Las dos entregas previas de esta serie dejaron algo evidente: en México, el lugar de nacimiento no es solo una cuestión geográfica trivial, sino una condena estructural que determina, desde la infancia, el acceso a la educación, la salud, el trabajo y la dignidad. La desigualdad territorial no es fruto del azar, sino una construcción intencional que el modelo económico ha perpetuado por décadas.
El nearshoring, esa promesa brillante de inversión y generación de empleos, no ha logrado romper la inercia existente; por el contrario, la ha hecho aún más evidente. Los datos del tercer trimestre de 2025 lo confirman: México recibió $40,906 millones de dólares en inversión extranjera directa, pero más del 80% se concentró en solo cinco entidades: Ciudad de México (55.8%), Nuevo León (10.1%), Estado de México (7.7%), Baja California (4.4%) y Coahuila (2.9%). El sur y sureste tuvieron que conformarse con apenas el 19.1% del total. El Índice de Competitividad Regional 2026 del IMCO lo reafirma: regiones como el Istmo y Maya reciben menos del 11% de la IED y mantienen una informalidad superior al 63%, además de graves rezagos en infraestructura, energía y capital humano. El capital no llega donde es más necesario; llega donde ya abunda.
¿Puede esta coyuntura histórica cambiar el rumbo? Sí, pero no será por arte de magia ni por la mano invisible del mercado. Hace falta decisiones públicas firmes, intencionales y sostenidas. El desarrollo no llega solo; se construye a partir de ecosistemas locales sólidos. Esto implica ofrecer educación técnica adecuada en las comunidades rezagadas, invertir en infraestructura que no se concentre únicamente en los corredores privilegiados, garantizar servicios públicos oportunos y asegurar vivienda digna que no expulse a las familias de sus propios territorios por el alza de precios derivada de la inversión.
No basta con atraer plantas maquiladoras o centros de datos que actúan como enclaves aislados. Es esencial construir auténticos encadenamientos productivos: conectar a las empresas transnacionales con las pequeñas y medianas empresas locales, fomentar una capacitación tecnológica integral y abrir líneas de financiación estratégica para asegurar que el efecto multiplicador trascienda las cifras macroeconómicas y se traduzca en beneficios concretos para las comunidades. El Plan México, con sus 15 Polos de Desarrollo para el Bienestar, avanza en esta dirección: ofrece incentivos específicos a regiones históricamente marginadas, promueve un mayor contenido nacional y pone especial atención en las PyMEs. Sin embargo, para evitar que todo quede en el papel o en anuncios, es imprescindible dotar de escala, realizar evaluaciones continuas y, sobre todo, tener voluntad política para situar a las personas por encima de los indicadores.
La gobernanza multinivel representa un pilar fundamental. Es necesario que la federación, los estados y los municipios coordinen sus esfuerzos en objetivos claros: cerrar las brechas educativas, incrementar los ingresos reales y asegurar un acceso equitativo al agua, la salud y el transporte. La planeación territorial conjunta no es un ideal inalcanzable, sino la vía esencial para equilibrar un país que actualmente avanza a dos velocidades.
Todo comienza con información precisa y libre de maquillajes. El mapeo riguroso de las desigualdades, como realiza el IMCO en su índice 2026, permite intervenir justo donde más se necesita: en los rezagos de capital humano, conectividad e infraestructura. La inversión pública debe ser un catalizador estructural, no un remedio temporal.
El nearshoring representa una oportunidad que no permanecerá indefinidamente. Nuestra posición geográfica y el contexto global actual pueden traducirse en mayor cohesión social o, por el contrario, en la profundización de las desigualdades. El factor decisivo será la manera en que se diseñe y se implemente la arquitectura institucional que acompañe la inversión: ¿seguirá favoreciendo a quienes ya lo tienen todo, o será capaz de reordenar las prioridades para que el lugar de origen deje de ser una desventaja heredada?
Estas son oportunidades concretas para millones de personas que hoy migran por necesidad o se ven obligadas a conformarse con condiciones precarias. El crecimiento sin equidad no es desarrollo; es perpetuar la injusticia. En este momento crucial, México tiene la posibilidad de decidir, como sociedad, si el nearshoring profundiza la desigualdad o se convierte en el punto de inflexión hacia un país más equitativo. La historia no solo registra cifras; recuerda a quienes lograron transformar el crecimiento en bienestar para todos. Ese es el verdadero reto.




