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lunes, febrero 23, 2026

Tras la caída del liderazgo criminal: ¿golpe decisivo o espejismo estratégico?

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  • La caída de un capo no es irrelevante. Puede ser necesaria. Puede ser estratégica. Pero no es suficiente. Sin desmantelamiento financiero, sin control territorial permanente y sin fortalecimiento institucional, el golpe es más narrativo que estructural 

Cada vez que el Estado anuncia la neutralización de un gran capo, la escena se llena de superlativos. “Golpe histórico”. “Mensaje contundente”. “Fin de una era”. El país respira. La narrativa promete un antes y un después. Pero la pregunta incómoda persiste: ¿la caída de un líder transforma la estructura del crimen organizado o solo cambia el rostro del mando? México ha vivido este ciclo durante décadas. La experiencia obliga a separar el impacto simbólico del efecto real. Porque en seguridad pública, el espectáculo no siempre equivale a solución. 

Primero. La caída de un liderazgo produce un vacío. Y el vacío, en territorios disputados, no dura. Se llena. Rápido. Con fuerza. Con sangre. Los grupos criminales no son pirámides rígidas. Son redes. Tienen mandos regionales, operadores financieros, jefes de plaza, alianzas locales. Cuando la cabeza desaparece, los nodos compiten. Surgen tensiones internas. Se activan ambiciones contenidas. Cada territorio vale dinero. Cada ruta vale poder. El resultado suele ser una fase de violencia intensa y localizada. Bloqueos. Ataques selectivos. Ajustes de cuentas. Disputas por el control de puertos, aduanas y corredores estratégicos. No es caos espontáneo. Es reorganización forzada. El ciudadano percibe inseguridad. El comerciante paga doble. La autoridad despliega fuerzas. La estadística sube. El Estado afirma control. Pero la transición interna continúa. La pregunta es si el reacomodo culmina en fragmentación permanente o en sucesión ordenada. 

Segundo. El liderazgo importa. Pero no es todo. Las organizaciones criminales modernas funcionan como empresas ilícitas complejas. Manejan cadenas de suministro. Diversifican actividades. Invierten. Lavado, tráfico, extorsión, minería ilegal, control territorial. El jefe coordina. No produce el negocio. Si la intervención se concentra en la figura y no en la estructura, el impacto es limitado. Las redes financieras permanecen. Los flujos de dinero siguen. Los proveedores internacionales no desaparecen. Los canales de corrupción sobreviven. El mercado ilícito continúa operando. La experiencia comparada es clara. Cuando la estrategia se centra en “decapitar” sin desarticular activos, el efecto es fragmentación sin reducción real. Más actores. Más competencia. Mismo mercado. El punto decisivo es el dinero. Congelar cuentas. Rastrear flujos. Confiscar bienes. Golpear mandos medios. Intervenir puertos y aduanas. Sin inteligencia financiera sostenida, la organización se adapta. Cambia el nombre. Mantiene la operación. El crimen organizado no depende de carisma. Depende de rentabilidad. 

Tercero. La neutralización de un líder abre una ventana. Puede ser breve. Puede ser decisiva. Todo depende de lo que haga el Estado después. 

Primero, coordinación real. Seguridad federal, fiscalías, inteligencia financiera, autoridades locales. Sin compartimentos. Sin rivalidades burocráticas. Con objetivos medibles. 

Segundo, presencia territorial sostenida. No operativos espectaculares. No despliegues efímeros. Control continuo. Policía profesional. Ministerio Público eficaz. Justicia que funcione. 

Tercero, política social focalizada. Las organizaciones reclutan jóvenes donde el Estado está ausente. Sin alternativas económicas, el ciclo se repite. La violencia se recicla. 

Si estas condiciones no se cumplen, el escenario es conocido. Nuevo liderazgo. Nueva sigla. Nueva narrativa. Mismo problema. La legitimidad política puede fortalecerse temporalmente. La percepción mejora. La cooperación internacional se intensifica. Pero la prueba real está en la curva de homicidios, en la reducción de extorsiones, en la recuperación de territorios para la vida cotidiana. El símbolo conmueve. La estructura decide. 

La caída de un capo no es irrelevante. Puede ser necesaria. Puede ser estratégica. Pero no es suficiente. Sin desmantelamiento financiero, sin control territorial permanente y sin fortalecimiento institucional, el golpe es más narrativo que estructural. La historia reciente lo confirma. El crimen organizado muta. Se fragmenta. Se adapta. Sobrevive a los nombres propios. La seguridad no se construye con titulares. Se construye con instituciones. Si el Estado ocupa el espacio que deja el liderazgo caído, habrá transformación. Si no lo hace, el vacío se llenará. Siempre se llena. En esta materia, el verdadero triunfo no es abatir a un hombre. Es desmontar el sistema que lo hizo indispensable. 

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