Cosas veredes
Las enseñanzas de Chile
Apenas hace dos días se llevaron a cabo las elecciones presidenciales en Chile, y el resultado que significó un vuelco en la tendencia política general que ese país mostraba desde 1989, ha sido objeto de polémica y análisis.
Desde la derrota electoral a la dictadura de Pinochet en 1988, los gobiernos chilenos habían mostrado, salvo en algunos periodos, una clara tendencia al progresismo de centro izquierda, y el pasado domingo 14 de diciembre, resultó electo un candidato de extrema derecha que promueve la política de seguridad con mano dura, militarización de la vida pública, políticas antiinmigrantes, y reducción del gasto público.
Además de los planteamientos que se consideran ultraderechistas, muy similares a los que han promovido los gobiernos como el de Argentina, Ecuador o El Salvador, y el nuevo de Bolivia, ha llamado la atención que un gobierno progresista como el que encabeza aún Gabriel Boric, haya perdido en las urnas las posibilidades de continuidad política a través de sus candidatos de la coalición de centro izquierda “Unidad por Chile”, integrada por ocho partidos que van desde el Partido Liberal, hasta el Partido Socialista y el Partido Comunista de Chile.
Se pueden aventurar las hipótesis para explicar la derrota de la izquierda chilena, y no será fácil hallar una totalmente convincente, pues ese gobierno presentaba como logros la reducción de la inseguridad y la tasa de homicidios, crecimiento económico de 2.5% con baja inflación, la creación de empleos, la semana laboral de 40 horas, el incremento sin precedentes al salario mínimo, y un avanzado Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados.
Lo cierto es que el gobierno de Boric perdió mayoría social primero, luego la mayoría electoral y finalmente el gobierno. Pareciera que la joven izquierda encabezada por liderazgos treintones y cuarentones que venía impulsada desde la “rebelión de los pingüinos” en 2006, y por las revueltas de 2019, adoleció de las herramientas políticas para conservar tanto el apoyo de los ciudadanos, y para enfrentar tanto la percepción de inseguridad, como la oleada de desprestigio de los gobiernos erráticos de la región, y la dura crítica de las fuerzas que respaldaban al candidato ganador, Antonio Kast, inspiradas en el discurso populista de derecha de Trump, Milei o Bukele.
También se puede considerar que tanto el gobierno de Boric, la coalición gobernante y la candidata de la izquierda no valoraron que la entrada en vigor del “voto obligatorio”, llevaría a las urnas a una masa electoral más crítica del desempeño del gobierno actual, y que ante ese nuevo factor la propuesta para continuar en el gobierno debió ser más conciliadora con los sectores de la población y no solo para sus bases cautivas de apoyo.
La diferencia entre los contendientes en la segunda vuelta no fue poca cosa, fueron 16 puntos, y no debió ser sorpresa pues, aunque la candidata de centro izquierda, Jeanette Jara, militante del Partido Comunista de Chile, fue la más votada en la primera vuelta, con el 27% de los sufragios, y ya se sabía que difícilmente las fuerzas derrotadas se sumarían a ella en la segunda vuelta, y en cambio podían agregarse al populista de derecha Kast.
Perder la elección por 42% contra el 58% siendo gobierno, debe obligar a que las dirigencias de los partidos de la coalición de izquierda “Unidad por Chile”, sobre todo al Partido Socialista, al Frente Amplio y Partido Comunista, revisen sus propuestas y estrategias. Seguramente esa gran expresión política pasará por un periodo de reconstrucción después de la derrota, pues conservan el 32% del parlamento, y tienen liderazgos jóvenes que tendrán nuevas oportunidades para mostrar la experiencia acumulada, y recuperar el gobierno para continuar con los proyectos progresistas.
Existe también otro factor que funcionará en el futuro cercano a favor de la izquierda chilena; radica en las políticas progresistas de gran calado que se han implementado desde gobiernos anteriores, pues no son clientelares sino concreción de derechos sociales con sentido de equidad social, y al parecer estarán en riesgo de ser afectados por las políticas de recorte de Kast. Pero todo esto tiene una premisa que resulta indispensable: la vigencia de la democracia chilena.
La izquierda democrática ha gobernado el país, ha ganado elecciones y ahora ha sido derrotada. Su programa y políticas públicas han quedado institucionalizadas en la realidad del país. Dentro de cuatro años, esa democracia le dará una nueva oportunidad. Las grandes alamedas, de las que hablaba Salvador Allende, por donde se pueda caminar para lograr sociedades más justas e igualitarias, no son otro camino más que las democracias, y por eso en Chile, como en cualquier país, quienes buscan el bien de sus países saben que una condición política indispensable para lograr mejores gobiernos es defender y perfeccionar la calidad y la fortaleza de los modelos democráticos, pues cuando se cancela la democracia, se cierran las vías del progreso social.
@gilbertocarloso




