Donde se nace sigue importando: desigualdad territorial en la era del nearshoring
En la columna anterior escribí que en México el lugar de nacimiento sigue pesando demasiado en el destino de las personas. No como una figura retórica, sino como una experiencia cotidiana que se manifiesta en escuelas con recursos distintos, en servicios de salud desiguales y en oportunidades que aparecen o se cierran desde la infancia. El nearshoring irrumpió en ese contexto como una promesa de corrección, como la posibilidad de que la inversión y el empleo ayudaran a equilibrar un país históricamente fragmentado. Con el paso del tiempo y con datos ya visibles, conviene preguntarse qué tanto esa promesa se está cumpliendo y, sobre todo, en la vida de quiénes.
El crecimiento económico llegó, pero lo hizo de manera selectiva. Se instaló con mayor fuerza en los territorios que ya contaban con infraestructura, conectividad y mano de obra calificada. En lugar de borrar las brechas territoriales, el nearshoring las volvió más evidentes. Aguascalientes ofrece una imagen clara de esta dinámica. La inversión creció, la industria se fortaleció y el empleo formal aumentó en ciertos municipios. Para quienes nacen en esos entornos, el horizonte se amplía. Para otros, la distancia permanece.
Fuera de los corredores industriales, la realidad sigue siendo distinta. En comunidades rurales y zonas periféricas, la vida cotidiana continúa marcada por la incertidumbre del ingreso, por la dependencia del temporal, por la migración como estrategia de supervivencia y por servicios públicos que llegan tarde o no llegan. La desigualdad no desaparece cuando crece la inversión; se desplaza. Aparece en la presión sobre el agua que afecta primero a quienes menos tienen, en el aumento del costo de la vivienda que expulsa a familias de sus propios barrios, en el transporte insuficiente que separa a la gente del empleo que sí existe.
A escala nacional, la historia se repite. Mientras algunas regiones se integran a cadenas globales, otras observan el fenómeno desde lejos. No por falta de voluntad, sino por ausencia de condiciones acumuladas durante décadas. El capital sigue rutas conocidas y deja fuera a quienes no cumplen con los requisitos que el mercado exige. Cuando no hay una política pública que equilibre esa lógica, la desigualdad territorial se traduce en desigualdad social concreta.
Los empleos que se crean mejoran ciertas condiciones, pero no alcanzan para transformar la vida de todos. La informalidad sigue siendo una realidad cotidiana para millones de familias. Muchos pequeños productores y prestadores de servicios permanecen al margen de los beneficios del crecimiento. El desarrollo se siente cercano para algunos y ajeno para muchos otros.
Desde el gobierno se han planteado intentos por cambiar este rumbo. Planes, programas y metas de desarrollo regional buscan llevar inversión a zonas históricamente rezagadas. Sin embargo, mientras el crecimiento económico avance con lentitud y los recursos públicos sean limitados, el riesgo es que estas iniciativas se queden en el papel. Sin una apuesta sostenida por la capacitación en comunidades alejadas, por servicios básicos dignos y por una planeación que piense en las personas antes que en los indicadores, la brecha seguirá abierta.
La desigualdad territorial no es un asunto abstracto. Se expresa en trayectorias de vida distintas desde el nacimiento. En niños que estudian en escuelas sin infraestructura adecuada, en jóvenes que migran porque no encuentran opciones, en familias que enfrentan mayores riesgos de enfermedad y precariedad. Los datos lo confirman, pero la experiencia cotidiana lo hace evidente.
Por eso la pregunta de fondo sigue siendo social antes que económica. ¿Puede el nearshoring convertirse en una herramienta para reducir estas desigualdades o seguirá reforzando un país dividido entre quienes están cerca del desarrollo y quienes viven lejos de él? El rumbo aún no está definido. Lo que sí es claro es que el crecimiento, por sí solo, no garantiza bienestar compartido.
Donde se nace sigue importando. Mientras el desarrollo no llegue a todos los territorios y no se traduzca en mejores condiciones de vida para quienes hoy permanecen al margen, esa realidad seguirá marcando destinos. El futuro del país no se juega únicamente en las cifras de inversión o en los anuncios de nuevas plantas, sino en la capacidad de construir oportunidades reales para que nacer en cualquier lugar deje de ser una desventaja social que se hereda.




