Opciones y decisiones
Un sí aspiracionista al poder decidir
Nuestros padres nacidos entre las guerras mundiales del siglo XX, y nosotros cuya niñez transcurrió en la postguerra del 45, tuvimos acceso a las primeras letras gracias a la inspiración de pensadores y literatos emergentes de la literatura hispanoamericana; y nuestra educación en la lengua española guiados por escritores y poetas herederos del pensamiento clásico y aventureros del modernismo. La cruzada educativa de José Vasconcelos, (1920) quien creó un “ejército infantil”, en el que niños enseñaban a otros niños, es prototipo de esta apuesta. De ellos tomamos el vuelo imaginativo de las fábulas, como aquella de Esopo: “El cuervo y el zorro” (es una de las fábulas más conocidas atribuidas a Esopo, un narrador griego que vivió aproximadamente entre los siglos VII y VI a.C. Esopo no escribió sus historias, sino que estas fueron recopiladas y transmitidas oralmente hasta ser recogidas por autores posteriores como Fedro y Jean de La Fontaine, siglo XVII).
El acento didáctico estaba en instruir a través del entretenimiento. Su mensaje central es contrastar la adulación y la vanidad; o dicho de otro modo, manipular a través de la autoestima, astucia del zorro, y caída en la trampa, por la vanidad del cuervo. El objeto de codicia, un trozo de queso. Soltado del pico deseoso de mostrar su canto, que calla avergonzado; y obtención de apetitosa golosina, atrapada por el zorro feliz que se marcha.
Hoy, nos encontramos confrontados por un juego de roles, similares a los de las fábulas, solamente que con notas mucho más dramáticas y de profundas consecuencias, para la vida y el futuro de nuestra Patria. El grupo en el poder -desde su círculo rojo en Palacio- del Movimiento de Regeneración Nacional, Morena o Cuarta Transformación, van con su cuarta insistencia en “reformar” el Sistema Electoral de México, para convertirlo en una espiral al infinito, paradójicamente sin solución de continuidad; cuya elipse se empezó a dibujar durante el sexenio completo de AMLO y se vuelve a abrir en lo que va del mandato de Claudia Sheinbaum Pardo. En los hechos, este bloque empoderado -sin vergüenza alguna-, quiere todo el queso que pudiera repartirse entre la nación mexicana entera, para comerlo él solo, hasta saciarse en un banquete pantagruélico (festín insaciable del monstruo gigante glotón); dejando, obviamente, a los potenciales comensales del suelo patrio, con el gruñir del estómago vacío, o austeridad de una hambruna antidemocrática. Hasta aquí la analogía con las fábulas de antaño.
Para lo de hoy, propongo otra fábula de acentos más dramáticos y más trascendentales. Me refiero a la citada por nuestro Demiurgo de la Palabra, Octavio Paz, cuando revive aquella analogía en el célebre pasaje escrito: De la visión y del enigma, de Federico Nietzsche, en su Así Hablaba Zaratustra (Cfr. LJA. Aguascalientes, nota mía: La Jornada 252. Lírica alternativa. Sábado 15 de marzo, 2014).
¡Eh aquí, su poderosa narrativa: “¡Pero allí yacía por tierra un hombre! (…) Y en verdad lo que vi no lo había visto nunca. Vi a un joven pastor retorciéndose, ahogándose, convulso, con el rostro descompuesto, de cuya boca colgaba una pesada serpiente negra. ¿Había visto yo alguna vez tanto asco y tanto lívido espanto en un solo rostro? Sin duda se había dormido. Y entonces la serpiente se deslizó en su garganta y se aferraba a ella mordiendo. Mi mano tiró de la serpiente, tiró y tiró: -¡en vano! No conseguí arrancarla de allí. Entonces se me escapó un grito: ¡Muerde! ¡Muerde! ¡Arráncale la cabeza! ¡Muerde!”.
“Este fue el grito que de mí se escapó, mi horror, mi odio, mi náusea, mi lástima, todas mis cosas buenas y malas gritaban en mí con un solo grito. (…) -Pero el pastor mordió, tal como se lo aconsejó mi grito; ¡dio un buen mordisco! Lejos de sí escupió la cabeza de la serpiente: -y se puso de pie de un salto. -Ya no pastor, ya no hombre, -¡un transfigurado, iluminado, que reía! ¡Nunca antes en la tierra había reído hombre alguno como él rió!”. Los dilemas, cuando son de vida o muerte, cuando no pueden ser equivalentes a una coexistencia resignada, o meramente tolerada como designio histórico, deben ser resueltos de un tajo; en un instante de lucidez, de opción y pasión irrefrenable por la vida, la sobrevivencia, el desarraigo del mal incrustado en las instituciones de la cosa-pública” (el enfatizado es mío).
Dice el autor: “¡Resolvedme, pues, el gran enigma que yo contemplé entonces, (…) ¿Quién es el pastor a quien la serpiente se le introdujo en la garganta? ¿Quién es el hombre a quien todas las cosas más pesadas, más negras, se le introducirán así en la garganta?” -Para responderse: Oh hermanos míos, oí una risa que no era risa de hombre, – y ahora me devora una sed, un anhelo que nunca se aplaca. Mi anhelo de esa risa me devora: ¡oh, cómo soporto el vivir aún! ¡Y cómo soportaría el morir ahora! Así habló Zaratustra”.
Lo dramático del relato no debe disolverse, ni edulcorarse con melazas de “esto no me pasa”, como el grito aquel del cuento: “¡el lobo, el lobo!”… Hasta que ya está presente. Tenemos que estar alertas y no caer en la modorra cómoda de nuestro sueño de una tarde. La escena angustiante de un sentirse sofocado, debe ser atendida con prontitud y diligencia, como bien se señala en una de las circunstancias atenuantes que se citan en el marco de una denuncia penal. El lenguaje todo del cuatro-teísmo es disuasivo de cualquier riesgo; su interés se antepone impúdicamente a las verdaderas exigencias de la sociedad y del imperio real de la ley. La evidencia toda de su ineficacia para atender las genuinas y verdaderas necesidades de la sociedad, se acallan mediante la ostensible inequidad del gasto social; del encubrimiento culpable de la impunidad, y del avance inocuo de la violencia del crimen organizado contra el estado inerme de la comunidad local, regional y federal.
Aquí y ahora, sí importa escuchar los signos del cuerpo social de la mexicanidad toda. Significa abrirnos a la percepción de dilemas que apuntan hacia síntomas de vida o de muerte, y no de medias verdades, mentiras paternalistas, o intereses embozados partidistas para asirse a clavos ardientes del poder; no se puede, no se vale ante estos riesgos presentes nadar en las aguas tibias del “hay se va”, o “los del pasado lo hicieron peor”. Ese humo en los ojos de ayer, no aplica hoy. Ergo, el mensaje de la analogía de una serpiente que se enrosca en la garganta, aplica para el hoy, no para el ayer ni para el mañana. Morder la cabeza de esa amenaza, sí es para conciencias sensibles y vivientes; no para zombies semivivos, semimuertos, de manos caídas. El pesado somnífero que el poder actual administra, mediante su “yo soy la esperanza”, no es más que eso: una droga hipnótica contra los legítimos sueños de futuro y libertad. Apremia a decidir en un instante de lucidez.
La manifestación clara y llana de una pública desaprobación se hace necesaria, como un primer paso, para detonar acciones adecuadas y significativas. No basta el que como ciudadanos comunes nos sepamos y ostentemos como víctimas de tales atracos al bien público. Hace falta sentir nuestra indignación, para actuar.
franvier2013@gmail.com




