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miércoles, febrero 4, 2026

Los tratados de paz entre pandillas

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La raza, eso que tú llamas así, es solamente esa gran pandilla de gente mísera como yo, legañosos, pulgosos, ateridos, que han acabado aquí perseguidos por el hambre, la peste, los tumores y el frío, llegados tras ser vencidos de los demás rincones del mundo

 

Louis-Ferdinand Céline 

En días pasados tuve la oportunidad de ver, en una plataforma digital, la película mexicana titulada: “Ya no estoy aquí”, rodada en Monterrey, Nuevo León (México) y dirigida por Fernando Frías de la Parra. Ha sido ganadora del Festival Internacional de cine de Morelia, además de haber participado en otros festivales nacionales e internacionales. Me extraña que no haya tenido más premios, porque es una obra de arte. Yo la disfruté y la valoré muchísimo por ser un garbanzo de a libra en el mar de la mediocridad y superficialidad del mundo del cine. 

El tema de la película gira alrededor de las actividades de un adolescente que pertenece a la pandilla de los Terkos, en los barrios marginales de Monterrey y que, a raíz de un problema con narcos, tiene que emigrar a Nueva York, con todo lo que ello conlleva. Cabe aclarar que los chicos que participan no son actores profesionales. La película está impregnada de cumbias colombianas que bailan de una forma peculiar, como si se tratara de un baile ceremonial. Dicen que es la llamada “cumbia rebajada” porque suena a un ritmo más lento y cuya influencia viene dada por la gran migración de colombianos a Monterrey.

La película también tiene un ritmo lento, como las cumbias rebajadas, con el que podemos saborear cada escena, cada gesto y los pocos diálogos con los que cuenta. Es cruel e ingenua; triste y con ciertos destellos de alegría; es muy real, pero también tiene un componente de esperanza, o por lo menos eso quiero pensar. La recomiendo ampliamente, porque conocer ese mundo tan presente y tan lejano tal vez nos vuelva más comprensivos y humanos.

Este hermoso film vino a mi mente a raíz del reportaje que vi en la televisión donde se hablaba de una ONG que realizaba tratados de paz entre los integrantes de diferentes pandillas de Monterrey. Me acordé de Ulises, su protagonista, y de los Terkos, su pandilla. Los jóvenes entrevistados se sentían muy satisfechos de firmar la paz con sus rivales y los vecinos, por su parte, opinaban que se habían reducido las peleas y las muertes y se alegraban de verlos hacer deporte y otras actividades más sanas, además de que era notorio el cambio de la zona después de estos acuerdos.

Las pandillas tienen sus códigos, sus reglas, su estructura y sus lealtades y esa cohesión que las caracteriza está basada en la amistad, la lealtad y la solidaridad. El grupo les proporciona seguridad y refugio en contra de las condiciones adversas en las que tienen que vivir. También les sirve para compensar sus carencias afectivas, de manera que consideran que con su pandilla es donde verdaderamente se sienten queridos y aceptados tal como son y donde tienen un reconocimiento social. 

Es bueno aclarar que no todas las pandillas son organizaciones delictivas, aunque algunas pueden derivar en ello; no obstante, una de sus principales dinámicas es mantener cierta rivalidad con otras pandillas, rivalidad que los lleva a sostener constantes peleas y conflictos con los que inclusive pueden perder la vida. Aquí es donde entra en juego la Organización: “Líderes unidos por la paz” y su programa “Nacidos Para Triunfar” (NPT) según el reportaje de la televisión que tanto llamó mi atención.

Este programa pretende apoyar a los jóvenes pandilleros para que realicen diferentes actividades, principalmente deportivas y culturales, al mismo tiempo van formándose poco a poco hasta insertarse en la sociedad como individuos productivos. Todo ello mediante un proceso de toma de conciencia y diálogo que culmina en la reunión con pandillas rivales para firmar un acuerdo de paz. Decía cicerón que “Nunca están los hombres más cerca de Dios que cuando se emplean en salvar a sus semejantes”.

Es muy delicado y nada fácil intervenir en barrios marginales y tratar de modificar costumbres arraigadas y formas de vida, aunque sea para mejorarlas. La dignidad de las personas está en juego y sólo ellas pueden decidir. Además de todo, hay que restañar las heridas del alma, la soledad, el maltrato, las adicciones y todo tipo de carencias y eso es una misión para toda la vida; por tanto, si se realiza una intervención habrá que hacerlo de una manera profunda y darle seguimiento permanente, porque de otro modo el cambio logrado podría revertirse. Hay que ser muy generoso y valiente para emprender esta clase de hazañas. 

Felicito al director de la película que sacó a la luz una problemática tan importante, de una manera tan bella. Felicito a la organización que se dedica a mostrarle a los jóvenes otro camino y a salir de ese círculo vicioso para que puedan convertir su vida en algo mucho más edificante; y felicito al canal que difundió esta noticia, ya que por unos minutos inundó de esperanza y optimismo nuestros corazones e hizo que olvidáramos las noticias de muerte y violencia, con las que nos tienen acostumbrados, para hablar de tratados de paz entre pandillas.

Según Buda: “La paz es el resultado de muchas actitudes, todas estas fundamentadas precisamente en la caridad, no entendida como limosna, sino como amor”.

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