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lunes, marzo 9, 2026

Arquitectura del inconsciente y el 8M | La Columna J por: Roberto Ahumada 

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La Columna J 

Arquitectura del inconsciente y el 8M

Estimado lector de LJA.MX, con el gusto de saludarle como cada semana, en esta ocasión quiero aprovechar el espacio para primeramente saludarle y agradecerle por su tiempo y su atención. Sin duda alguna, usted dota de sentido a un servidor. Gracias por leerme.

Hace algunas semanas terminé de leer algunos textos de Sigmund Freud y Carl Jung en donde expresa la consonancia sobre aquellas impresiones que quedan impregnadas en el subconsciente de las personas. Freud parte de una idea fundamental: la mente humana no es únicamente aquello que pensamos de forma consciente, sino también un conjunto de huellas, símbolos, recuerdos y pulsiones que se alojan en regiones profundas de nuestra psique. Existe una cantidad impresionante de registros en la memoria y en la mente del individuo que influyen en la forma en la que interpretamos el mundo. Dichos registros generan juicios a priori sobre la interpretación de los acontecimientos, sobre las personas que nos rodean e incluso sobre las estructuras sociales que habitamos. En consecuencia, aquello que pensamos como “natural” muchas veces es el resultado de una arquitectura invisible que se ha construido a lo largo de la historia cultural de nuestras sociedades.

Si trasladamos esta reflexión al plano colectivo, podemos comprender que las sociedades también poseen una especie de inconsciente cultural. Las ideas sobre la moral, el poder, el género o la autoridad no nacen en el vacío; son el resultado de siglos de hábitos, discursos, instituciones y tradiciones que se han sedimentado en la memoria colectiva. En este sentido, el inconsciente no es solamente individual, sino también social. La manera en la que las sociedades perciben el papel de la mujer, por ejemplo, no surge únicamente de la experiencia inmediata, sino de narrativas históricas que durante mucho tiempo han sido repetidas y reforzadas.

El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, representa precisamente un momento de memoria histórica frente a esas estructuras culturales. Su origen se vincula con las luchas laborales de las mujeres a inicios del siglo XX. Diversos historiadores han señalado que uno de los episodios más emblemáticos ocurrió en 1911, cuando un incendio en la fábrica Triangle Shirtwaist de Nueva York provocó la muerte de más de cien trabajadoras que permanecían encerradas en el edificio en condiciones laborales precarias. La historiadora Sheila Rowbotham, quien ha estudiado ampliamente la historia del movimiento feminista, señala que estas tragedias industriales y las protestas obreras de mujeres fueron decisivas para consolidar una conciencia internacional sobre los derechos laborales y sociales de las mujeres. A partir de entonces, el 8 de marzo se convirtió en una fecha simbólica que recuerda la lucha por la dignidad, la igualdad y la justicia.

Bajo dicha referencia histórica, existe un modo desafiante para abordar el feminismo en nuestra época. Para muchas personas que crecieron bajo estructuras culturales profundamente anacrónicas, marcadas por sesgos de machismo o por la naturalización de ciertas jerarquías sociales, el feminismo representa un reto intelectual. Implica revisar los supuestos que han estructurado nuestra educación sentimental y cultural. Significa cuestionar aquellas ideas que parecían incuestionables. La incomodidad que muchas veces genera este proceso no es otra cosa que el síntoma de una transformación cultural en marcha.

Carl Jung afirmaba que “hasta que lo inconsciente no se haga consciente, dirigirá tu vida y lo llamarás destino”. Esta frase resulta particularmente reveladora cuando se piensa en las relaciones de género dentro de nuestras sociedades. Muchas conductas que parecen espontáneas, o incluso inevitables, en realidad responden a estructuras simbólicas profundamente arraigadas. Cuando una sociedad comienza a hacer consciente ese entramado invisible, surge la posibilidad de transformarlo. El feminismo, en este sentido, no es únicamente una reivindicación política; también es un ejercicio de autoconocimiento colectivo.

Otra de las reflexiones de Jung resulta igualmente pertinente: “todo aquello que nos irrita de otros puede llevarnos a comprendernos a nosotros mismos”. Las tensiones que surgen alrededor del feminismo en el debate público revelan, en muchos casos, las resistencias culturales que aún permanecen en el inconsciente social. Sin embargo, estas tensiones también pueden ser una oportunidad para reflexionar sobre nuestras propias ideas, nuestros prejuicios y nuestras formas de comprender el mundo. El diálogo social se vuelve entonces una herramienta indispensable para reconstruir el equilibrio entre hombres y mujeres dentro de una sociedad más justa.

Hablar del feminismo, por tanto, no debería interpretarse como un enfrentamiento entre géneros, sino como una búsqueda de equilibrio social. El reconocimiento de los derechos, la dignidad y la autonomía de las mujeres no implica la negación de los hombres, sino la construcción de una convivencia más equitativa. La historia demuestra que las sociedades que avanzan hacia la igualdad generan también mayores niveles de bienestar colectivo, de desarrollo cultural y de cohesión social.

Carl Jung también escribió que “quien mira hacia afuera sueña; quien mira hacia adentro despierta”. Tal vez una de las tareas más importantes de nuestra época sea precisamente esa: mirar hacia adentro como sociedad. Examinar nuestras estructuras simbólicas, nuestras narrativas históricas y nuestros hábitos culturales. Comprender que el equilibrio social no se alcanza únicamente mediante leyes o discursos, sino también a través de una transformación profunda de la conciencia colectiva.

En este sentido, el 8 de marzo no debería ser entendido únicamente como una fecha conmemorativa, sino como una invitación a reflexionar sobre la arquitectura invisible que sostiene nuestras sociedades. Si el inconsciente individual moldea nuestras decisiones cotidianas, el inconsciente cultural moldea nuestras instituciones, nuestras tradiciones y nuestras relaciones humanas. Comprenderlo es el primer paso para transformarlo.

Quizá ahí radica la verdadera relevancia de esta fecha: recordarnos que la historia no es un relato terminado, sino un proceso en constante construcción. Y que en esa construcción, hombres y mujeres comparten una misma responsabilidad ética: edificar una sociedad donde la dignidad humana sea el principio rector de toda convivencia.

In silentio mei verba, la palabra es poder, la filosofía es libertad.

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