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miércoles, febrero 4, 2026

Chavo-rocke: un cuarentón en un hoyo fonky | Así es esto por Rubén Díaz López 

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Desde que el mítico grupo Real de Catorce anunció su concierto en Aguascalientes, compré los boletos: no podría faltar a la cita con José Cruz y su impresionante blues, sobretodo después de que ha superado y al parecer controlado (lo que se decía imposible) una enfermedad tan compleja como la esclerosis múltiple. El intérprete, que me parece que forma parte de lo que llamo la santísima trinidad del rock mexicano (Cruz-Jaime López-José Manuel Aguilera), ha dado ejemplo de vida al sobrevivir a esta enfermedad crónico degenerativa que lo mantenía en silla de ruedas, su vida ha sido retratada en un documental José Cruz a diez metros del infierno (2010) de Leobardo Jacob Lechuga. Además, para los fans y no tan fans, existe De cierto Azul (2003) que es también  un documental, y muestra en concierto y en su máximo esplendor el genio de este grupo que sin lugar a dudas es un referente obligado dentro de la música mexicana. 

Llegando al hoyo fonky llamado RockSí, en principio fue un poco caótico la acomodada, más que eso, lo que me entristeció fue ver que pululaban las canas, las calvas y hasta bastones, la vieja guardia a la que renegaba pertenecer, pero que en el fondo me acercaba cada vez más. Una vez acomodados, y aquí sale a flote de nuevo mi espíritu de viejo, me dio mucho gusto estar alejado de las bocinas principales, y sobretodo que en lugar de comenzar el concierto a las once, se adelantó a las diez treinta, de tal forma que no nos dormiríamos tan tarde, en especial aquellos que los sábados tenemos que trabajar desde las siete de la madrugada. Hoy que pululan los sitios de música regional, deberíamos dar estímulos o al menos un reconocimiento a un lugar como este, como santuario del rock. Por cierto en el previo al concierto discutí con mis amigos un fenómeno digno de analizar: a pesar de que el rock en los ochentas era satanizado por su supuesto uso de drogas, es simpático que hoy en día no haya prácticamente música rockera sobre narcos. 

A la par de las caguamas que pululaban en las mesas, también se veían las aguas minerales, el estómago e hígado a esta edad ya no estaban para más. El sonido era malo y no nos dejaba escuchar la voz del cantante, aun así, el grupo se esforzó mucho por conectar, por sacar el mejor blues de las guitarras y armónicas del maestro Cruz, por cierto, en lo más grave de su enfermedad recuerdo que rifó algunas de ellas, de mucho valor económico y simbólico para poder costear todos sus gastos médicos y legales. 

Mi papá me mostró la música norteña, esa música que nace del pueblo y que se nutre de él, a diferencia de las rancheras que me parecen más teatralidad (en especial José Alfredo Jiménez) creo que el acordeón, bajo sexto y la tarola, están desde y para la gente; por ello, su musicalidad es más rica, como lo he sostenido en otros artículos, y podemos ver a excelentes músicos que improvisan o sacan excelentes solos de todos esos instrumentos. El blues y la norteña, definitivamente deben estar emparentados, si no por la raza, sí por la explotación del pueblo más humilde. 

A pesar de lo malo del sonido, ahí estaba José Cruz dando lo mejor de sí, recordándonos el hikuri; en ciertos momentos me pareció que el grupo (que no es la formación original de Real de Catorce ya que cuando enfermó, tuvo problemas con aquellos músicos) le quedaba chico al maese; ciertamente no es lo mismo que hace once años que lo vi en el Foro del Lago durante la feria, en uno de los mejores conciertos de mi vida. Se entiende, el maestro está cansado, las instituciones culturales lo han abandonado y ya no viene a esos foros mejor pagados del estado, ahora tiene que sobrevivir  y aun así su armónica dice blues. Me confieso groupie del sensei, larga vida a José Cruz, y larga vida al blues mexicano.  

rubendiazlopez@hotmail.com

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