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martes, febrero 10, 2026

Shakespeare: poder, tragedia y la desnudez del ser humano | La Columna J por: Roberto Ahumada

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La Columna J 

Shakespeare: poder, tragedia y la desnudez del ser humano

Estimado lector de La Columna J, reciba un cordial saludo como cada semana. En esta ocasión deseo invitarle a volver a la obra de William Shakespeare, a propósito de la extraordinaria película Hamlet que hoy se proyecta en cines y que, sin duda, recomiendo por su profundidad dramática y su permanente vigencia filosófica. Leer o releer a Shakespeare no es un ejercicio de erudición ni de nostalgia literaria; es, más bien, una forma de volver a mirar al ser humano sin máscaras, sin consuelo y sin artificios.

William Shakespeare, dramaturgo inglés del siglo XVI, conquistó el teatro universal a través de obras como Hamlet, Otelo, El Rey Lear y Romeo y Julieta. Sin embargo, su grandeza no reside únicamente en su capacidad narrativa, sino en la profundidad con la que supo explorar la condición humana. En sus textos encontramos una tesitura constante: el drama del poder, la ambición, el amor, la traición y la fragilidad del espíritu humano frente a su propio destino. Shakespeare no describe al hombre; lo revela.

En Hamlet se despliega con crudeza la ambición y la corrupción del propio ser humano. Un hermano asesina a otro para quedarse con el poder, y el príncipe Hamlet queda desprovisto de la paz interior al consumirse en su sed de venganza. Su conflicto no es sólo político, sino profundamente existencial. Hamlet duda, reflexiona, se fragmenta, y en ese proceso se convierte en uno de los personajes más humanos jamás escritos. “Ser o no ser, esa es la cuestión”, no es sólo una frase célebre; es el eco eterno de la conciencia enfrentándose a la incertidumbre de la vida. En su tragedia, el amor se ve opacado por el juego del poder, y la razón se disuelve ante el peso de la acción y del destino.

En El Rey Lear, Shakespeare nos muestra otra dimensión del drama humano: la fragilidad del poder y la ilusión del afecto. Las hijas que colman al rey de loas y lisonjas terminan traicionándolo, mientras Cordelia, la única sincera, es rechazada. El poder ciega, la vanidad distorsiona, y la verdad suele ser silenciada. Cuando finalmente Lear reconoce su error, el orden ya se ha quebrado de forma irreversible. Cordelia y Lear, quizá los más auténticos, mueren de manera visceral, fuera de toda lógica de justicia. Shakespeare no construye una moral simple; expone la complejidad del alma humana, donde la virtud no siempre es premiada ni el mal castigado de forma proporcional.

Por su parte, Romeo y Julieta representa la paradoja del amor frente a la estructura del conflicto humano. Dos jóvenes se aman con pureza absoluta, pero su historia colapsa ante la rivalidad histórica entre sus familias. El amor no es suficiente. La pasión, por intensa que sea, sucumbe ante las fuerzas colectivas de la confrontación. Shakespeare nos recuerda que el amor puede ser sublime, pero también vulnerable. “Mi único amor nació de mi único odio”, dice Julieta, revelando la tragedia que emerge cuando la historia y el destino se imponen sobre el deseo humano. En esta obra, el amor es vencido no por la falta de sentimiento, sino por la persistencia del conflicto, esa misma lógica que ha acompañado a la humanidad en sus guerras, divisiones y enfrentamientos.

Tradicionalmente se ha dicho que Shakespeare escribió tragedias. Sin embargo, esta categorización merece una reflexión más profunda. Tanto algunos pensadores griegos como diversos intelectuales de épocas posteriores no concebían la vida como una tragedia en sí misma; la veían, simplemente, como es. Tal vez la idea moderna de la tragedia surge de una metanarrativa de positividad: el ser humano ha construido la ilusión de que su destino debería ser pleno, ordenado y justo. Cuando la realidad rompe esa expectativa, aparece la tragedia como concepto. Shakespeare, en cambio, no juzga ni moraliza; muestra. Y al mostrar, desnuda la esencia humana.

Hoy más que nunca es necesario leer o releer a William Shakespeare. No porque sea un autor de moda, ni únicamente porque sea un gran escritor, sino porque en sus obras -denominadas tragedias- podemos encontrar un sentido afable en nuestra propia vida. Shakespeare nos permite valorar la esencia del romance, de la poesía, del arte y de la actuación; nos invita a reconocer los destellos de humanidad que aún habitan en nosotros, incluso en medio del conflicto, del dolor y de la incertidumbre. Como escribió en La tempestad: “Estamos hechos de la misma materia que los sueños”, recordándonos que la vida es efímera, pero profundamente significativa.

Volver a Shakespeare es volver a la palabra como espejo del alma. Es aceptar que el ser humano no es plenamente racional, ni completamente justo, ni absolutamente trágico. Es, simplemente, humano. Y mientras exista el hombre, existirán el poder, el amor, la duda, la ambición y la fragilidad; y mientras eso ocurra, Shakespeare seguirá vivo.

In silentio mei verba, la palabra es poder, la filosofía es libertad. 

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