La provocación de esta reflexión es que la crisis nos permita imaginar una sociedad distinta, al menos más justa. Que incluso en tiempos de cuarentena no nos neguemos a ser políticamente activos y capaces de discutir y plantear las demandas necesarias: “no podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana”, como señaló el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, al estimularnos a aprovechar este momento y lo que éste nos enseñe, y transformarlo en un componente de cambio social que supere el modelo neoliberal y proponga otros.

En segundo lugar, pretendo que en esta situación visibilicemos también las respuestas extraordinarias que la crisis ha generado. No las que llenan los periódicos de noticias por disturbios y saqueos que suceden en estos días y ejemplifican el agotamiento cultural y civilizacional de una parte de los nuestros, sino de aquellas que -en palabras del escritor Amin Maalouf– nos permitan negar “las tres tentaciones”: la del “precipicio”, por la cual algunos saltan al vacío queriendo arrastrarlo todo consigo; la del “muro”, que nos confina en nuestras seguridades hasta que pase la tormenta; y la de la “cumbre”, según la cual estamos en el ocaso de la humanidad. Este ejercicio reflexivo incita a reconocer que la crisis nos prueba a identificar dentro de nosotros valores de compasión y de apoyo, que no sabíamos que seguían ahí. 

Nuestro país ha sido golpeado en muchos momentos y en cada uno de ellos hemos encontrado fuerzas para levantarnos. Hemos aprendido que somos más fuertes si enfrentamos las adversidades de forma colectiva. Justo ahora en los contextos urbanos, donde los soportes básicos de integración como el empleo y la seguridad social fallan, comienzan a brotar ejemplos de cooperación y solidaridad. 

Se trata de iniciativas de carácter social que, con un espíritu reivindicativo, responden al fenómeno de la responsabilidad colectiva -ese del mutuo interés que deriva de la obligación moral que siente cada uno frente al otro- y organizan mecanismos de compensación de distinta naturaleza orientados a mitigar la penuria, disminuir las dificultades, proveer atención y cuidados, y en general, a integrar un repertorio de expresiones de ayuda en la proximidad… del edificio, de la calle o del barrio.

Son iniciativas solidarias que emergen para compartir información sobre los muchos y pequeños negocios que siguen abiertos así como la oferta de sus productos; estrategias de vecinos para hacer las compras a aquellos que no pueden salir; gente que acopia alimento, medicamentos o artículos de primera necesidad para compartirlos con quienes los necesiten.

Desde Twitter, la organización “El Día Después” se ha convertido en una plataforma para la acción, una herramienta para acercar a la ciudadanía y facilitar su organización y trabajo. Recientemente con el hashtag #MiBarrioMeRespalda ha sumado iniciativas de ayuda a personas vulnerables: gente en situación de calle, niños y niñas en prisiones, migrantes, trabajadoras sexuales, niños en casas hogar, etcétera. 

Hasta ahora el llamado de la OMS es hacia una solidaridad que consiste en guardar distancia para evitar el contagio. Desde este espacio apelo a construir una solidaridad que reconozca que la responsabilidad para contener y encarar esta pandemia es colectiva. Es decir, a ir más allá de una solidaridad que, aceptando el distanciamiento social lo convierte en aislamiento y nos vuelve evasivos o indiferentes, hacia otra que reconozca la alta interacción e interdependencia de las sociedades urbanas y convenga en que para estar bien debemos cuidarnos unos a otros.

Si los miembros de las familias en alguna de las condiciones anteriormente señaladas se ven obligados a asumir un mayor riesgo de exposición por su condición social, de género, de trabajo, de vivienda, que lo mínimo que hagamos quienes podemos quedarnos en casa, sea solidarizarnos eficazmente con ellos. En otras palabras, que sea la solidaridad una de las formas plausibles para revertir la exacerbación de las desigualdades que el Covid-19 provocará.

 

njimenez@correo.crim.unam.mx

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