La Columna J
México en llamas: ¿Cómo llegamos a esto?
Estimado lector de LJA.MX, con el gusto de saludarle como cada semana y agradeciendo enormemente su tiempo y atención para dar lectura a esta columna, en esta ocasión resulta inevitable no escribir sobre lo que ha estado pasando en las últimas horas, los últimos días, semanas, meses, años, lustros y décadas en este país. Hemos llegado a un narcoestado.
¿En qué momento México se convirtió en un campo de batalla, donde el fuego se abre a plena luz del día; donde la gente no sale porque tiene miedo; donde niños y jóvenes son reclutados por el narco para integrarse a sus filas; donde el consumo de estupefacientes ha ido en aumento? Hoy, cuando abrimos nuestros dispositivos móviles, no cesan las noticias ni el caos que reina en algunos estados, pero que sabemos constituye la realidad material de todo el país: cobros de piso, venta de droga a diestra y siniestra, y, sobre todo, un crimen organizado más organizado que el propio gobierno. Y qué decir de los políticos, de todos los niveles y de todos los partidos, inmersos hasta lo más profundo de este gran problema, cuando deberían ser parte de la solución y no del drama trágico que ha desbordado la paz social.
El fenómeno del crimen organizado en México no puede comprenderse como un hecho aislado ni como la simple historia de un individuo, sino como el resultado de una compleja red de factores sociales, económicos, culturales y políticos. En La nueva guerra, el periodista Jorge Fernández Menéndez describe con crudeza la transformación del narcotráfico, desde las estructuras casi familiares del pasado -encarnadas en figuras como Rafael Caro Quintero o Miguel Ángel Félix Gallardo- hacia organizaciones fragmentadas, violentas y profundamente insertadas en la lógica del mercado global. El libro expone cómo el crimen dejó de ser una red relativamente centralizada para convertirse en un archipiélago de poderes armados que disputan territorios, rutas, economías ilegales y control social. En esta evolución, la violencia dejó de ser un medio excepcional para convertirse en el lenguaje cotidiano del poder criminal. Fernández Menéndez sugiere que esta “nueva guerra” no se libra únicamente con armas, sino también en el terreno de la desigualdad, la corrupción, la impunidad y la ruptura del tejido social, donde el Estado aparece con frecuencia rebasado o fragmentado.
Desde una perspectiva trágica y filosófica, las noticias recientes en torno a la figura del llamado “Mencho” -más allá de versiones, rumores o relatos mediáticos- simbolizan algo más profundo que el destino de un solo hombre: representan el síntoma de un país tensionado entre el orden y el caos. El crimen organizado no surge en el vacío; se alimenta de la promesa del dinero rápido, de la exclusión social, de la estética de la violencia reproducida en corridos y narrativas populares, y de la fractura entre las aspiraciones humanas y las condiciones materiales reales. México aparece así como una escena dionisíaca donde el fuego no solo consume cuerpos, sino también certezas: la ley, la justicia y la esperanza. La tragedia no radica únicamente en la violencia visible, sino en la normalización del horror, en la repetición del ciclo y en la sensación colectiva de que la historia se escribe con sangre y se olvida con rapidez. Más que el fin de un personaje, lo que se revela es la persistencia de una estructura que, mientras no se transforme, seguirá reproduciendo el mismo drama bajo distintos nombres.
Existen múltiples orígenes, pero en el fondo subyace una constante histórica: la búsqueda del control económico como vía para ejercer el poder, incluso mediante la violencia. El crimen organizado no es solo una desviación moral, sino una estructura que se alimenta de vacíos: desigualdad, exclusión, impunidad y mercados ilegales conectados con dinámicas globales. En este entramado, el flujo de armas ha sido decisivo. La Federal Assault Weapons Ban aprobada en Estados Unidos en 1994 -y expirada en 2004- intentó restringir la venta de armas largas de uso militar; sin embargo, tras su vencimiento, el acceso y la circulación de armamento de alto poder se intensificaron, y gran parte de esas armas terminaron cruzando la frontera hacia México. El tráfico ilegal fortaleció materialmente a los grupos criminales, elevando su capacidad de fuego y transformando la violencia en una forma de dominio territorial. Así, el poder económico, armado y simbólico se fusionó, consolidando una lógica donde la violencia dejó de ser excepción para convertirse en método.
La tragedia se profundiza cuando observamos que quienes han intentado resistir -políticos locales, funcionarios y ciudadanos- muchas veces han pagado con su vida. Estos episodios no solo revelan la fuerza del crimen, sino también la fragilidad del orden social. México parece moverse en una paradoja dolorosa: nadie es completamente culpable, pero todos somos, en cierta medida, responsables. La sociedad ha normalizado la violencia; el miedo se ha vuelto cotidiano y la incertidumbre erosiona la esperanza colectiva. No se trata únicamente de una crisis de seguridad, sino de una crisis de sentido: cuando la ley pierde su fuerza simbólica, el miedo ocupa su lugar. El fuego que hoy parece consumir al país no es solo material, sino moral y estructural; arde en la desconfianza, en la frustración y en la sensación de abandono.
Sin embargo, incluso en medio del caos, la historia muestra que los órdenes violentos no son eternos. Experiencias como la de El Salvador bajo Nayib Bukele abren debates complejos sobre autoridad, libertad y seguridad: ¿puede el Estado recuperar el control por la fuerza sin sacrificar la esencia democrática? La respuesta no es simple. La violencia no se derrota únicamente con armas, sino con reconstrucción social, justicia efectiva, oportunidades reales y voluntad -no solo política, sino ética y colectiva-. Tal vez la pregunta no sea si la guerra está perdida, sino si la sociedad está dispuesta a rehacerse. Porque un país no se incendia solo por quienes destruyen, sino también por el silencio, la indiferencia y la resignación de quienes aún pueden transformarlo.
¿Acaso esto es lo peor a lo que hemos llegado o es apenas el principio?
In silentio mei verba, la palabra es poder, la filosofía es libertad.




